miércoles, 11 de diciembre de 2019

Violencia con permiso


En el presente trabajo, tengo como objetivo hacer notar algunos puntos que han transformado la visión que se tiene del activismo feminista y que lo convierte en una justificación de violencia de género hacia los hombres. Con la ayuda de algunos ejemplos y perspectivas, pretendo explicar que los ideales de igualdad y equidad pasan a segundo término, y los impulsos de búsqueda de justicia manchan la lucha de las mujeres por conseguir un nivel de bienestar para todos.
(Familia tradicional: victimización de la madre)
El modelo tradicionalista mexicano tiene bien marcado el papel que tiene el padre y la madre dentro del marco familiar. El padre se encarga de proveer el sustento de toda la casa; la madre tiene la obligación de cuidar a los hijos y encargarse del mantenimiento de la casa. Por un lado, existe un grupo de personas que consideran que ese modelo es el que se debe seguir para que la sociedad funcione correctamente, por otro lado, existe otro grupo de personas que consideran que con ese formato se victimiza a la madre y la determina a una vida miserable.
El movimiento sufragista de las mujeres les hace ver que esa vida es incorrecta, que, sin considerar los pensamientos y deseos de las personas, el hecho de que la vida familiar se divida de esa forma es represión o abuso.
(Oportunidad de cambio: educación de la madre)
A menudo se considera que la madre se encuentra en una posición de desventaja, sin embargo, si una generación se decidiera a cambiar la siguiente, no sería ya un problema. La verdad es que la madre no se encuentra en desventaja, tiene en sus manos una herramienta muy poderosa, y es la influencia instintiva que tiene sobre sus hijos. Una madre no tiene la obligación de decirle que hacer a sus hijos, sean hombres o mujeres, pero sí tiene la oportunidad de guiarlos por un camino de respeto. Siempre he creído que lo ideal no es decirle a tal o cual persona que vale más que la otra, que es diferente, especial o que el otro es inferior. Considero que no es necesario decirle a la niña que es mejor por el simple hecho de que sea mujer, pero sí es necesario decirle al niño y a la niña que ambos son capaces de hacer tareas de la casa, que ambos son capaces de aprender a cocinar.
(Preferimos celebridades a niños educados)
Nos estamos concentrando mucho en decirles a nuestros niños que exploten su capacidad creativa, que no limiten su imaginación, pero nadie les recuerda que para que puedan realizarlo también es necesario que limpien sus áreas de trabajo, que aprendan a ser autosuficientes y que no esperen que alguien más lo haga por ellos. Parece que hoy esperamos que todos los niños se conviertan en músicos, pintores, bailarines, celebridades, “influencers”, y pensamos que, si se les enseñan modales, es reprimir su expresión libre, porque creemos que pedirles que digan “por favor” o “gracias”, es violencia contra su persona.
(Niñas y niños son capaces de limpiar)
 Una niña es capaz de jugar con carritos o de construir imperios empresariales, además de lavar trastes y aprender a cocinar, pero olvidamos que un niño es capaz de hacer exactamente lo mismo. 
(“Pegas como niña”)
Pero ¿qué nos dicen las feministas radicales? Que las mujeres viven reprimidas por un sistema arcaico, retrograda, que frena nuestro desarrollo, que juzga nuestro potencial, que critica nuestra creatividad. Sí, la mujer crece marcada por el prejuicio, pero olvidamos que es sólo eso, un prejuicio. Comprendo que es una tarea titánica el querer modificar de manera mínima ese pensamiento: que los insultos, los acosos verbales, las críticas solo son palabras; también comprendo que en ocasiones esas palabras se convierten en agresiones, que a veces son irreversibles. No es mi intención devaluar el problema de la violencia contra las mujeres, pero sí es mi objetivo remarcar que la violencia existe en todas las direcciones por una misma causa: la mala educación. La lucha feminista nos hace crecer pensando que el culpable de la represión y de las agresiones es el padre, por haber sido el que salía a trabajar todos los días, en jornadas que a veces eran de 16 horas, por “autodenominarse” el jefe de la casa por aportar el cien por ciento de los ingresos, por tener que abrirse camino entre las competencias laborales. La mujer se ganó