Capítulo 1
1 de Noviembre de 2020
Refugiada, como todos los
días, en el celular, alejada del pesado ambiente de mi casa, de comentarios
hostiles, de pláticas privadas de las que siempre estaba excluida, comenzó algo
que cambió mi vida para siempre.
“¿Ya hiciste lo que te
pedí?” me preguntó Y, y su voz se hacía cada vez más irritante.
“Ya” respondí sin ganas,
con la cabeza en otro lado.
“Te lo pedí desde la
semana pasada, si quieres seguir con esa actitud, no lo hagas aquí, ve a
hacerlo a otro lado” contestó, y yo no entendía por qué se portó de esa manera,
no creí darle motivos suficientes. Había llegado a un punto de mi vida en que
creía que estaba pagando algún crimen que no comprendía. Y hacía un tiempo que
de manera muy irresponsable había decidido refugiarme en el famoso “happy
place” dentro de mi cabeza, siempre era la misma escena, lejos de ahí, en otro
tiempo; cada grito sin razón, cada vez que sentía que no tenía un lugar de
importancia en ese lugar, en esa casa, que con cada día se convertía en una
celda.
De la infinidad de
páginas “patito” y artículos de internet que aparecían en mi teléfono, surgió
uno que no sonaba tan irrelevante “Solemos pensar en las cosas que deseamos
cuando estamos a punto de dormir”. Comprendía por completo ese titular, me
pasaba muy a menudo, pero lo mío era diferente. Me imaginaba, incansablemente,
cómo hubieran sido las cosas si hubiera decidido diferente en momentos
específicos de mi vida. No hablo de decisiones importantes como salir de casa
de mis papás, o la carrera que elegí, o haber entrado a trabajar donde solía
trabajar... eran momentos tan efímeros que, creo, habrían cambiado el curso de
mi vida como la estaba viviendo en ese entonces. Los recuerdos que invadían mi
cabeza eran de diez u ocho años atrás, de cuando iba a la universidad, de
cuando comenzó una etapa de mi vida muy extraña, como ajena a mí. Podía pasar
horas, se me quitaba el sueño y la ansiedad aumentaba con la hora en el reloj;
en ocasiones veía salir la luz de la mañana pensando en aquello que pudo ser.
Cada día añoraba la hora
en que pudiera estar a solas con mi insomnio, vivía para que los días
terminaran.
***
Esa noche prometía ser el
final perfecto de uno de los días más odiosos que había tenido últimamente,
solo quería perderme en la televisión hasta quedarme dormida. Pero cuando salí
a caminar con mi perro, pasó algo que, si hubiera estado en otro estado mental,
habría pensado que “el universo conspira a mi favor”, pero no le di la
importancia que debía. Una estrella fugaz, la primera que veía en mi vida… ¿Un
deseo? Sí, el mismo de siempre ”Quiero ver
a X”, mi mejor amigo de la universidad. Ya estaba tan acostumbrada a
desear tanto, tantas cosas, sin ver que nada de eso se cumpliera, que lo dejé
ir, pronto abandonó mi cabeza. Luego recordé que ese Octubre iba a estar lleno
de fenómenos astronómicos, lluvia de estrellas, lunas de sangre o de maíz… algo
así. Entonces la magia desapareció por completo, pues no era que el universo
pensara en mí, era que el universo tiene su propio plan y le preocupa poco lo
que una persona como yo pueda interpretar de sus movimientos. Sin embargo, el
ambiente estaba perturbadamente tranquilo, sin viento, sin ruido, y cuando lo
noté sentí la misma presión como si estuviera unos diez metros abajo del agua.
Luego mi perro comenzó a jalarme hacia atrás, como si quisiera alejarse de algo
o alguien. No vi a nadie, pero en un giro que di, sentí como si hubiera chocado
con alguien y cerré los ojos por el impacto.
“¡Perdón!” dije… al aire.
No había nadie. Sentí como un escalofrío recorrió mi espalda.
Caminé casi corriendo a
la casa con mi perro y me encerré en el cuarto donde dormía. Asomada por la
ventana, viendo hacia el parque, me empecé a convencer de que me había
confundido por cómo me jaló el perro y que tal vez sí choqué contra un poste.
