jueves, 26 de noviembre de 2020

Espejo Roto

Capítulo 1

1 de Noviembre de 2020

Refugiada, como todos los días, en el celular, alejada del pesado ambiente de mi casa, de comentarios hostiles, de pláticas privadas de las que siempre estaba excluida, comenzó algo que cambió mi vida para siempre.

“¿Ya hiciste lo que te pedí?” me preguntó Y, y su voz se hacía cada vez más irritante.

“Ya” respondí sin ganas, con la cabeza en otro lado.

“Te lo pedí desde la semana pasada, si quieres seguir con esa actitud, no lo hagas aquí, ve a hacerlo a otro lado” contestó, y yo no entendía por qué se portó de esa manera, no creí darle motivos suficientes. Había llegado a un punto de mi vida en que creía que estaba pagando algún crimen que no comprendía. Y hacía un tiempo que de manera muy irresponsable había decidido refugiarme en el famoso “happy place” dentro de mi cabeza, siempre era la misma escena, lejos de ahí, en otro tiempo; cada grito sin razón, cada vez que sentía que no tenía un lugar de importancia en ese lugar, en esa casa, que con cada día se convertía en una celda.

De la infinidad de páginas “patito” y artículos de internet que aparecían en mi teléfono, surgió uno que no sonaba tan irrelevante “Solemos pensar en las cosas que deseamos cuando estamos a punto de dormir”. Comprendía por completo ese titular, me pasaba muy a menudo, pero lo mío era diferente. Me imaginaba, incansablemente, cómo hubieran sido las cosas si hubiera decidido diferente en momentos específicos de mi vida. No hablo de decisiones importantes como salir de casa de mis papás, o la carrera que elegí, o haber entrado a trabajar donde solía trabajar... eran momentos tan efímeros que, creo, habrían cambiado el curso de mi vida como la estaba viviendo en ese entonces. Los recuerdos que invadían mi cabeza eran de diez u ocho años atrás, de cuando iba a la universidad, de cuando comenzó una etapa de mi vida muy extraña, como ajena a mí. Podía pasar horas, se me quitaba el sueño y la ansiedad aumentaba con la hora en el reloj; en ocasiones veía salir la luz de la mañana pensando en aquello que pudo ser.

Cada día añoraba la hora en que pudiera estar a solas con mi insomnio, vivía para que los días terminaran.

***

Esa noche prometía ser el final perfecto de uno de los días más odiosos que había tenido últimamente, solo quería perderme en la televisión hasta quedarme dormida. Pero cuando salí a caminar con mi perro, pasó algo que, si hubiera estado en otro estado mental, habría pensado que “el universo conspira a mi favor”, pero no le di la importancia que debía. Una estrella fugaz, la primera que veía en mi vida… ¿Un deseo? Sí, el mismo de siempre ”Quiero ver  a X”, mi mejor amigo de la universidad. Ya estaba tan acostumbrada a desear tanto, tantas cosas, sin ver que nada de eso se cumpliera, que lo dejé ir, pronto abandonó mi cabeza. Luego recordé que ese Octubre iba a estar lleno de fenómenos astronómicos, lluvia de estrellas, lunas de sangre o de maíz… algo así. Entonces la magia desapareció por completo, pues no era que el universo pensara en mí, era que el universo tiene su propio plan y le preocupa poco lo que una persona como yo pueda interpretar de sus movimientos. Sin embargo, el ambiente estaba perturbadamente tranquilo, sin viento, sin ruido, y cuando lo noté sentí la misma presión como si estuviera unos diez metros abajo del agua. Luego mi perro comenzó a jalarme hacia atrás, como si quisiera alejarse de algo o alguien. No vi a nadie, pero en un giro que di, sentí como si hubiera chocado con alguien y cerré los ojos por el impacto.

“¡Perdón!” dije… al aire. No había nadie. Sentí como un escalofrío recorrió mi espalda.

Caminé casi corriendo a la casa con mi perro y me encerré en el cuarto donde dormía. Asomada por la ventana, viendo hacia el parque, me empecé a convencer de que me había confundido por cómo me jaló el perro y que tal vez sí choqué contra un poste.