el derecho de hacer lo mismo, de luchar contra el océano de limitaciones y obstáculos, pero al parecer también se ganó el “derecho” de ser el “sexo débil”, el que padece y que por eso justifica sus acciones. En casa, o en las escuelas, cuando un niño golpea a una niña, se le castiga, pero cuando una niña golpea a un niño “no importa, ni pega fuerte porque es niña”. De la misma forma ocurre cuando en el nivel laboral una mujer no recibe castigo cuando agrede verbalmente, cuando aprovecha sus capacidades de seducción para conseguir favores de compañeros, o incluso cuando miente con el fin de perjudicar a otras personas. El feminismo radical ha logrado muchos triunfos, ha conseguido oportunidades que se les habían negado a las mujeres por siglos, pero también consiguió que se respire en el aire un aroma de tensión y miedo. Lo que pudo ser una expresión de aprecio o admiración por parte de un hombre a una mujer, se convierte en acoso, y ese juicio apresurado también es violencia. Hombres han perdido su trabajo, su casa o su familia porque una mujer pensó que estaba siendo acosada. Desde conflictos infantiles, hasta disputas judiciales, quien obtiene el beneficio de la verdad es la mujer, y es cuando ven su ventana de oportunidad para obtener beneficios que se fundan en el mismo sistema que el feminismo radical intenta erradicar.
(Justicia parcial)
En 2018, un joven argentino se quita la vida por la presión de una falsa acusación de abuso. Pero claro que el testimonio se ve opacado por que las “mujeres han sufrido más” y “¿cómo se puede comparar la muerte de un hombre con la muerte de miles de mujeres?” o porque “alguien tenía que pagar por las injusticias, sin importar que fuera culpable o no”. La muerte no obtiene su valor de quien viene, la muerte es imparcial, y la gravedad de un crimen humanitario tampoco cambia dependiendo de quien venga. Creer que la mujer merece ventaja a la hora de impartir justicia atenta contra los derechos humanos y elimina cualquier atisbo de esperanza de un mundo equitativo, pues es claro que las mujeres y los hombres son diferentes, pero eso no implica que uno merezca más que el otro.
(Más condenas, menos educación)
Seguimos creyendo que la solución está en el castigo y no la prevención. Que es preferible condenar a muerte a violadores en lugar de cambiar el formato de la educación. Porque los niños no odian a las niñas ni viceversa, en casa les dijeron que las personas son objetos, que se pueden utilizar a conveniencia, porque le dicen a la niña que baile para que sus padrinos le den dinero, o los abuelos la consientan y porque le dicen al niño que aprenda a chiflarles a las niñas para quedar bien con sus amigos. No se puede lograr el nivel de respeto mínimo si no nos concebimos como personas iguales, y no como objetos, como cifras.
(Violencia es omnidireccional)
Como cualquier idea, pensamiento, propuesta que nace con intenciones reformadoras en pos de una mejor vida, es susceptible de caer en mentes que se dejan llevar por impulsos emocionales, que no se preocupan por encontrar las bases de esas ideologías. Las propuestas feministas, las de igualdad de género, las de equidad de derechos y obligaciones tienen fundamentos fuertes y válidos, pero hoy en día están cayendo de forma muy peligrosa en personas que han crecido creyendo que pueden usarlas con fines lucrativos o perjudiciales. La perspectiva que se tiene de las activistas feministas se ve dañada por esas otras personas que justifican su violencia hacia los hombres diciendo que “todos son iguales”, que “todos merecen ser castigados”, que “todos merecen ser eliminados”.
Conclusión
El empoderamiento se define como la adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación. Sin embargo, hoy se puede pensar que una mujer que adquiere ese empoderamiento, lo hace a través de una situación económica favorable, en donde ella tiene control sobre su vida, pero al mismo tiempo prefiere tener control sobre los demás. Al final del día, la idea de empoderamiento se vende como la oportunidad de control, y es más atractiva cuando ese control se ejerce sobre los hombres. Pero insisto, que lejos de buscar la erradicación del patriarcado, o el empoderamiento femenino, es necesario buscar el empoderamiento humano, en el que todas las personas son capaces de respetar y ser respetados.