Iniciando mi rutina de
insomnio, y afectada por el fenómeno extraño que acababa de pasar, llegó de
golpe a mi memoria, una serie de tardes en las que solía encontrarme con X,
para comer, platicar, jugar, criticar a la gente, hacer tonterías. Recordé que
esa etapa, sin la certeza de que duraría para siempre, me hacía extremadamente
feliz, era una de las razones por las que salía de mi cuarto de renta, un
motivo para atravesar avenidas repletas de tráfico y transportes públicos
malolientes y peligrosos. También recordé que no hubo una razón exacta para
dejar de hacerlo, sino simplemente crecer y aceptar que no duraría siempre, que
tenía que regresar a la realidad un día, de que no podía compartir mi vida con
X, porque ya había prometido vivirla con Y. Pero me atravesó el pecho una serie
de acciones que se repetían casi todos los días. En los silencios inevitables
de cada plática, mientras estaba sentada frente a X en los jardines, tomaba
trozos de pasto secos, o ramas de los árboles que se caían y se los aventaba a
la cara o a la cabeza, y él sonreía, me
veía y comenzaba a hacerlo también, hasta que me tomaba las muñecas y me jalaba
hasta que me hacía perder el equilibrio. Yo sin detenerlo por completo, me
dejaba llevar hasta donde la culpa me permitía. Nunca supe si su intención era
jalarme hasta su rostro para que pudiera besarlo...porque nunca lo hice. Cada
día a partir de entonces, me arrepentía de no haberlo hecho y me repetía que,
si X hubiera estado incómodo con mis actitudes, con mi personalidad o mi
presencia en general, no había nada que lo detuviera a estar ahí, sentado en el
pasto frío, en uno de los lugares menos cómodos y más concurridos de la ciudad,
entonces era menos soportable el recordarlo. Siempre me convencí de que él
también quería estar ahí, que él estaba cayendo de la misma forma que yo lo
hacía. Cada día, por las noches, imaginaba otra realidad en la que olvidaba
todo lo demás y lo besaba por fin, sobre todo con la esperanza de que
apareciera en mis sueños y les diera significado. Pero después de unas dos
horas de repasar y repasar esa escena me perdí en sueños aburridos, sin
significado, sin X.
Capítulo 2
Cuando abrí los ojos vi,
a escasos cincuenta centímetros de mi cara, un montón de ropa apilada sobre un
armario improvisado; me invadió el pecho
un olor a tierra húmeda y me lastimó tanta luz. No estaba en mi casa, en la que
había habitado por los últimos cuatro años, estaba en otro lugar. Sentí en el
cuerpo un escalofrío horrible. Tardé dos minutos en intentar reconocer que ese
fuera el lugar donde había dormido, pero nada, no podía recordar cómo llegué
ahí, ni siquiera sabía dónde estaba. Me senté con algo de esfuerzo, pero me di
cuenta de que ni mis rodillas ni mis muñecas me dolían. Seguía sudando en la
nuca, la espalda y la cabeza empezó a punzarme con fuerza. Luego de otros dos
minutos me di cuenta de que estaba en el cuarto de renta en el que había vivido
diez años atrás. Se me fue el aire, mi cabeza estaba por explotar, tantas cosas
se me vinieron a la mente. Supuse por un segundo que yo había hecho algo para
llegar ahí... algo como viajar mil kilómetros, conseguir la llave o haber
forzado el cerrojo y entrar a dormir ahí. No estaba cansada como otros días, tenía el corazón a mil por hora;
me levanté y fui al otro cuarto donde solía estar mi frigo bar, una parrilla de
gas y una mesa armable. Ahí estaba todo eso, y estaba como supongo que siempre
estuvo, pues la verdad no recordaba a detalle cómo estaban acomodadas las
cosas... pero ahí estaba todo. Me costó trabajo entender, en el caso de que
hubiera viajado hasta ahí la noche anterior, cómo recuperé el frigo bar que ya
había devuelto a mi tío, o la parrilla de gas que terminé tirando a la basura.
No entendía nada, nada tenía sentido.