Iniciando mi rutina de insomnio, y afectada por el fenómeno extraño que acababa de pasar, llegó de golpe a mi memoria, una serie de tardes en las que solía encontrarme con X, para comer, platicar, jugar, criticar a la gente, hacer tonterías. Recordé que esa etapa, sin la certeza de que duraría para siempre, me hacía extremadamente feliz, era una de las razones por las que salía de mi cuarto de renta, un motivo para atravesar avenidas repletas de tráfico y transportes públicos malolientes y peligrosos. También recordé que no hubo una razón exacta para dejar de hacerlo, sino simplemente crecer y aceptar que no duraría siempre, que tenía que regresar a la realidad un día, de que no podía compartir mi vida con X, porque ya había prometido vivirla con Y. Pero me atravesó el pecho una serie de acciones que se repetían casi todos los días. En los silencios inevitables de cada plática, mientras estaba sentada frente a X en los jardines, tomaba trozos de pasto secos, o ramas de los árboles que se caían y se los aventaba a la cara o a la cabeza, y  él sonreía, me veía y comenzaba a hacerlo también, hasta que me tomaba las muñecas y me jalaba hasta que me hacía perder el equilibrio. Yo sin detenerlo por completo, me dejaba llevar hasta donde la culpa me permitía. Nunca supe si su intención era jalarme hasta su rostro para que pudiera besarlo...porque nunca lo hice. Cada día a partir de entonces, me arrepentía de no haberlo hecho y me repetía que, si X hubiera estado incómodo con mis actitudes, con mi personalidad o mi presencia en general, no había nada que lo detuviera a estar ahí, sentado en el pasto frío, en uno de los lugares menos cómodos y más concurridos de la ciudad, entonces era menos soportable el recordarlo. Siempre me convencí de que él también quería estar ahí, que él estaba cayendo de la misma forma que yo lo hacía. Cada día, por las noches, imaginaba otra realidad en la que olvidaba todo lo demás y lo besaba por fin, sobre todo con la esperanza de que apareciera en mis sueños y les diera significado. Pero después de unas dos horas de repasar y repasar esa escena me perdí en sueños aburridos, sin significado, sin X.

Capítulo 2

Cuando abrí los ojos vi, a escasos cincuenta centímetros de mi cara, un montón de ropa apilada sobre un armario improvisado; me  invadió el pecho un olor a tierra húmeda y me lastimó tanta luz. No estaba en mi casa, en la que había habitado por los últimos cuatro años, estaba en otro lugar. Sentí en el cuerpo un escalofrío horrible. Tardé dos minutos en intentar reconocer que ese fuera el lugar donde había dormido, pero nada, no podía recordar cómo llegué ahí, ni siquiera sabía dónde estaba. Me senté con algo de esfuerzo, pero me di cuenta de que ni mis rodillas ni mis muñecas me dolían. Seguía sudando en la nuca, la espalda y la cabeza empezó a punzarme con fuerza. Luego de otros dos minutos me di cuenta de que estaba en el cuarto de renta en el que había vivido diez años atrás. Se me fue el aire, mi cabeza estaba por explotar, tantas cosas se me vinieron a la mente. Supuse por un segundo que yo había hecho algo para llegar ahí... algo como viajar mil kilómetros, conseguir la llave o haber forzado el cerrojo y entrar a dormir ahí. No estaba cansada como  otros días, tenía el corazón a mil por hora; me levanté y fui al otro cuarto donde solía estar mi frigo bar, una parrilla de gas y una mesa armable. Ahí estaba todo eso, y estaba como supongo que siempre estuvo, pues la verdad no recordaba a detalle cómo estaban acomodadas las cosas... pero ahí estaba todo. Me costó trabajo entender, en el caso de que hubiera viajado hasta ahí la noche anterior, cómo recuperé el frigo bar que ya había devuelto a mi tío, o la parrilla de gas que terminé tirando a la basura. No entendía nada, nada tenía sentido.