sábado, 5 de octubre de 2019

Historia sin nombre. Capítulo 2: Crédito


Vi su rostro a través del parabrisas, sonreí y me dolió la mandíbula. Seguía muy tensa por toda la situación. Él no sonrió... Sus llantas derraparon y se incorporó al segundo carril, sin precaución, como si estuviera huyendo. Me sentí muy ofendida por esa actitud, como cualquier persona egoísta que no tolera que otros se puedan sentir peor. Me costó un poco asimilar que pudo haber hecho eso por la misma razón  que ya sabía. Independientemente de que Leo apreciara o no haberme visto esa tarde, yo fui nefasta y ya no podía cambiar lo que hice. Caminé con una nueva perspectiva, pues después de todo me di cuenta de que el mundo no está para consolarme cuando agonice. 
Estaba en Periférico y Calzada a Desierto de los Leones, lejos de cualquier lugar, inalcanzable a cualquier opción de escape. Tomé mi celular para investigar cómo salir de ahí. 20:35 hrs "1 Mensaje Nuevo: Banamex tiene para tí un crédito pre-aprobado por $35,000 pesos, comunícate al número que aparece en tu tarjeta para obtener este beneficio". Me hice consciente de otra cosa. Habían pasado al menos unas seis horas desde aquel momento fatal y Javier no había intentado llamarme, tampoco tenía mensajes. Sentí como otras trece piedras cayeron en mi estómago por esa cuestión. Aquello no me gustaba, porque el orden normal de las cosas demanda que te busque quien te ha lastimado, para disculparse o para lastimarte más. Pero no había nada. 
No se cómo llegué al metro Zapata, pero estaba yendo en dirección a Universidad. Sabía que llegando ahí tenía que tomar otro autobús, pero mi cerebro no me dejaba saber a dónde iba finalmente. Me estaba moviendo por instinto, como lo hacen los animales para regresar a su guarida. Al final del vagón, una chica se maquillaba con tanta prisa que su cuchara cayó al suelo, y el ruido me llevó a la fiesta de hace dos meses. Javier y yo asistimos a una reunión con sus compañeros de la empresa en la casa de su jefe, refrescos en vasos desechables, frituras, "Los éxitos del rock en tu idioma" y Susana con su novio. En la mesa, durante la cena, Susana se sentó a la derecha de Javier y cuando sirvieron el postre, la cuchara de Susana cayó al suelo, por lo que Javier se apresuró a levantarla. Como si fuera una película mexicana barata, al incorporarse se miraron a los ojos, con complicidad y Susana puso su mano sobre la pierna de Javier, sonriendo. Para mí, entonces, era solo amabilidad y camaradería, pues eran compañeros de trabajo. Me alegraba que Javier pudiera sentirse en confianza con alguien, luego de haber dejado a sus amigos de la infancia porque "no tienen el mismo nivel intelectual que tenemos ahora". No creo que aquella escena haya sido un indicio de lo que se escondía detrás. Era una muestra clara de lo que estaba pasando sin necesidad de esconder; Javier veía motivación en otras cosas, podía ser amable con la gente, pero no cualquiera, con alguien en específico, y esa persona ya no era yo. 
Alcancé a ver por la ventana del autobús la pastelería "El Elefante" de la Carretera Picacho-Ajusco y sabía que debía bajar en la siguiente calle. Bajé del autobús y mi vida tres años atrás regresó, y me oprimió el pecho, pero no con fuerza, era como un abrazo, esos que reconfortan. Ya sabía dónde estaba. Caminé seis calles cuesta arriba y giré a la izquierda. Ahí estaba la casa, imponente, inquebrantable, como la dejamos, con el mismo letrero de "Se Renta" lleno de lodo y oxidado de las orillas. Al parecer habíamos sido los únicos valientes que la rentaron luego de que sus dueños originales la abandonaran. No es una casa bonita, ni siquiera está bien construida; cuatro plantas mal distribuidas, habitaciones con balcones innecesarios, una terraza muy precaria, dos patios, lavabos y coladeras donde no deberían haber... a pesar de estar en una zona muy poblada, su oscuridad parecía absorber cualquier sentimiento, bueno o malo. Entrar en esa casa era como dormir en un ataúd vacío; por perturbador que suene, es tranquilizador el sentimiento. El letrero tenía el mismo número de la agente que nos la rentó aquella vez. Y cuando miré mi teléfono ya estaba llamándola. Me lo llevé al oído y contestó al tercer timbrazo.
"Bueno" Contestó.
"¿Carla? habla Chris, te rentamos hace cuatro años la casa de Cancún en Lomas de Padierna,  y veo que la siguen rentando..." Mi voz temblaba un poco, sabía que estaba haciendo algo de lo que tal vez me iba a arrepentir.
"¡Hola Chris! ¿Qué milagro? Sí, todavía no se renta desde que se fueron ¿Qué le hicieron eh? JAJAJA No, no te creas... Pero ¿Qué pasó? ¿En qué te puedo ayudar?" Su voz estruendosa me distrajo de todo lo demás y pude pensar claro.
"Un amigo está buscando un lugar por acá y pues anda buscando buen precio ¿La renta sigue igual?"
"Ay Chris, sabes que esa siempre sube, pero déjame hablar con la seño' Luz y te aviso ¿sale?"
"Gracias Carla, me harías un buen paro... bueno a mi amigo." Aquello se estaba construyendo poco a poco y me estaba regresando a una realidad de la que estuve escapando horas antes. 
Luego de colgar me quedé otros veinte minutos contemplando aquel zaguán rojo terracota, iluminado con las lámparas ambarinas de la calle y recordé que es imposible irrumpir en esa casa si no tengo las llaves. No tenía donde quedarme, había jugado con mi ingenio, pero no para salir de mi problema primordial, me había enlodado hasta las rodillas con uno nuevo. Había perdido unas dos horas llegando ahí, donde no tenía ninguna ayuda cerca y con poco dinero en efectivo. La pantalla de mi celular se encendió y antes de verlo apareció en mi mente el mensaje del banco. El lodo imaginario en donde estaba metida se sintió fresco y cómodo... ya sabía cómo resolver mi huida dramática. Pero en el teléfono había un mensaje del destino. "1 Mensaje Nuevo. Leonardo Arriaga: avísame si necesitas algo..." 
Y sin saber cómo, ya lo estaba llamando.
"Chris..."
Todas las lágrimas que no salieron en el día, todo el llanto reprimido surgió como una explosión al escuchar su voz. No podía controlarlo, me alejé el teléfono de la boca para evitar la vergüenza, pero no podía parar. Me senté en la jardinera y me llevé las manos a la cara y los espasmos me provocaron dolor en el estómago. El llanto no paraba, sentía las lágrimas en mi cara como cascadas, me sentí de ocho años haciendo berrinche, sin poder controlar mi respiración. 