Corrí a buscar el único
objeto que, desafortunadamente, le había dado sentido a mi vida por los últimos
años. No encontré mi celular debajo de la almohada, y un recuerdo instantáneo
cruzó mi mente: entre la ropa del armario. Ahí estaba el Samsung S9, con un
protector de silicón que tenía en el contorno cristales falsos. Lo desbloqueé y
solo vi la hora "09:15 am". Busqué en los mensajes, en las llamadas,
pero la última llamada había sido de dos días atrás. Enseguida marqué el número
de Y pero escuché la grabación de Telcel que me decía que no tenía saldo. Sentí
que todo daba vueltas y me empecé a desesperar, y de la nada cruzó por mi mente
aquella posibilidad, en la única que no había pensado. Revisé la fecha en el
celular "10 de Octubre de 2012". Los músculos de la cara se crisparon
instantáneamente porque pensé que algo estaba muy mal. Aquella posibilidad de
que hubiera viajado por mi propia voluntad se cayó completamente por la
posibilidad de que alguien me hubiera secuestrado o me estuviera jugando una
broma muy pesada. Corrí a la puerta, y cuando no pude abrirla, me caí de
rodillas. Seguía pensando que alguien más me había encerrado ahí. Cuando
recuperé el aliento se me ocurrió buscar las llaves con la vista, y estaban encima
del frigo bar. Me sentí tonta por no haberlas buscado antes de intentar abrir
la puerta, pero el corazón seguía retumbando en mis oídos. Abrí la puerta con
las manos temblando y salí corriendo, sin zapatos, con la piyama, el pelo
enredado, mal aliento... recorrí el mismo sendero de piedras por el que solía
caminar todos los días. No había cambiado nada. Llegué a la calle principal,
por donde pasan los autos, y a la derecha estaba la misma tienda de siempre. Me
metí con toda la intención de obtener respuestas, pero eso no ocurrió como
solía pasar en las películas. Me quedé parada sin decir nada.
"Uhm..." dije.
"Sí, ¿qué
buscas?" contestó la señora de la tienda luego de ver que no me movía.
"¿Sabe qué fecha
es?" creí que era la mejor manera de empezar a una plática casual.
"Pues creo que es el
10..." contestó, pues cuando preguntamos por la fecha solo llegamos a
confundirnos por la fecha del calendario, siempre estamos seguros del mes en
que vivimos y sobre todo del año.
"¿10 de qué?
perdón..." pregunté, con el mayor esfuerzo posible de no parecer una
maniática.
Fue cuando la señora dio
un paso para atrás y puso las manos sobre la mesa, se le fue el color de la
cara y la sonrisa.
"...Octubre"
dijo.
“Y ¿el año?" pregunté
desesperada, mi esfuerzo por no parecer loca se esfumó.
"¿Por qué me
preguntas? ¿Estás bien? ¿Te pasó algo?" me preguntó con una expresión
entre preocupación y repulsión.
No sabía si estaba bien,
no sabía si había pasado algo. La señora me vio los pies descalzos y salió de
atrás del mostrador.
"¡¿Qué te
pasó?!" dijo con un grito agudo. Luego
yo di un paso hacia atrás pues me espantó su expresión.
"¡Nada!... vivo en
uno de los cuartos de aquí atrás." Le mostré las llaves que traía en la
mano. "Es que estoy confundida porque mi celular se descompuso y no tengo
un calendario, pero necesitaba saber la fecha porque estoy esperando a
alguien." Fue la excusa más ridícula que pude pensar, pero las palabras
salieron solas. Obviamente no la convencí, pero supongo que ella estaba
demasiado incómoda y quería que me fuera rápido.
"10 de Octubre de
2012... ¿Segura que estás bien?" Tardó unos diez segundos más en
contestar. No, no estaba bien. Sentí como todos los músculos de la cara y las
piernas se crisparon y se me fue el aire. Fruncí la boca e intenté tragar
saliva, pero tenía la boca seca.
"Sí... gracias.
Faltan unos días entonces." Y me salió una risita tonta. Me salí de la
tienda y caminé intentando no mirar para atrás, pues era obvio que la señora
salió de la tienda para ver a donde iba.
De regreso al cuarto
sentí las piedras afiladas en las plantas de los pies y pude levantar la mirada
para ver alrededor. No tenía sentido... no era posible que haya viajado al
pasado. Me empezó a punzar la cabeza de dolor, no podía procesar el hecho de
que estuviera en ese lugar, en ese momento. Entré a mi cuarto, cerré con llave
nuevamente, me senté en la cama y me puse a pensar... horas.
