miércoles, 11 de diciembre de 2019
Violencia con permiso
sábado, 5 de octubre de 2019
Historia sin nombre. Capítulo 2: Crédito
lunes, 30 de septiembre de 2019
Cuento: Lápiz labial
Ya era muy tarde y acababa de llover. El fétido olor de las coladeras seguía muy vivo en el aire. Mi día no acababa aún, la mudanza no había terminado. Salía de la la oficina a las once de la noche y decidí que como se ha hecho con toda la pestilencia en la historia, la cubriría con el perfumado aroma de mi cafetería favorita. Llegué a la esquina de Alcatraces y Rosas, donde había un local apenas iluminado, no por el estilo bohemio que se espera de una cafetería, pero por la precariedad de la zona. Habían dos parejas al fondo, ningún solitario, solo yo. Me senté en la barra y Carmelita me miró con una mezcla de pesadumbre y toda la amabilidad que le permitía su salario mínimo. Le sonreí dolorosamente, no lo había hecho en días. Ella se acercó y me dijo "Buenas noches don Alberto", yo le contesté "¿Cómo estás Carmelita?", "Pues ahí la llevamos, ya sabe, no queda de otra", contestó. "¿Qué le sirvo?" Y miré su rostro, cansado, con el maquillaje desgastado, una que otra mancha de leche en su blusa verde de los martes, había Sido un día largo para ella. El mío no había terminado aún. Hacia algún tiempo que adopté ese lugar, como búnker contra la guerra de mi pesadumbre, de mis tristezas inventadas y de mis felicidades ocultas. Ahí conocí a Leonor, la única mujer que me hizo ver el mundo, sin viajar, solo con sus irreverencias. Era de las muchas mujeres únicas, auténticas y espontáneas, de las que no prometen nada porque no son capaces de amarrar su espíritu al suelo, al núcleo de la tierra. Nunca supe descifrar sus gestos, sus palabras o sus pensamientos; pero eso no importaba mientras pudiera verla, aunque su gusto por la ropa fuera cuestionable, oírla, aunque su vocabulario a veces me recordara la colonia de sus padres, olerla, porque eso sí era perfecto, tocarla... Pudo haberme mandando al carajo mil veces, y aún en ese momento sonaba dulce, era mi mundo.
Pero supongo que el viento se lleva fácil a quien le gusta flotar, quien prefiere no tocar el suelo. Su corazón se fue sin más, dejando marcas en la casa, aquellas que se van formando por el uso, como cuando cierras con cautela la puerta de la habitación y la mano queda impresa, cuando tocas el interruptor de la luz para apagarla, cuando te sientas frente al tocador para quejarte de tus arrugas y se hunden tus caderas poco a poco más pesadas, cuando arrojas una copa y el impacto tira la pintura de la pared, cuando el cable del teléfono cruza la cocina y se maltrata la columna porque pasas horas pérdida en él. Eso y más dejó. Esa es la razón de la mudanza, de mis días interminables y mis noches eternas.
"Un espresso doble, Carmen. Por favor"
"Ok"
Mientras Carmen se alejaba, yo regresaba al presente, a lo inevitable, a lo que no puedo cambiar aunque quiera. Porque tengo cuarenta y seis años. Mi oportunidad de conquistar el mundo, de romper corazones, de correr por las fuentes de la ciudad sin miedo a que mis rodillas colapsen, de besar mujeres, de hablarles en la calle sin sonar perverso, de sonreír, ya había pasado. Se había acabado todo y mi fuerza se la llevó Leonor. Y aún así, por dos semanas he estado cargando veinte años de recuerdos y palabras amorosas, que poco a poco se fueron desvaneciendo. Cuando tus sueños ya no te intrigan, es cuando te preguntas si vale la pena ir a la cama, cerrar los ojos, ignorar lo único real que tienes ahora, aunque solo sean coladeras apestosas y café barato. Carmen tenía mi café listo. Lo colocó sobre la barra y me preguntó "¿No quieres un pastelito?" Pero ya no estaba presente, me había perdido en la mancha de lápiz labial en el borde de la taza. Rosa, un poco oscurecido. Lejos de pensar de inmediato que Carmen había sido descuidada con la limpieza, comencé a pensar en la razón de aquella mancha. Pudo ser una mujer atrevida, sin tiempo de ser delicada al tomar café, una mujer que se había arreglado para seducir a su cita, y que seguramente se había perdido en la mirada de su acompañante para no notar su propio descuido. O tal vez fue un hombre, con exactamente las mismas intenciones. Me recordó un poco a Leonor, quien después de unas copas se olvidaba del pudor que la frenaba frente a otros; en restaurantes o en fiestas de amigos dejaba marcas de su lápiz labial en las bebidas, y a mí no me importaba, solo esperaba a que su ímpetu se viera liberado, porque era cuando me pedía regresar a casa, para calmar su deseo. Pero esa mancha, la de mi taza no era la de Leonor y la realidad me llegó de golpe. Aquella mujer anónima, con labios atrevidos había ido a ese lugar para conquistar a algún solitario. Esa mancha de lápiz labial me hizo pensar qué tal vez no termine solo en el último día de mi vida. Imaginé a las decenas de miles de mujeres que había visto mientras estaba con Leonor, sus rostros, sus cuerpos, sus urgencias.