"Chris, dime dónde estás, voy por tí." No creí que Leo siguiera en el teléfono. 
Mínimamente más tranquila le dije entre espasmos: "En... la...ca...sa... de... Cancún...afuera"
"Voy para allá" Dijo sin más y colgó.
El llanto regresó, ya ni siquiera sabía si esas lágrimas eran por el apocalipsis del día o si mi cabeza se estaba liberando de la presión como olla de cocina. El dolor que antes me tenía encorvada se fue disipando. Ya no sentía una estaca entre los omóplatos ni dagas en las rodillas. 
Pude ver las luces del Fiesta en la avenida. Leo giró en la esquina y me levanté tan rápido que tambaleé y me agarré del pino. Leo pensó que algo peor pasaba y salió del carro corriendo y me tomó de los brazos, pero yo di un paso y lo abracé por el cuello, sin decir nada. Me llevó al asiento del pasajero y comenzó el camino de vuelta a casa de sus padres. No dijo nada, no me miró inquisitivamente, solo condujo. Miré su rostro en varias ocasiones, con mayor tranquilidad que la vez anterior. Las rejas se abrieron automáticamente y cruzamos el jardín con árboles frutales, mientras los aspersores regaban el pasto. Al fondo la inmensa casa, con balcones bien hechos, pocas luces encendidas. Llegamos al garage y me quité el cinturón de seguridad. Salí del auto y esperé a que me guiara. Entramos por la puerta de la cocina y luego fuimos hacia la estancia, pero no subimos las escaleras... me llevó del otro lado de la casa hacia la habitación de invitados...obviamente. 
"Pásate... si quieres date un baño y ahorita comemos algo" Dijo y cerró la puerta trás él. Aunque yo estaba sintiéndome un poco ridícula porque me estaba tratando como enferma, no tenía como frenar eso, así que lo hice. Me quité la ropa, los zapatos y el brazalete que me había regalado Javier por mi cumpleaños. 
Pasé cuarenta minutos en la regadera sin moverme, el agua salió caliente y luego fría, así unas cinco veces. Salí y no vi la ropa, pero en la cama había un juego de pijamas limpias y pantuflas a juego. Regresé a la cocina y antes de abrir la puerta abatible escuché a medias "...eso me  lo contó la vecina del 174", pero apenas abrí, Toñita su cocinera, cerró la boca como si se la hubieran sellado con cera. Ahí estaba Leo, mirando hacia abajo.
"Buenas noches" Saludé como niña de pueblo. Pero Toñita me vio muy raro y no la culpo. Soy una intrusa, que está usando la pijama de su patrona. No dejaba de verme, mientras caminaba hacia la barra desayunadora. Estaba servido un plato de comida recalentada. "Gracias Toñita" le dije por al plato de comida. Pero no dijo nada mientras estaba de espaldas lavando platos imaginarios. "Gracias por rescatarme Leo..." y como si hubiera dicho una maldición, Toñita soltó un vaso en el fregadero y sonó muy fuerte, agarró un trapo y salió de la cocina como si se estuviera incendiando. Me sentí fatal, me estaba llenando de culpa y como una llave que tiene fuga, solté una lágrima por mi desgraciada existencia patética. 
"No le hagas caso..." Me dijo Leo.
Cuando una situación llega a ese punto hay que entender que no se puede entender lo que pasa. Pueden ser mil cosas diferentes, pero cuando te piden que ignores algo, definitivamente es lo mejor que se puede hacer, por el bien de todos. 
"Cuéntame qué paso por favor." Lejos de ser comprensiva su petición, la sentí como una orden, pero en esas circunstancias me estaba sintiendo obligada a hacerlo, y al mismo tiempo me aliviaba poder hablarlo al fin.   
Recorrí los últimos cuatro meses de mi vida, y Leo solo veía su plato, cenaba con toda la tranquilidad del mundo. No dijo nada. Hasta que llegué al inicio de aquel día, cuando mi mejor amiga me citó para platicar. Dejó de beber agua de limón y puso el vaso en la barra. Se quedó mirando la pared y me pausé creyendo que tenía algo que decir, pero regresó a jugar con su tenedor en el plato. Seguí contando lo que pasó hasta el momento en el que estaba cenando en su cocina. 
"¿Te vas a quedar en la casa de Cancún entonces?" Preguntó.
"Sí, ya lo tengo resuelto." Contesté.
"Bien, aquí te puedes quedar todo el tiempo que necesites." Dijo.
"Gracias." Respondí de mala gana con el orgullo de no querer vivir de la caridad, no de Leo, porque si alguna vez hubiera querido dormir en esa casa, definitivamente no quería que fuera de esa forma. Además parecía no tener ningún comentario de lo que acababa de contarle, casi como si no hubiera dicho nada.
"Todas las puertas de la casa están abiertas, no te sientas mal de quedarte aquí, me alegraría que te sientas segura, así que estás en tu casa. Te dejo porque mañana salgo temprano." Salió de la cocina antes de que pudiera comprender cada palabra de lo que acababa de decir. Me quedé sola y dos segundos después me levanté creyendo que Toñita iba a regresar. Me acercé al fregadero y en el fondo no vi el vaso que se le había resbalado, solo vi un cerillo usado. Me pareció muy extraño pero intenté ignorarlo. Lavé los trastes que habíamos usado Leo y yo... si Toñita no quería que estuviera ahí, no le pediría que limpiara mi desastre.
Llegué a la habitación de visitas y me puse a hurgar en cada rincón. Parecía niña en Disneylandia...supongo. Abrí cajones, miré debajo de la cama, atrás de los muebles, atrás de los cuadros, encendí la televisión y luego miré por la ventana que daba al jardín trasero, con lámparas solares alrededor de una fuente apagada, además del cuarto de servicio, donde se quedan Toñita y Julián, el jardinero. Se podían ver tres veladoras prendidas y supuse que las acababa de prender por toda la luz que producían. Miré un poco más atentamente y en una orilla la cortina estaba doblada... enfoqué la mirada un poco más por la oscuridad alrededor y vi la mitad del rostro de Toñita, pero en cuanto mi mirada encontró la suya, jaló la cortina de golpe para cerrarla.
El cansancio me invadió inmediatamente, acomodé la cama, apagué el televisor, apagué las luces y me acosté...luego vi la puerta y recordé lo que dijo Leo durante la cena, así que me levanté y puse el seguro de la puerta. 