Cuando repasé todas las
posibles explicaciones, cada una más ridícula que la otra, me fui al otro lado
de la teoría... supuse que los ocho años que había vivido lejos de ese lugar,
de esas personas, los había imaginado, que no habían sido reales, que tal vez
estuvieron en un sueño demasiado largo. Creí que era lo más lógico, pues no son
posibles los viajes en el tiempo... La cuestión es que estaba ahí, con dolor de
cabeza, dolor de espalda por estar sentada y luego acostada y luego sentada
otra vez... no había comido nada, pero no le había puesto atención a eso. De
nuevo vi mi celular y comencé a revisar mis mensajes de texto, mis mensajes de Facebook,
de Skype y poco a poco se empezó a construir la realidad en la que ahora
estaba.
Vi los mensajes cortantes
de Y, una llamada de Skype con Y de
quince minutos de la semana anterior... pero también vi los mensajes de X y
comencé a recorrerlos hacia atrás. Vi su forma de escribir y la mía, vi en mi
celular los mensajes de "¿Dónde estás?", "Voy para allá", "Llego
en cinco minutos"... fue entonces cuando el corazón se aceleró de nuevo
pero ahora con nerviosismo. ¿Sería posible que me estuviera enfrentando a la
posibilidad de concretar lo que había deseado tanto en la noche anterior, de
librarme de la realidad de la que pensé que ya no podría escapar?
Me levanté con un brinco,
busqué mi ropa, busqué mi bolsa, busqué dinero y dejé todo en mi cuarto para
poder salir. Me había hecho a la idea de ir a verlo... a X, a buscar mi
oportunidad. Lo único malo es que no recordaba nada de cómo habían pasado las cosas
ese día en específico... yo estaba suponiendo que tenía que hacer tal o cual
cosa, pero definitivamente no sabía si eran los pasos correctos, aquellos que
me abrirían el camino para lograr mi objetivo. Llegué a la tienda y me compré
unas galletas y un refresco. La señora de la tienda me vio y no dijo nada...
literalmente. Salí y fui a la avenida para enfrentarme a otro problema. No
recordaba cómo llegar a aquel lugar, qué camión debía tomar... me quedé otro
rato viendo qué camiones pasaban y se me fue aclarando la cabeza.
Tardé unas dos horas en llegar a donde quería llegar,
intentando recordar algo de aquel momento, para saber a dónde ir
específicamente, pero nada. Seguía suponiendo que estaba viviendo un caso de
viaje en el tiempo en el que era de extrema importancia recorrer los mismos
pasos que había seguido entonces, salvo el riesgo de modificar el futuro y
verme envuelta en una paradoja sin salida. Pero los personajes en las películas
hacían eso con la única esperanza de regresar a su presente con el menor daño
posible y algo que tenía bien claro, es que si no sabía cómo había llegado ahí,
a ese punto de la historia, menos sabría cómo regresar a mi
"presente"... presente que ya no existía, que se había borrado, que
se había esfumado. Seguía sin recordar cómo comenzaban esos días, o siquiera
cómo terminaban, y fue que tomé la decisión de ignorar por un momento aquello
que suponía y comencé a tomar las decisiones de ese día con un poco más de
carácter. Llegué al edificio principal de aquel lugar, me senté en una
jardinera y saqué el teléfono celular. Mandé un mensaje: "¡Hola X! ¿Estás
ocupado?" No obtuve respuesta inmediata, obviamente. Mientras esperaba
recorrí los mensajes anteriores, muy similares... descubrí que era yo quien
iniciaba las conversaciones, yo era la primera en preguntar. Me sentí un poco
avergonzada al recordar eso, mi insistencia, mi necesidad de estar con X, de
verlo, de hablarle, de escucharlo... y supuse que debía sentir mucha culpa si
fuera una persona de veintitantos con una relación a distancia que se hacía
