jueves, 10 de noviembre de 2022

Historia sin nombre, Capítulo 3: El balcón

"Asómate a ver si está respirando" la voz de Toñita me sonó muy lejos, como si estuviera fuera de la habitación.
"Sí, sí está" era la voz de Julián, pegada en mi oreja. Abrí los ojos sobresaltada, sentí que lo tenía encima de mí. Me levanté. No había nadie adentro de la habitación, solo yo. Había mucha luz natural, hacía un poco de calor por que el sol ya estaba alto. Creo que dormí muchas horas. Me asomé por la ventana y vi a Julián barriendo las hojas. Luego escuché que tocaron la puerta. Dudé un poco para abrir la puerta. Era Toñita...
"¿No va a comer algo?" Me preguntó. Supongo que era muy tarde y mi grosería de no levantarme a desayunar la molestaba mucho. Abrí la puerta.
"Buenos días" le sonreí apenadamente.
"Ya son tardes" dijo y se me cayó la cara de vergüenza "Creí que no se iba a despertar... lleva dos días encerrada"
"¿Cómo?" No entendía nada. ¿Cómo que dos días encerrada?
"Ya está servido en la cocina" y me dejó ahí parada con muchas preguntas.
Pero no podía salir con la pijama. Busqué otra vez mi ropa, la que había desaparecido hace dos días. En la cómoda de enfrente había una pila de ropa, que no estaba antes. La revisé y no, no era de mi talla. Pero reconocí una blusa de la mamá de Leo. Tomé una muda completa y me la puse con demasiada prisa. Tomé mi bolso que escondí en el baño, temiendo que alguien entrara, y quisiera curiosear sin que me diera cuenta.
Llegué a la cocina y para mi alivio, ahí estaba Leo, leyendo de su celular.
"¿Cómo te sientes? Dormiste bastante" Me preguntó y levantó la vista. Su rostro cálido y amable, sonriente, sin preocupaciones.
"Creo que mejor, no puede ser que haya dormido dos días" Me tapé el rostro con mucha pena.
"No te preocupes, me imagino que es muy agotador pasar por todo eso. Siéntate y come."
Me senté y comencé con el primer plato.
"Sí te quedó la ropa..." mientras lo decía me tocó el hombro como comprobando la integridad de la prenda que seguro le había pedido a Toñita que pusiera en la habitación. Pero no quitó la mano. Sentí que comenzó a bajarla por mi espalda demasiado lento. Lo miré, pero Leo tenía su vista mucho más abajo. Asentí con demasiada fuerza y moví la cintura como si fuera parte del gesto. Quitó su mano, pero la sensación se quedó, los vellos de mi nuca seguían erizados, la sangre me corría muy rápido y mi cabeza se hinchó. Siguió comiendo como si nada hubiera pasado, pero con una sonrisa poco inocente.
"¿Necesitas que te lleve a algún lugar? o sea, te puedes quedar pero te pregunto solo por si pensaste otra cosa" me preguntó con la actitud de casanova que lo caracteriza. Y de pronto recordé todo. Saqué mi celular de la bolsa y tenía dos llamadas perdidas y un mensaje nuevo. No eran de Javier, eran de Carla, la de la inmobiliaria. "Ya me dijo Luz que se las deja igual, con tal de que se ocupe la casa"
"¿Me puedes dejar en la estación del metro Zapata? Claro, si no te distraigo de tus ocupaciones." Le pregunté a Leo.
"No te preocupes, realmente no tengo mucho que hacer estos días." Pero su rostro no cambió.