lunes, 30 de septiembre de 2019

Cuento: Lápiz labial

Ya era muy tarde y acababa de llover. El fétido olor de las coladeras seguía muy vivo en el aire. Mi día no acababa aún, la mudanza no había terminado. Salía de la la oficina a las once de la noche y decidí que como se ha hecho con toda la pestilencia en la historia, la cubriría con el perfumado aroma de mi cafetería favorita. Llegué a la esquina de Alcatraces y Rosas, donde había un local apenas iluminado, no por el estilo bohemio que se espera de una cafetería, pero por la precariedad de la zona. Habían dos parejas al fondo, ningún solitario, solo yo. Me senté en la barra y Carmelita me miró con una mezcla de pesadumbre y toda la amabilidad que le permitía su salario mínimo. Le sonreí dolorosamente, no lo había hecho en días. Ella se acercó y me dijo "Buenas noches don Alberto", yo le contesté "¿Cómo estás Carmelita?", "Pues ahí la llevamos, ya sabe, no queda de otra", contestó. "¿Qué le sirvo?" Y miré su rostro, cansado, con el maquillaje desgastado, una que otra mancha de leche en su blusa verde de los martes, había Sido un día largo para ella. El mío no había terminado aún. Hacia algún tiempo que adopté ese lugar, como búnker contra la guerra de mi pesadumbre, de mis tristezas inventadas y de mis felicidades ocultas. Ahí conocí a Leonor, la única mujer que me hizo ver el mundo, sin viajar, solo con sus irreverencias. Era de las muchas mujeres únicas, auténticas y espontáneas, de las que no prometen nada porque no son capaces de amarrar su espíritu al suelo, al núcleo de la tierra. Nunca supe descifrar sus gestos, sus palabras o sus pensamientos; pero eso no importaba mientras pudiera verla, aunque su gusto por la ropa fuera cuestionable, oírla, aunque su vocabulario a veces me recordara la colonia de sus padres, olerla, porque eso sí era perfecto, tocarla... Pudo haberme mandando al carajo mil veces, y aún en ese momento sonaba dulce, era mi mundo.
Pero supongo que el viento se lleva fácil a quien le gusta flotar, quien prefiere no tocar el suelo. Su corazón se fue sin más, dejando marcas en la casa, aquellas que se van formando por el uso, como cuando cierras con cautela la puerta de la habitación y la mano queda impresa, cuando tocas el interruptor de la luz para apagarla, cuando te sientas frente al tocador para quejarte de tus arrugas y se hunden tus caderas poco a poco más pesadas, cuando arrojas una copa y el impacto tira la pintura de la pared, cuando el cable del teléfono cruza la cocina y se maltrata la columna porque pasas horas pérdida en él. Eso y más dejó. Esa es la razón de la mudanza, de mis días interminables y mis noches eternas.
"Un espresso doble, Carmen. Por favor"
"Ok"
Mientras Carmen se alejaba, yo regresaba al presente, a lo inevitable, a lo que no puedo cambiar aunque quiera. Porque tengo cuarenta y seis años. Mi oportunidad de conquistar el mundo, de romper corazones, de correr por las fuentes de la ciudad sin miedo a que mis rodillas colapsen, de besar mujeres, de hablarles en la calle sin sonar perverso, de sonreír, ya había pasado. Se había acabado todo y mi fuerza se la llevó Leonor. Y aún así, por dos semanas he estado cargando veinte años de recuerdos y palabras amorosas, que poco a poco se fueron desvaneciendo. Cuando tus sueños ya no te intrigan, es cuando te preguntas si vale la pena ir a la cama, cerrar los ojos, ignorar lo único real que tienes ahora, aunque solo sean coladeras apestosas y café barato. Carmen tenía mi café listo. Lo colocó sobre la barra y me preguntó "¿No quieres un pastelito?" Pero ya no estaba presente, me había perdido en la mancha de lápiz labial en el borde de la taza. Rosa, un poco oscurecido. Lejos de pensar de inmediato que Carmen había sido descuidada con la limpieza, comencé a pensar en la razón de aquella mancha. Pudo ser una mujer atrevida, sin tiempo de ser delicada al tomar café, una mujer que se había arreglado para seducir a su cita, y que seguramente se había perdido en la mirada de su acompañante para no notar su propio descuido. O tal vez fue un hombre, con exactamente las mismas intenciones. Me recordó un poco a Leonor, quien después de unas copas se olvidaba del pudor que la frenaba frente a otros; en restaurantes o en fiestas de amigos dejaba marcas de su lápiz labial en las bebidas, y a mí no me importaba, solo esperaba a que su ímpetu se viera liberado, porque era cuando me pedía regresar a casa, para calmar su deseo. Pero esa mancha, la de mi taza no era la de Leonor y la realidad me llegó de golpe. Aquella mujer anónima, con labios atrevidos había ido a ese lugar para conquistar a algún solitario. Esa mancha de lápiz labial me hizo pensar qué tal vez no termine solo en el último día de mi vida. Imaginé a las decenas de miles de mujeres que había visto mientras estaba con Leonor, sus rostros, sus cuerpos, sus urgencias.
"Perdón Carmelita, es que la taza tiene lápiz labial." Le dije y note que sus cejas se levantaron y su boca se tensó demasiado, su mano derecha fue de inmediato a su brazo izquierdo y comenzó a rascar un sarpullido viejo. Su rostro se enrojeció por completo, y sus fosas nasales comenzaron a ventilar violentamente.
"Ay, perdóneme Don Alberto, no me fijé" y quiso tomar la taza. La detuve por el brazo y el toque me erizó los vellos de la nuca. No había tocado a ninguna otra persona en días, ni en un saludo de manos. No creí que existiera una piel tan suave en el mundo; era eso o mi falta de referencia.
"No, no, no. Déjamelo; me gusta pensar que estoy bebiendo de la taza de una dama en plan de conquista, y que sus labios estuvieron aquí, así que los estoy tocando indirectamente." Y me reí tontamente. Carmen se llevó las manos al estómago y soltó una carcajada. Se acomodó el pelo y me dijo: "De verdad discúlpeme, me voy a fijar a la próxima"
Le contesté: "Está bien, porque a mí me puede dar curiosidad la historia de este lápiz labial, pero otros clientes te pueden decir algo" Carmen asintió y entendió el mensaje perfectamente. Terminé el café, me quedé sentado unos quince minutos sin pensar en nada y le pagué a Carmen. Estaba listo para reiniciar mi jornada, la de la noche, la que no acaba. Me levanté y sentí la mirada furtiva de Carmen. Dos pasos antes de la puerta me habló
"Don Alberto"
Me regresé y recliné el brazo derecho sobre la barra.
"Perdón, es que no sabía si decirle o no"
La duda, la que uno sabe prender y aunque escuche la verdad ya no la apaga nunca.
"¿Qué pasó Carmelita?" Supuse que se querría disculpar nuevamente de forma innecesaria, o qué mis comentarios le habrían provocado algo diferente a la risa o la incomodidad. Incluso mi esperanza, que se había renovado en lo mínimo, esperaba una propuesta, una que hacen las mujeres que han visto sus oportunidades apagadas. Esperé.
"Es que hoy vino Leonor con otro señor"