pedazos, pero definitivamente algo había pasado, incluso si aquella vida imaginaria que me había llevado hasta
los treinta y dos estaba solo en mi cabeza, me estaba ayudando a ver las cosas
con otra perspectiva. No me importó que en ese entonces lo hubiera hecho, no me
importó hacerlo de nuevo ese día, porque creo que no hay nada de malo en
demostrar necesidad, que es diferente a la dependencia, algo que sí me había marcado mientras vivía con Y. Quince
minutos después vibró el teléfono, era su respuesta "Perdón es que estaba
en clase, ya salí ¿tú dónde estás?" Sentía el corazón en la garganta, me
puse extremadamente feliz, en primer lugar por su respuesta y luego por la
pregunta al final del mensaje. No era solo yo quien esperaba que las cosas
pasaran, nunca las forcé, no obligaba a X a estar en un lugar donde no quería
estar. X siempre me preguntaba también si estaba libre, si había comido, si
tenía clase, dónde estaba... Respondí su mensaje y le pedí comer juntos. Nos
encontramos en el lugar de siempre, frente a uno de los negocios del área
deportiva. Llegué casi corriendo, con las manos temblando, la boca seca... Lo vi,
justo como lo recordaba, alto, con el pelo desarreglado, ropa desarreglada, la
misma cara que me perseguía en la memoria, los mismos gestos y su sonrisa
cuando me vio. Quería correr, abrazarlo, no soltarlo... pero no hacía eso
antes, y pensé que eso le molestaría. Escuchar su voz, después de tanto tiempo
fue mágico, toda la escena me estaba superando y no quería arruinarlo. Intenté
no expresar demasiado. Nos saludamos con un beso en la mejilla y su fragancia
me llenó el pecho. Me costaba trabajo mantener la compostura, quería gritar,
llorar, gritar otra vez...
"¡Hola!... ¿cómo
estás?" dijo y yo ya sentía el corazón en la garganta.
"Bien y ¿tú?"
dije con esfuerzo.
"Bien, también...
¿qué vas a comer?" dijo de una forma desinteresada.
"Una ensalada con
pollo y un agua de naranja con fresa" recordé que esa era mi comida
favorita en ese lugar.
Pedimos la comida, nos sentamos
en unas bancas de cemento y comenzamos a platicar del día y me recordó ciertas
circunstancias que me habían llevado a un abismo, a una época muy oscura para
mí. No había pensado que esos días, mi necesidad por estar con X no había
surgido de la nada.
"¿Cómo ha estado
todo con los papás de Y? ¿Qué hicieron ahora?" preguntó con una sonrisita
burlona.
Recordé todo aquello que
había pasado, los malos ratos, las críticas, los comentarios pasivo-agresivos,
las veces que revisaron mi celular sin mi consentimiento, las veces que me
preguntaron por tal o cual persona... Hablaba con X de todo eso, de mi
desesperación por salir de esa situación y de no tener la fuerza para hacerlo.
"Nada, por
ahora..." Aunque tal vez sí haya pasado algo, no sabía si el día anterior
había recibido algún comentario sobre mi peso, o sobre mis horarios, o sobre
mis hábitos de higiene. En ese momento no quería saber de otra cosa más que de
X.
Terminamos de comer y me
invadieron los nervios, se acercaba el momento que yo suponía tenía que pasar.
Comenzamos a caminar al jardín principal del campus, pero era una distancia muy
larga, sentí que debía decirle algo, todo el tiempo creía que X correría hacia
la dirección opuesta, que me dejaría porque
se aburría. Pero su expresión era tranquila, no parecía tener prisa, o que algo
externo podía afectar ese momento. Eran esas cosas las que me hacían pensar que
algo podría pasar, que no estaba tan equivocada, que X quería esto tanto como
yo. Llegamos al mismo pedazo de pasto de siempre, había hojas secas en todos
lados, ramas secas...
Nos sentamos, ambos con
las piernas cruzadas, uno en frente del otro. Iba a pasar, estaba segura...