Al cruzar el portón me estaba dando cuenta de que no podía regresar ahí, mis circunstancias eran ridículas y para redimir mi imagen, tenía que alejarme lo más pronto posible. En el espejo retrovisor alcancé a ver aquel balcón que mis entrañas deseaban visitar desde hace muchos años. Regresé la vista al frente del camino y enfrenté la realidad de los siguientes días. Las avenidas atiborradas de carros, los semáforos insufribles y el olor a coladera me mantuvieron alerta, pero pronto nos acercamos a la estación del metro Zapata, entre camiones y "combis" que te llevan a colonias impensadas. Se estacionó con mucho esfuerzo entre dos carros, y puso el freno de mano. Yo no tenía la intención de entretenerme más tiempo en ese lugar intransitable, pero Leo apagó el carro. Yo tuve que descansar los brazos que ya tenían mi bolsa listo para salir. Me tomó la mano izquierda y entrelazó sus dedos, la pegó a sus labios pero no hizo más. Con la vista todavía al frente, sin soltar mi mano, puso la suya en su muslo. No era una posición cómoda, ni la situación era clara.
"Llámame si necesitas algo, no quiero que te pase nada." Luego me miró con ojos de encanto, como si estuviera viendo a la Venus de Boticelli, posando en su concha. No supe como reaccionar, y me reí casi a carcajadas, con el pretexto de soltar su mano.
"No te preocupes, voy a estar bien." Salí del auto torpemente, se atoró el abrigo en la puerta y tuve que abrirla de nuevo, luego como si quisiera borrar ese accidente, volví a cerrar la puerta de golpe, causando un estruendo. La sangre me subió a la cara por la vergüenza, pero seguí caminando, fingiendo que no me había dado cuenta. El interminable camino al andén me ayudó a pensar, a cuestionar lo que había ocurrido, todo en absoluto. No comprendía porque, después de años de insinuaciones, de oportunidades imperdibles, Leo mostró un repentino ímpetu, como si tuviera el interés de acercarse de una manera más íntima. Definitivamente no soportaba su actitud, luego de que me hubiera ignorado por años, incluso me haya hecho pasar vergüenzas, dejando claro que estaba consciente de mi insistencia, sobre todo que haya permitido que me fuera con Javier, lejos de él. Sentada en el vagón del tren, con mala postura, estorbaba el paso de la gente y me di cuenta porque se subió una señora sin una pierna, con una muleta de madera gastada, sucia y con capas de ropa todavía más sucia. Su olor era insoportable... pero pensé en sus circunstancias. ¿Qué pudo haber pasado para que esa señora estuviera en esa situación, pidiendo dinero, con la esperanza de juntar lo suficiente para comer ese día? ¿Dónde dormía? ¿Por qué no tiene una pierna?
Definitivamente, esa señora estaba en un lugar indeseable, en condiciones inhumanas. Debiste haberte equivocado de manera garrafal, o haber sufrido una tragedia irreparable para estar en ese lugar. 
Fuera de Metro Copilco estaba la oficina de Carla. Todos los recuerdos de la universidad me llenaron el pecho de nostalgia. En los últimos días había vivido tantas cosas que mi cabeza apenas podía soportarlo. 
Me estaba esperando con una copia del contrato original de hace años, pero con fechas diferentes obviamente. La firma pasó de forma tan intrascendente que ya estaba camino a Lomas de Padierna con las llaves en mi bolsa.
Cuando llegué, pasé dos horas recorriendo la casa una y otra vez, revisando que todo siguiera en su sitio, que todos aquellos sin-sentidos siguieran de pie. Pero sentada en el piso de la terraza mal hecha, me tragué mi orgullo y llamé a Javier con el 10% de batería de mi celular. Después de seis timbrazos contestó... escuché su respiración pero ni una palabra. Mi estómago se revolvió con el coraje. Tenía el descaro de hacerme pasar por eso.
"Necesito que pongas mis cosas en cajas y las envíes por paquetería" Le dije con las últimas gotas de entereza que tenía. Y me aseguré de recalcar que no quería verlo trayendo mis cosas, sino que dejara a alguien más que lo hiciera.
"¿A dónde?" Contestó. Miré hacia arriba con el propósito de deshacer el nudo en la garganta. Si algo no debía pasar, era que me escuchara vulnerable y destruída.