sábado, 28 de septiembre de 2019

Historia sin nombre, Capítulo I: Dolor

Sentada de espaldas al conductor, veía pasar los carros con personas apáticas, cansadas, con el cabello mojado de haber corrido a sus autos cuando comenzaba la lluvia... pero obviamente eso no era lo que me preocupaba en esos momentos. Lo que no podía salir de mi mente era la imagen que me removió las entrañas: Javier sosteniendo con su mano la cintura de Susana, mientras la besaba con demasiada violencia ¡Dios, cuanta pasión había en sus rostros!

Dos horas antes, yo estaba llegando de una cita con mi mejor amiga, quien se había decidido a verme luego de un año de no hacerlo, ya que apoyando incondicionalmente a Javier, nos mudamos a dos horas de la ciudad por su nuevo trabajo. Ni siquiera era hora de que Javier estuviera en casa, debía estar en el trabajo, pero supongo que la urgencia fue más fuerte. Solo está esa imagen, y la de las papas fritas del McDonalds en el inodoro unos segundos después. Y ahora me encontraba en ese autobús sucio con un intenso olor a desodorante barato para autos... sigo sin entender como salí, pues no traía las llaves de la puerta del edificio conmigo, así que un vecino debió ayudarme. Me ganó la angustia cuando recordé que debía pagar por el viaje, pero por fortuna traía conmigo mi bolso y el poco dinero que me quedaba. Se iba oscureciendo muy rápidamente y el tránsito lento no nos dejaba ir más rápido, fue cuando me di cuenta de que una vez que llegaramos a la teminal, yo no tenía a donde ir. Pero eso no era lo que me preocupaba en esos momentos, poco a poco fui recordando la mirada de Javier cuando me vio en la puerta, por lo que parecieron horas, no dejó de empujar su pelvis contra el vientre de Susana, mientras ella luchaba por safarse de su agarre. Creo que fueron dos segundos en realidad y eso fue lo que me provocó nauseas; estando en el baño escuché los gritos de Susana balbuceando estupideces como: ¡Chris! ¡No es lo que piensas!... pero mi cabeza ya estaba vagando en las escaleras, y mis manos en el barandal para no caer. Solo quería huir, quería librarme del infierno que había vivido por mas de 4 años, porque aún ahora pienso que si hubiera escuchado cualquier excusa que los dos tuvieran que decir, no estaría en donde estoy ahora. Es triste pero me tomó todo el camino hacia la puerta principal decidir totalmente que no lo soportaría una tercera vez. Todos mis huesos, todos mis músculos, todas mis vísceras gritaban de dolor, los escuchaba dentro de mi cabeza, era lo único que podía sentir en esos momentos, no sentía el piso, no sentía la lluvia, no olía la peste de las coladeras, solo sentía dolor, dolor físico, dolor real. Todo a mi alrededor comenzaba a tomar un poco de importancia, pues la gente al rededor empezaba a hablar más alto y al mismo tiempo y no era que no lo estuvieran haciendo antes, pero yo no podía salir de mi letargo. De nuevo me fijé en los autos porque hacía 10 minutos que los reflejos de una luces me molestaban, como si algún conductor quisiera llamar la atención de alguien. Obviamente habíamos cientos de personas en esa autopista, así que quería indagar. Para mi genuina sorpresa, conocía a quien lanzaba las luces y sí, nuestras miradas se cruzaron, queriendo decir que era a mí a quien quería llamar. Agitó su mano cuando lo vi, sonrió y yo me quedé paralizada, pero él se dio cuenta que lo reconocí. Ese era oficialmente el peor momento para una feliz coincidencia o un encuentro afortunado. Leonardo es delantero en el equipo de soccer de la universidad nacional, y le había ido bastante bien, pues había escuchado historias sobre lo difícil que es entrar en el equipo. Esa actitud competitiva, su físico impecable y la caballerosidad forzada que había tenido conmigo por años, siempre me habían atraído de una u otra forma; en muy pocas ocasiones llegaba a pensar en él, como quien piensa inocentemente en Brad Pitt o en Tom Cruise. Pero ya vivía con Javier, y le había entregado el corazón, como quien entrega el enganche para un carro. Era un compromiso de por vida, un proyecto a largo plazo, para lograr completar la imagen de nuestra cabaña a lado de la playa en algún remoto pueblo de Chile, con sus estaciones invertidas y gente que habla gracioso. Mientras consideraba regresar el saludo a Leo o ignorarlo por completo, regresó el cuadro de la cabaña en Chile, pero en el porche aparecía la cara de Javier y su mano sosteniendo la cintura de Susana, de su secretaria, con quien había mantenido una relación en "secreto" por 4 meses. Claro que lo sabía, pero todos los días mi corazón en trizas me decía que confiara en que Javier seguía pensando en mí como 4 años atrás, con la misma ilusión de pasar la vida juntos; a pesar de que con los días se perdía la pasión, se perdía el interés, me había propuesto revivirla, pero ¿Quién es uno para mandar el corazón de otra persona? ¿Quién soy yo para pedirle que dejara de sentir lo que sentía por Susana? La acababa de conocer y no se iría a ningún lado. Creo que pasaron dos minutos en los que Leo seguía agitando el celular con la mano, queriendo decir que me estaba llamando, pero yo ya había cambiado el número al menos 3 veces en los últimos dos años. Creo ciegamente en el destino y sus señales, y aunque esto no significara más que un saludo cordial, decidí darle una mano y actuar. Todos mis contactos se guardan en mi cuenta de correo así que no tardé más tiempo en marcarle; Leo volteó al teléfono al primer timbraso y un segundo después tomó la llamada. Su voz era muy extraña, sonaba muy distante y diferente a cualquier idea que tenía sobre como sonaría.