Corrí a buscar el único objeto que, desafortunadamente, le había dado sentido a mi vida por los últimos años. No encontré mi celular debajo de la almohada, y un recuerdo instantáneo cruzó mi mente: entre la ropa del armario. Ahí estaba el Samsung S9, con un protector de silicón que tenía en el contorno cristales falsos. Lo desbloqueé y solo vi la hora "09:15 am". Busqué en los mensajes, en las llamadas, pero la última llamada había sido de dos días atrás. Enseguida marqué el número de Y pero escuché la grabación de Telcel que me decía que no tenía saldo. Sentí que todo daba vueltas y me empecé a desesperar, y de la nada cruzó por mi mente aquella posibilidad, en la única que no había pensado. Revisé la fecha en el celular "10 de Octubre de 2012". Los músculos de la cara se crisparon instantáneamente porque pensé que algo estaba muy mal. Aquella posibilidad de que hubiera viajado por mi propia voluntad se cayó completamente por la posibilidad de que alguien me hubiera secuestrado o me estuviera jugando una broma muy pesada. Corrí a la puerta, y cuando no pude abrirla, me caí de rodillas. Seguía pensando que alguien más me había encerrado ahí. Cuando recuperé el aliento se me ocurrió buscar las llaves con la vista, y estaban encima del frigo bar. Me sentí tonta por no haberlas buscado antes de intentar abrir la puerta, pero el corazón seguía retumbando en mis oídos. Abrí la puerta con las manos temblando y salí corriendo, sin zapatos, con la piyama, el pelo enredado, mal aliento... recorrí el mismo sendero de piedras por el que solía caminar todos los días. No había cambiado nada. Llegué a la calle principal, por donde pasan los autos, y a la derecha estaba la misma tienda de siempre. Me metí con toda la intención de obtener respuestas, pero eso no ocurrió como solía pasar en las películas. Me quedé parada sin decir nada.

"Uhm..." dije.

"Sí, ¿qué buscas?" contestó la señora de la tienda luego de ver que no me movía.

"¿Sabe qué fecha es?" creí que era la mejor manera de empezar a una plática casual.

"Pues creo que es el 10..." contestó, pues cuando preguntamos por la fecha solo llegamos a confundirnos por la fecha del calendario, siempre estamos seguros del mes en que vivimos y sobre todo del año.

"¿10 de qué? perdón..." pregunté, con el mayor esfuerzo posible de no parecer una maniática.

Fue cuando la señora dio un paso para atrás y puso las manos sobre la mesa, se le fue el color de la cara y la sonrisa.

"...Octubre" dijo.

“Y ¿el año?" pregunté desesperada, mi esfuerzo por no parecer loca se esfumó.

"¿Por qué me preguntas? ¿Estás bien? ¿Te pasó algo?" me preguntó con una expresión entre preocupación y repulsión.

No sabía si estaba bien, no sabía si había pasado algo. La señora me vio los pies descalzos y salió de atrás del mostrador.

"¡¿Qué te pasó?!" dijo  con un grito agudo. Luego yo di un paso hacia atrás pues me espantó su expresión.

"¡Nada!... vivo en uno de los cuartos de aquí atrás." Le mostré las llaves que traía en la mano. "Es que estoy confundida porque mi celular se descompuso y no tengo un calendario, pero necesitaba saber la fecha porque estoy esperando a alguien." Fue la excusa más ridícula que pude pensar, pero las palabras salieron solas. Obviamente no la convencí, pero supongo que ella estaba demasiado incómoda y quería que me fuera rápido.

"10 de Octubre de 2012... ¿Segura que estás bien?" Tardó unos diez segundos más en contestar. No, no estaba bien. Sentí como todos los músculos de la cara y las piernas se crisparon y se me fue el aire. Fruncí la boca e intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.

"Sí... gracias. Faltan unos días entonces." Y me salió una risita tonta. Me salí de la tienda y caminé intentando no mirar para atrás, pues era obvio que la señora salió de la tienda para ver a donde iba.

De regreso al cuarto sentí las piedras afiladas en las plantas de los pies y pude levantar la mirada para ver alrededor. No tenía sentido... no era posible que haya viajado al pasado. Me empezó a punzar la cabeza de dolor, no podía procesar el hecho de que estuviera en ese lugar, en ese momento. Entré a mi cuarto, cerré con llave nuevamente, me senté en la cama y me puse a pensar... horas.