"La casa de Cancún" le dije. Y luego se me cayó el estómago a los pies al escuchar sus carcajadas. Las cascadas de lágrimas me invadieron la cara y se me bloqueó el pensamiento.
"Estás bien enferma" dijo entre risas y colgó el teléfono.
Me quedé ahí, pensando en lo que acababa de pasar, sin cuestionarlo, sino comprendiendo lo ridículo de todo y sin querer aceptarlo como me lo hizo ver Javier.
Sin necesidad de tener que regresar a esa casa, tenía toda la intención de demostrar que podría estar bien, sola, sin él. Pero la culpa y la vergüenza me sostenían los tobillos como para caminar a gusto.
Me instalé en la habitación que da hacia la calle, con una colchoneta y una frazada que compré en el supermercado. Me quedé sentada un largo rato pensando en lo que haría al día siguiente... buscar un trabajo, definitivamente, despensa, focos...
Estaba sentada en el piso viendo las hojas de los árboles moviéndose con el viento. Pero me distrajo el ruido de una televisión, pues no recordaba que las paredes fueran tan delgadas. El vecino la tenía demasiado alto; parecía una telenovela de Televisa, lloriqueos y gritos de mujer. Pegué la oreja con la esperanza de reconocer los diálogos. 
"Ya me tienes harto, no puedo contar contigo para nada..." el personaje debía ser un hombre de carácter nefasto. 
"Por favor, discúlpame, no va a pasar así la próxima vez." seguro era otra protagonista patética con complejo de inferioridad...  Pero el diálogo no parecía el típico de una novela mexicana, no había una señal de traición familiar o de una infidelidad. La voz sonaba familiar e intenté recordar las novelas que estaban al aire, pero ninguna cobraba sentido. 
"Si te vas a ir no te vas a llevar nada, si no fuera por mi no tendrías ni la ropa que traes puesta" Supuse que el guión lo había escrito alguien que había vivido de forma mediocre, así como pasa en todas las novelas. 
"Entonces tengo que soportar lo que haces y no decir nada porque tú así eres y no piensas cambiar..." Me provocó tanta incomodidad esa frase que despegué la cabeza de la pared. Era un especie de drama de pareja tercermundista, el tono de los actores ni siquiera sonaba entrenado, era como escuchar a dos personas cualquiera pelear en la calle. 
Intenté dormir por horas, pero en esos momentos me estaba dando cuenta de mi situación, y mi cabeza empezó a recorrer todas las vertientes de realidad que me esperaban al siguiente día. Practiqué los diálogos que tendría con cuanta persona suponía que encontraría. Los practiqué al menos diez veces cada uno, con respuestas diferentes, a mi favor, a su favor, y todas sin conclusión. 
Me despertó el motor de un carro, de esos que hacen escandalosos a propósito. Ya había demasiada luz y bajé a la cocina, aun sabiendo que solo había café frío en un vaso desechable del día anterior. Regresé a la habitación y me puse a ver por la ventana la barda del predio de enfrente... completamente intrascendente, con la hierba crecida en lo que se supone era la banqueta. Se acercó un gato por la maleza, y escuché la voz de una mujer ya grande, llamando al minino. Volteé al final de la calle que estaba hacia arriba pero no vi nada. Regresé a ver al minino y me sorprendió ver a una señora muy mayor, ya con el minino en los brazos. Estaba por quitar la mirada, pero noté algo muy extraño. La señora permaneció al menos un minuto sin moverse. Busqué mi teléfono en el piso para ver la hora, pero no lo vi a la mano y regresé la mirada a la señora y se me heló la sangre. Seguía en la misma posición pero hacia la casa y me veía fijamente. Sentí la misma presión en las sienes de aquel día, las rodillas muy débiles y mis manos casi sueltan el vaso de café. Ya no tenía al gato en los brazos, tenía un montón de trapos, parecían sucios, manchados de lodo. Movió los labios como si estuviera hablando, pero nunca fui buena para eso. No pude entender lo que estaba diciendo, y creí que me lo estaba diciendo a mí. Me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero no pude encontrarle sentido a ese momento. Me di cuenta que no me quería avisar nada, solo estaba articulando como si estuviera hablando frente a mí. De la nada corrió a la puerta de la casa y por instinto di dos pasos hacia atrás.  Me alejé de la ventana y traté de calmarme; Encontré el celular entre los pliegues de la cobija y cuando lo prendí para ver la hora se apagó por completo, al mismo tiempo que escuché que alguien tocaba la puerta que da a la calle de forma muy violenta, casi como si le estuvieran pegando con la parte metalica de un martillo. Me sobresalté y contemplé por unos segundos si bajaría para abrir la puerta. Tardé lo suficiente para que quien estuviera afuera tocara de nuevo incluso más estruendósamente. Bajé con demasiada cautela e imaginé a la señora en un estado histérico, pero no comprendía porque podría estar así. La con la mano en la chapa, se repitió el ruido, pero ahora en mis oídos, lo cual me provocó más bien molestia, abrí de forma violenta como respuesta a esa actitud desesperada. 