"Perdón Carmelita, es que la taza tiene lápiz labial." Le dije y note que sus cejas se levantaron y su boca se tensó demasiado, su mano derecha fue de inmediato a su brazo izquierdo y comenzó a rascar un sarpullido viejo. Su rostro se enrojeció por completo, y sus fosas nasales comenzaron a ventilar violentamente.
"Ay, perdóneme Don Alberto, no me fijé" y quiso tomar la taza. La detuve por el brazo y el toque me erizó los vellos de la nuca. No había tocado a ninguna otra persona en días, ni en un saludo de manos. No creí que existiera una piel tan suave en el mundo; era eso o mi falta de referencia.
"No, no, no. Déjamelo; me gusta pensar que estoy bebiendo de la taza de una dama en plan de conquista, y que sus labios estuvieron aquí, así que los estoy tocando indirectamente." Y me reí tontamente. Carmen se llevó las manos al estómago y soltó una carcajada. Se acomodó el pelo y me dijo: "De verdad discúlpeme, me voy a fijar a la próxima"
Le contesté: "Está bien, porque a mí me puede dar curiosidad la historia de este lápiz labial, pero otros clientes te pueden decir algo" Carmen asintió y entendió el mensaje perfectamente. Terminé el café, me quedé sentado unos quince minutos sin pensar en nada y le pagué a Carmen. Estaba listo para reiniciar mi jornada, la de la noche, la que no acaba. Me levanté y sentí la mirada furtiva de Carmen. Dos pasos antes de la puerta me habló
"Don Alberto"
Me regresé y recliné el brazo derecho sobre la barra.
"Perdón, es que no sabía si decirle o no"
La duda, la que uno sabe prender y aunque escuche la verdad ya no la apaga nunca.
"¿Qué pasó Carmelita?" Supuse que se querría disculpar nuevamente de forma innecesaria, o qué mis comentarios le habrían provocado algo diferente a la risa o la incomodidad. Incluso mi esperanza, que se había renovado en lo mínimo, esperaba una propuesta, una que hacen las mujeres que han visto sus oportunidades apagadas. Esperé.
"Es que hoy vino Leonor con otro señor"
sábado, 28 de septiembre de 2019
Historia sin nombre, Capítulo I: Dolor
Dos horas antes, yo estaba llegando de una cita con mi mejor amiga, quien se había decidido a verme luego de un año de no hacerlo, ya que apoyando incondicionalmente a Javier, nos mudamos a dos horas de la ciudad por su nuevo trabajo. Ni siquiera era hora de que Javier estuviera en casa, debía estar en el trabajo, pero supongo que la urgencia fue más fuerte. Solo está esa imagen, y la de las papas fritas del McDonalds en el inodoro unos segundos después. Y ahora me encontraba en ese autobús sucio con un intenso olor a desodorante barato para autos... sigo sin entender como salí, pues no traía las llaves de la puerta del edificio conmigo, así que un vecino debió ayudarme. Me ganó la angustia cuando recordé que debía pagar por el viaje, pero por fortuna traía conmigo mi bolso y el poco dinero que me quedaba. Se iba oscureciendo muy rápidamente y el tránsito lento no nos dejaba ir más rápido, fue cuando me di cuenta de que una vez que llegaramos a la teminal, yo no tenía a donde ir. Pero eso no era lo que me preocupaba en esos momentos, poco a poco fui recordando la mirada de Javier cuando me vio en la puerta, por lo que parecieron horas, no dejó de empujar su pelvis contra el vientre de Susana, mientras ella luchaba por safarse de su agarre. Creo que fueron dos segundos en realidad y eso fue lo que me provocó nauseas; estando en el baño escuché los gritos de Susana balbuceando estupideces como: ¡Chris! ¡No es lo que piensas!... pero mi cabeza ya estaba vagando en las escaleras, y mis manos en el barandal para no caer. Solo quería huir, quería librarme del infierno que había vivido por mas de 4 años, porque aún ahora pienso que si hubiera escuchado cualquier excusa que los dos tuvieran que decir, no estaría en donde estoy ahora. Es triste pero me tomó todo el camino hacia la puerta