"Hola Leo, perdón no te había reconocido" Le dije seguido de su "Bueno"
"No te preocupes Chris, yo ya te había visto hace 20 minutos, pero no estaba seguro. Te marqué varias veces, pero supongo que cambiaste el número y por eso no me contestabas" Casi me sorprende que tuviera tanto que decir en menos de 5 segundos.
"Si, cambié el número al menos unas 3 veces, tengo problemas con las compañías telefónicas, no las soporto, jajaja" El sonido de mi propia risa liberó la tensión del dolor que tenía en la nuca y fue como si comenzara a respirar de nuevo. Fue muy extraño pero derepente me di cuenta del lugar en donde estaba, de la gente al rededor, de que seguía oliendo a desodorante barato, pero tambien olía a tierra mojada.
"¿Qué andas haciendo por acá? ¿Ya vas de regreso a tu casa?" Típicas preguntas que en otras circunstancias se contestan fácil, pero ese día parecía que me preguntaban cual era mi plan B en la vida, cuando nunca había logrado figurar un plan A. 
"No, voy a ver a mi hermano al departamento de mis papás" Pero no podía estar más equivocada, hacía 1 año que mi hermano se había mudado con sus colegas del trabajo, muy lejos del departamento.
"Ah ok... pues vamos en la misma dirección, ¿Por qué no te bajas de la combi y te doy un ride hasta donde me de vuelta?" Por suerte no indagó más y fue directo al punto, ya que el tráfico comenzaba a avanzar más rápido y la oportunidad para seguir hablando se iba desvaneciendo. Pero yo no estaba segura de qué contestar, todo el oxígeno que llegó de golpe luego de despertar por la risa, me tenía un poco mareada.
"Bueno, sí esta bien, te veo en la siguiente parada" De nuevo estaba actuando sin pensar en las consecuencias, pero las consecuencias ya habían ocurrido dos horas antes. Mi destino me había mostrado la cruda verdad de lo que había conseguido con mis acciones, con mis decisiones, así que no me importaron las consecuencias de aquello y le pedí al conductor me dejara bajar en la siguiente parada. 

Para cuando bajé de la combi, Leo ya tenía las intermitentes de su Ford Fiesta parpadeando, como impacientes, casi queriendo huir de esa escena triste y absurda. Tres pasos antes de tocar la manija del copiloto, mire en todas direcciones considerando las otras opciones, pero me di cuenta que estando en el transporte público no tenía una sola, menos a mitad del camino en medio de una colonia que nunca había pisado. Me tomé un segundo para inhalar la última bocanada de aire antes de pretender que todo estaba bien y no contarle a Leo que estaba hecha pedazos. Me senté, saludé con un beso a Leo, su loción invadió mis pulmones y me relajó solo un poco para poder sonreír.

"Vámonos pues... cuéntame mujer, ¿cómo has estado?" Comenzó.
Difícilmente de pie durante las últimas horas Pensé.
"Bien, ya sabes, trabajando"
"¿Y cómo está Javier? Años que no hablo con él" Preguntó sin más preámbulos. Ya había escuchado acerca de esas dagas que viajan a la velocidad del sonido y golpean el pecho con tal fuerza que te hacen voltear y comprobar que no haya sangre en la ropa húmeda. Pero esta golpeó mi cabeza y el ruido de hacía dos horas y sus imágenes me hicieron comprobar que no escurriera sangre por mis sienes. 
"Bien, igual trabajando en una compañía de Bienes Raíces desde hace 5 meses" Contesté, pero el dolor regresó tan fuerte que Leo notó que nada estaba bien. Nos quedamos callados al menos 2 minutos.
"¿Está todo bien entre ustedes?" Preguntó. Mis esfuerzos inútiles por evadir esa situación con Leo desaparecieron como papel higiénico mojado. Tomé todo el coraje que salía de mis poros y contesté.
"No, nada está bien. Acabo de encontrarlo besando a su secretaría en mi casa." Contesté y miré por la ventana; no estaba segura de saber si eso me hacía sentir mejor o simplemente estaba gritando por ayuda para no saltar mientras el carro seguía en movimiento.

¿Cómo lo hace la gente?
¿Cómo sobrevives a esto?
¿Cuál es el secreto?