pero esperé unos cinco minutos, y no me atrevía a hacer el primer movimiento si
no veía una señal mínima de su parte. Recordé lo que había pasado esa misma
mañana, y seguía suponiendo que las cosas tenían que repetirse de algún modo,
pero no estaba pasando nada como lo había hecho antes. Intenté inclinarme hacia
él una vez, evitar el juego de las hojas de pasto secas, pero no tenía una
complexión muy atlética en ese momento, sabía que me vería torpe y no lo
lograría, llegar hasta su rostro con gracia, seguramente me iría de lado y me
caería de cara. Cuando hice ese movimiento un poco brusco, X me vio con un poco
de sorpresa y tomó su mochila para intentar incorporarse también. Sentí pánico,
creo que pensó que ya nos iríamos, entonces actué un poco más rápido. Acomodé
mis piernas de modo que quedara arrodillada, puse mis manos sobre el piso y me
incliné de lleno a su cara. No se movió, se quedó ahí con las manos en la
mochila y los ojos bien abiertos. Lo hice. Lo besé. Eliminé el mundo por un
segundo, nada más existía. El toque fue mágico, el calor, la textura, la forma,
todo fue perfecto... mi imaginación me había hecho vivir ese momento sin el
elemento físico y no se compara en nada con aquella revolución que estaba
viviendo en mis entrañas y en mi cabeza. ¿Mariposas? Más bien el oleaje salvaje
de una playa virgen. Creí que estaba llegando a un límite de sensación desconocido,
cuando sentí sus manos, frías y húmedas en mis mejillas, pasando sus dedos por
mi cabello, por mis orejas. Sonreí. No pude evitarlo, y sentí que él también
estaba sonriendo, pero no me detuve. Comencé a escuchar el mundo de nuevo,
ambos comenzamos a tener más conciencia en los movimientos... pero sabía que
tenía que acabar. Paré. Me separé de su rostro pero no me atreví a verlo a la
cara, incliné la cabeza hacia abajo y me recargué sobre su pecho, un poco
incómoda por la posición. X movió sus brazos para ponerlos sobre mis hombros.
Me moví hacia atrás y me senté sobre mis talones. Levanté la vista, con la cara
encendida de rojo. Me cubrí la cara y poco a poco baje las manos para descubrir
mis ojos. Lo vi, igual de rojo, pero soltó una carcajada, y también se agachó
para cubrirse el rostro. No sabía que estaba pensando, me quedé ahí sin hacer
nada, nos quedamos así sin movernos. No podía dejar de verlo y empecé a notar
que su expresión estaba cambiando. Se puso sombrío y yo ya sospechaba lo que
iba a decir. Lanzó un pedazo de hoja seca, con más violencia de lo que
esperaba, me vio a la cara...
"Sabes que no
podemos hacer esto, ¿verdad?"
***
Se me fue el estómago a
los pies, me acomodé para sentarme con las piernas cruzadas y me preparé para
hablar... ya lo había pensado obviamente, sabía que estaba mal que lo hiciera,
que tuviéramos ese contacto. Asentí con la cabeza.
Se acomodó para
levantarse y le tomé el brazo, y cuando menos me di cuenta las palabras
salieron de golpe...
"Ya sé que no
debemos, porque estamos lastimando a otras personas, pero... si solo aquello
que nos ha detenido es algo externo a nosotros, nunca vamos a lograr lo que
queremos, o estar en el lugar donde deseamos estar, o estar al lado de la
persona con la que queremos estar. No
puedo seguir dando pasos sobre el filo de una navaja, me he sentido atrapada en
un lugar que no me permite respirar, pero cuando estoy contigo, hablando,
riendo, siento que eso desaparece... No eres mi escape, eres el lugar que
necesito, el que me da razón..." ¿Por qué salió tan natural? Había
practicado ese discurso en mi mente, por ocho años. "Me gustas, mucho...
me gusta hablar contigo, verte, escucharte, me gusta que me escuches, aunque
solo me queje, aunque solo lloriquee."
"Pero... no solo existimos
nosotros, no es solo Y o Z, son todos, no creo que nadie lo entienda tan bien
como tú..." comenzó a decir con cierta elocuencia.
"¿Te gusto?
¿Quisieras estar conmigo?" le pregunté muy violentamente, con la voz
temblando, con lágrimas de coraje en la garganta.
"Me has gustado
desde el primer día, por ocho años, pero he intentado superarte, porque no
puedo traicionar a Y." dijo, con un atisbo de dolor en sus palabras que no
pude evitar notar.
En ese momento era yo
quien quería salir corriendo. No podía entender que no sucedieran las cosas
como yo quería, quería que fuera como en las películas, en donde cambias una
cosa del pasado y enseguida se corrige todo, y comienzas a vivir tu historia de
fantasía.
X se levantó, se sacudió
el pasto seco, se acomodó la mochila y le dijo al suelo frente a mí.
"Ya me voy... nos
vemos luego."
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