No era ninguna señora, era un hombre que parecía un poco mayor que yo, estaba sentado en las jardineras, sosteniendo los mismos trapos que le había visto en los brazos a la mujer. Lo que parecía lodo, estaba seco, era una mancha marrón, pero no logré distinguir que era realmente. 
"Buenos días vecina" Me dijo ese hombre de forma muy pasiva. "¿Llegó ayer verdad?" Preguntó.
No respondí de inmediato, primero intenté ver por detrás de él para saber si venía con alguien, o si veía a la mujer del gato.
"Sí, en la noche" Respondí omitiendo el saludo.
"Ah bien... mire, soy del 160, estoy haciendo limpieza de la casa de mi mamá, y quería ver si le habrán dicho cuando pasa la basura" Comentó como cualquier cosa. 
"Que yo sepa, pasa los martes por la inorgánica y los miércoles por la orgnánica, pero no se si sea igual" Seguía sin entender lo que acababa de pasar, pero igual prefería no darle atención.
"Ah ok... bueno, gracias por el dato, que tenga buen día" Dijo a modo de despedida. Pero a veces mi curiosidad me controla y me hace reaccionar impulsivamente.
"¿Su mamá tiene gatos?" Pregunté, sin saber que esperar de respuesta, nisiquiera sabía si esa mujer y este hombre estaban relacionados de alguna forma. 
"Tenía, uno, pero ya murió desafortunadamente." Respondió con un tono pesado. 
"¿El gato?" Tan inoportuna como la vida me lo ha permitido, le pregunté.
"No, mi mamá" Dijo con una risita, como si nada. "Tenía la costumbre bien rara de sacar a pasear a su gato, y siempre se le escapaba. No entendía que así son los gatos. La última vez que lo sacó a pasear, el gato ya no regresó y salía a gritarle todos los días hasta que ya no pudo caminar. Tenía diabetes y terminó sin una pierna y eso fue lo que la mató, no lograron que las heridas cerraran, se infectó y vinieron muchas complicaciones, ya sabe como es todo eso. Pero bueno, ya esta descansando mi madrecita santa." Parecía un discurso ensayado por la repetición. No quise indagar más de lo que no había querido desde el principio, pero recordé que fui yo la que preguntó.
"Ah, entiendo... bueno que tenga buen día" Le dije, pero el hombre solo levantó la mano con gesto de despedida. 
Regresé a la cocina y repasé todo, lo que vi en la ventana, los ruidos en la puerta, la conversación anticlimática con ese señor que suponía que yo sabía más cosas sobre la colonia a pesar de saber que yo había llegado la noche anterior. 
He intentado adquirir el hábito de no sobrepensar las cosas, pues suelen ser esas alucionaciones las que me castigan más duramente. 
Salí de la casa con la cabeza un poco pesada, viendo la maleza crecida, en busca de más indicaciones de mi sanidad mental, pero no vi nada.