Todas las enseñanzas de Javier se basaban en un solo argumento, la confianza, la verdad, la comunicación. Pasas cuatro años de tu vida creyendo que el camino correcto es ese que estas siguiendo, porque obtienes grandes cosas, obtienes momentos mágicos, obtienes una vida "plena"... porque obviamente después de tanto tiempo no todo puede ser miel sobre hojuelas, y justo por eso comienza un conflicto. La confianza, la verdad, la comunicación, ya no son suficientes, comienzas a buscar algo más. Un día vas a estar riendo... o fingiendo que lo haces, al otro día estas queriendo levantarte del suelo, rascando cada rincón de tu mente para encontrar un motivo, hurgando hasta que ya no hay nada, solo sangre y vísceras, cada vez mas repugnantes. ¡Dios! Son cuatro años...
La verdad no se que hubiera querido, que la verdad fuera saliendo poco a poco, o que pasara como pasó: me golpeó en el estómago, me quitó el aliento, me dejó sin oxígeno, el cerebro dejó de funcionar, era puro dolor... como cuando vas caminando en un río con el agua al cuello, se te atoran los pies en las piedras, comienzan a cortarte, el agua está helada y la corriente es muy fuerte, intentas luchar contra ella y te pega en la cara sin poder controlarlo... lo sé, nunca he estado ahí, pero puedo jurar que así se siente.

"Chris?"
"Si?" Mi tono no era amigable, la furia podía palparse en el aire, el auto se llenó de un aroma fétido. Pero no quería moverme de ahí, no le pedí que parara y me dejara ir, no le dije que mi vida estaba al borde de un precipicio. Leo regresó la vista al camino, y se acomodó para seguir conduciendo, como diciendo que estaba consciente de que cualquier cosa que dijera no resolvería nada, solo conducir. Sentía algo dentro de mi cabeza como si respirara y quisiera salir; la presión me provocó migraña. La idea de haberme subido a ese auto dejaba de tener sentido y faltaban muchos kilómetros para Calzada a Desierto de los Leones. Leo no tenía la culpa de mis errores, de mis tragedias absurdas, así que intenté devolver la cortesía de haberme sacado de una jaula de hojalata con olor fétido.

"¿Tú como has estado?" La pregunta no pudo sonar más forzada, y realmente no me esforcé porque sonara diferente. Leo me miró casi con desprecio porque era obvio que le preguntaba por la obligación que demanda el orden social.
"Bien... sigo en el equipo, estoy en casa de mis padres, pero ellos están en España, así que tengo la casa para mi solo" Contestó por la misma obligación que demanda el orden social. No le recrimino su respuesta cortante y seca. He visitado esa casa solo una vez en la vida, y fue una experiencia reveladora, pues mi nivel socioeconómico no me había permitido ver tanto lujo en un solo lugar;  sofás de piel blancos, pisos de marmol blanco, chimenea, una cocina acorde con el estilo colonial de toda la arquitectura, con horno de piedra y una mesa central de madera de roble, el comedor tenía espacio para catorce personas, su jardín tenía un naranjo, un manzano, una higuera, y las matas florecían con las temporadas, pues había nochebuenas el día de mi visita, cuando sus padres organizaron una cena de navidad. No llegué a conocer las habitaciones, pero si sus balcones que daban al jardín, dejando entrar la luz a través de las cortinas blancas. Siempre me imaginé como sería vivir ahí, despertar con la luz matutina y la brisa fría tocandome los pies desnudos, abrir los ojos y ver el pecho de Leo medio cubierto con las sábanas...

Tengo el poder divagar y crear realidades, todas perfectas, con finales felices, pero también tengo la desgracia de ser conciente que son fantasías, y la realidad me regresa al suelo, no con fuerza, sino con pesadumbre, como si me hubiera metido en un lodazal del que nisiquiera lucho por salir. Nos acercamos a Calzada a Desierto de los Leones y Leo se fue moviendo al carril derecho, ahí me di cuenta que aquel momento iba a terminar pronto, que había dejado que ese momento efímero se desperdiciara. Definitivamente me había tranquilizado subir a ese auto, pero ahora tenía la cabeza llena de culpas por haberle hecho pasar un mal rato a Leo. Prendió las luces intermitentes de su Ford, comenzaron a sonar como un reloj que marcaba los segundos demasiado rápido, como diciendo que el tiempo se había acabado. Cuando se paró por completo, apreté el botón del cinturón mientras veía por la ventana. Sentí la mano de Leo sobre mi mano izquierda y me tomó por sorpresa, inmediatamente lo miré a la cara. Leo seguía viendo el camino, con la mano izquierda en el volante y  una cara muy angustiada.

"¿Vas a estar bien?" Preguntó Leo. Y puedo imaginarme que él ya había respondido su pregunta retórica. Obviamente no iba a estar bien, pero asentí para intentar remediar ese error del destino, en el que lo estaba viendo en el peor momento de mi vida. Retiró su mano y la llevó a su pierna, ya me estaba mirando a la cara. "Llámame si necesitas algo, un mensaje, lo que sea."
"Gracias" Respondí torpemente, ya quería salir de ahí, como si eso fuera a corregir mi actitud nefasta de la última media hora. Salí del auto y caminé en la misma dirección sobre la banqueta, miré con el rabillo del ojo a la avenida, pendiente de cuando pasara Leo, pero di al menos veinte pasos y no lo vi pasar, volteé de lleno al auto y seguía parado con las intermitentes prendidas, y eso me provocó nervios.