Cuando repasé todas las posibles explicaciones, cada una más ridícula que la otra, me fui al otro lado de la teoría... supuse que los ocho años que había vivido lejos de ese lugar, de esas personas, los había imaginado, que no habían sido reales, que tal vez estuvieron en un sueño demasiado largo. Creí que era lo más lógico, pues no son posibles los viajes en el tiempo... La cuestión es que estaba ahí, con dolor de cabeza, dolor de espalda por estar sentada y luego acostada y luego sentada otra vez... no había comido nada, pero no le había puesto atención a eso. De nuevo vi mi celular y comencé a revisar mis mensajes de texto, mis mensajes de Facebook, de Skype y poco a poco se empezó a construir la realidad en la que ahora estaba.

Vi los mensajes cortantes de Y, una llamada de Skype  con Y de quince minutos de la semana anterior... pero también vi los mensajes de X y comencé a recorrerlos hacia atrás. Vi su forma de escribir y la mía, vi en mi celular los mensajes de "¿Dónde estás?", "Voy para allá", "Llego en cinco minutos"... fue entonces cuando el corazón se aceleró de nuevo pero ahora con nerviosismo. ¿Sería posible que me estuviera enfrentando a la posibilidad de concretar lo que había deseado tanto en la noche anterior, de librarme de la realidad de la que pensé que ya no podría escapar?

Me levanté con un brinco, busqué mi ropa, busqué mi bolsa, busqué dinero y dejé todo en mi cuarto para poder salir. Me había hecho a la idea de ir a verlo... a X, a buscar mi oportunidad. Lo único malo es que no recordaba nada de cómo habían pasado las cosas ese día en específico... yo estaba suponiendo que tenía que hacer tal o cual cosa, pero definitivamente no sabía si eran los pasos correctos, aquellos que me abrirían el camino para lograr mi objetivo. Llegué a la tienda y me compré unas galletas y un refresco. La señora de la tienda me vio y no dijo nada... literalmente. Salí y fui a la avenida para enfrentarme a otro problema. No recordaba cómo llegar a aquel lugar, qué camión debía tomar... me quedé otro rato viendo qué camiones pasaban y se me fue aclarando la cabeza.

Tardé unas dos  horas en llegar a donde quería llegar, intentando recordar algo de aquel momento, para saber a dónde ir específicamente, pero nada. Seguía suponiendo que estaba viviendo un caso de viaje en el tiempo en el que era de extrema importancia recorrer los mismos pasos que había seguido entonces, salvo el riesgo de modificar el futuro y verme envuelta en una paradoja sin salida. Pero los personajes en las películas hacían eso con la única esperanza de regresar a su presente con el menor daño posible y algo que tenía bien claro, es que si no sabía cómo había llegado ahí, a ese punto de la historia, menos sabría cómo regresar a mi "presente"... presente que ya no existía, que se había borrado, que se había esfumado. Seguía sin recordar cómo comenzaban esos días, o siquiera cómo terminaban, y fue que tomé la decisión de ignorar por un momento aquello que suponía y comencé a tomar las decisiones de ese día con un poco más de carácter. Llegué al edificio principal de aquel lugar, me senté en una jardinera y saqué el teléfono celular. Mandé un mensaje: "¡Hola X! ¿Estás ocupado?" No obtuve respuesta inmediata, obviamente. Mientras esperaba recorrí los mensajes anteriores, muy similares... descubrí que era yo quien iniciaba las conversaciones, yo era la primera en preguntar. Me sentí un poco avergonzada al recordar eso, mi insistencia, mi necesidad de estar con X, de verlo, de hablarle, de escucharlo... y supuse que debía sentir mucha culpa si fuera una persona de veintitantos con una relación a distancia que se hacía pedazos, pero definitivamente algo había pasado, incluso si aquella  vida imaginaria que me había llevado hasta los treinta y dos estaba solo en mi cabeza, me estaba ayudando a ver las cosas con otra perspectiva. No me importó que en ese entonces lo hubiera hecho, no me importó hacerlo de nuevo ese día, porque creo que no hay nada de malo en demostrar necesidad, que es diferente a la dependencia, algo que sí  me había marcado mientras vivía con Y. Quince minutos después vibró el teléfono, era su respuesta "Perdón es que estaba en clase, ya salí ¿tú dónde estás?" Sentía el corazón en la garganta, me puse extremadamente feliz, en primer lugar por su respuesta y luego por la pregunta al final del mensaje. No era solo yo quien esperaba que las cosas pasaran, nunca las forcé, no obligaba a X a estar en un lugar donde no quería estar. X siempre me preguntaba también si estaba libre, si había comido, si tenía clase, dónde estaba... Respondí su mensaje y le pedí comer juntos. Nos encontramos en el lugar de siempre, frente a uno de los negocios del área deportiva. Llegué casi corriendo, con las manos temblando, la boca seca... Lo vi, justo como lo recordaba, alto, con el pelo desarreglado, ropa desarreglada, la misma cara que me perseguía en la memoria, los mismos gestos y su sonrisa cuando me vio. Quería correr, abrazarlo, no soltarlo... pero no hacía eso antes, y pensé que eso le molestaría. Escuchar su voz, después de tanto tiempo fue mágico, toda la escena me estaba superando y no quería arruinarlo. Intenté no expresar demasiado. Nos saludamos con un beso en la mejilla y su fragancia me llenó el pecho. Me costaba trabajo mantener la compostura, quería gritar, llorar, gritar otra vez...

"¡Hola!... ¿cómo estás?" dijo y yo ya sentía el corazón en la garganta.

"Bien y ¿tú?" dije con esfuerzo.

"Bien, también... ¿qué vas a comer?" dijo de una forma desinteresada.

"Una ensalada con pollo y un agua de naranja con fresa" recordé que esa era mi comida favorita en ese lugar.

Pedimos la comida, nos sentamos en unas bancas de cemento y comenzamos a platicar del día y me recordó ciertas circunstancias que me habían llevado a un abismo, a una época muy oscura para mí. No había pensado que esos días, mi necesidad por estar con X no había surgido de la nada.

"¿Cómo ha estado todo con los papás de Y? ¿Qué hicieron ahora?" preguntó con una sonrisita burlona.

Recordé todo aquello que había pasado, los malos ratos, las críticas, los comentarios pasivo-agresivos, las veces que revisaron mi celular sin mi consentimiento, las veces que me preguntaron por tal o cual persona... Hablaba con X de todo eso, de mi desesperación por salir de esa situación y de no tener la fuerza para hacerlo.

"Nada, por ahora..." Aunque tal vez sí haya pasado algo, no sabía si el día anterior había recibido algún comentario sobre mi peso, o sobre mis horarios, o sobre mis hábitos de higiene. En ese momento no quería saber de otra cosa más que de X.

Terminamos de comer y me invadieron los nervios, se acercaba el momento que yo suponía tenía que pasar. Comenzamos a caminar al jardín principal del campus, pero era una distancia muy larga, sentí que debía decirle algo, todo el tiempo creía que X correría hacia la dirección opuesta, que me  dejaría porque se aburría. Pero su expresión era tranquila, no parecía tener prisa, o que algo externo podía afectar ese momento. Eran esas cosas las que me hacían pensar que algo podría pasar, que no estaba tan equivocada, que X quería esto tanto como yo. Llegamos al mismo pedazo de pasto de siempre, había hojas secas en todos lados, ramas secas...

Nos sentamos, ambos con las piernas cruzadas, uno en frente del otro. Iba a pasar, estaba segura... pero esperé unos cinco minutos, y no me atrevía a hacer el primer movimiento si no veía una señal mínima de su parte. Recordé lo que había pasado esa misma mañana, y seguía suponiendo que las cosas tenían que repetirse de algún modo, pero no estaba pasando nada como lo había hecho antes. Intenté inclinarme hacia él una vez, evitar el juego de las hojas de pasto secas, pero no tenía una complexión muy atlética en ese momento, sabía que me vería torpe y no lo lograría, llegar hasta su rostro con gracia, seguramente me iría de lado y me caería de cara. Cuando hice ese movimiento un poco brusco, X me vio con un poco de sorpresa y tomó su mochila para intentar incorporarse también. Sentí pánico, creo que pensó que ya nos iríamos, entonces actué un poco más rápido. Acomodé mis piernas de modo que quedara arrodillada, puse mis manos sobre el piso y me incliné de lleno a su cara. No se movió, se quedó ahí con las manos en la mochila y los ojos bien abiertos. Lo hice. Lo besé. Eliminé el mundo por un segundo, nada más existía. El toque fue mágico, el calor, la textura, la forma, todo fue perfecto... mi imaginación me había hecho vivir ese momento sin el elemento físico y no se compara en nada con aquella revolución que estaba viviendo en mis entrañas y en mi cabeza. ¿Mariposas? Más bien el oleaje salvaje de una playa virgen. Creí que estaba llegando a un límite de sensación desconocido, cuando sentí sus manos, frías y húmedas en mis mejillas, pasando sus dedos por mi cabello, por mis orejas. Sonreí. No pude evitarlo, y sentí que él también estaba sonriendo, pero no me detuve. Comencé a escuchar el mundo de nuevo, ambos comenzamos a tener más conciencia en los movimientos... pero sabía que tenía que acabar. Paré. Me separé de su rostro pero no me atreví a verlo a la cara, incliné la cabeza hacia abajo y me recargué sobre su pecho, un poco incómoda por la posición. X movió sus brazos para ponerlos sobre mis hombros. Me moví hacia atrás y me senté sobre mis talones. Levanté la vista, con la cara encendida de rojo. Me cubrí la cara y poco a poco baje las manos para descubrir mis ojos. Lo vi, igual de rojo, pero soltó una carcajada, y también se agachó para cubrirse el rostro. No sabía que estaba pensando, me quedé ahí sin hacer nada, nos quedamos así sin movernos. No podía dejar de verlo y empecé a notar que su expresión estaba cambiando. Se puso sombrío y yo ya sospechaba lo que iba a decir. Lanzó un pedazo de hoja seca, con más violencia de lo que esperaba, me vio a la cara...

"Sabes que no podemos hacer esto, ¿verdad?"

***

Se me fue el estómago a los pies, me acomodé para sentarme con las piernas cruzadas y me preparé para hablar... ya lo había pensado obviamente, sabía que estaba mal que lo hiciera, que tuviéramos ese contacto. Asentí con la cabeza.

Se acomodó para levantarse y le tomé el brazo, y cuando menos me di cuenta las palabras salieron de golpe...

"Ya sé que no debemos, porque estamos lastimando a otras personas, pero... si solo aquello que nos ha detenido es algo externo a nosotros, nunca vamos a lograr lo que queremos, o estar en el lugar donde deseamos estar, o estar al lado de la persona con la que queremos  estar. No puedo seguir dando pasos sobre el filo de una navaja, me he sentido atrapada en un lugar que no me permite respirar, pero cuando estoy contigo, hablando, riendo, siento que eso desaparece... No eres mi escape, eres el lugar que necesito, el que me da razón..." ¿Por qué salió tan natural? Había practicado ese discurso en mi mente, por ocho años. "Me gustas, mucho... me gusta hablar contigo, verte, escucharte, me gusta que me escuches, aunque solo me queje, aunque solo lloriquee."

"Pero... no solo existimos nosotros, no es solo Y o Z, son todos, no creo que nadie lo entienda tan bien como tú..." comenzó a decir con cierta elocuencia.

"¿Te gusto? ¿Quisieras estar conmigo?" le pregunté muy violentamente, con la voz temblando, con lágrimas de coraje en la garganta.

"Me has gustado desde el primer día, por ocho años, pero he intentado superarte, porque no puedo traicionar a Y." dijo, con un atisbo de dolor en sus palabras que no pude evitar notar.

En ese momento era yo quien quería salir corriendo. No podía entender que no sucedieran las cosas como yo quería, quería que fuera como en las películas, en donde cambias una cosa del pasado y enseguida se corrige todo, y comienzas a vivir tu historia de fantasía.

X se levantó, se sacudió el pasto seco, se acomodó la mochila y le dijo al suelo frente a mí.

"Ya me voy... nos vemos luego."


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