principal decidir totalmente que no lo soportaría una tercera vez. Todos mis huesos, todos mis músculos, todas mis vísceras gritaban de dolor, los escuchaba dentro de mi cabeza, era lo único que podía sentir en esos momentos, no sentía el piso, no sentía la lluvia, no olía la peste de las coladeras, solo sentía dolor, dolor físico, dolor real. Todo a mi alrededor comenzaba a tomar un poco de importancia, pues la gente al rededor empezaba a hablar más alto y al mismo tiempo y no era que no lo estuvieran haciendo antes, pero yo no podía salir de mi letargo. De nuevo me fijé en los autos porque hacía 10 minutos que los reflejos de una luces me molestaban, como si algún conductor quisiera llamar la atención de alguien. Obviamente habíamos cientos de personas en esa autopista, así que quería indagar. Para mi genuina sorpresa, conocía a quien lanzaba las luces y sí, nuestras miradas se cruzaron, queriendo decir que era a mí a quien quería llamar. Agitó su mano cuando lo vi, sonrió y yo me quedé paralizada, pero él se dio cuenta que lo reconocí. Ese era oficialmente el peor momento para una feliz coincidencia o un encuentro afortunado. Leonardo es delantero en el equipo de soccer de la universidad nacional, y le había ido bastante bien, pues había escuchado historias sobre lo difícil que es entrar en el equipo. Esa actitud competitiva, su físico impecable y la caballerosidad forzada que había tenido conmigo por años, siempre me habían atraído de una u otra forma; en muy pocas ocasiones llegaba a pensar en él, como quien piensa inocentemente en Brad Pitt o en Tom Cruise. Pero ya vivía con Javier, y le había entregado el corazón, como quien entrega el enganche para un carro. Era un compromiso de por vida, un proyecto a largo plazo, para lograr completar la imagen de nuestra cabaña a lado de la playa en algún remoto pueblo de Chile, con sus estaciones invertidas y gente que habla gracioso. Mientras consideraba regresar el saludo a Leo o ignorarlo por completo, regresó el cuadro de la cabaña en Chile, pero en el porche aparecía la cara de Javier y su mano sosteniendo la cintura de Susana, de su secretaria, con quien había mantenido una relación en "secreto" por 4 meses. Claro que lo sabía, pero todos los días mi corazón en trizas me decía que confiara en que Javier seguía pensando en mí como 4 años atrás, con la misma ilusión de pasar la vida juntos; a pesar de que con los días se perdía la pasión, se perdía el interés, me había propuesto revivirla, pero ¿Quién es uno para mandar el corazón de otra persona? ¿Quién soy yo para pedirle que dejara de sentir lo que sentía por Susana? La acababa de conocer y no se iría a ningún lado. Creo que pasaron dos minutos en los que Leo seguía agitando el celular con la mano, queriendo decir que me estaba llamando, pero yo ya había cambiado el número al menos 3 veces en los últimos dos años. Creo ciegamente en el destino y sus señales, y aunque esto no significara más que un saludo cordial, decidí darle una mano y actuar. Todos mis contactos se guardan en mi cuenta de correo así que no tardé más tiempo en marcarle; Leo volteó al teléfono al primer timbraso y un segundo después tomó la llamada. Su voz era muy extraña, sonaba muy distante y diferente a cualquier idea que tenía sobre como sonaría.
¿Cómo sobrevives a esto?
¿Cuál es el secreto?
Todas las enseñanzas de Javier se basaban en un solo argumento, la confianza, la verdad, la comunicación. Pasas cuatro años de tu vida creyendo que el camino correcto es ese que estas siguiendo, porque obtienes grandes cosas, obtienes momentos mágicos, obtienes una vida "plena"... porque obviamente después de tanto tiempo no todo puede ser miel sobre hojuelas, y justo por eso comienza un conflicto. La confianza, la verdad, la comunicación, ya no son suficientes, comienzas a buscar algo más. Un día vas a estar riendo... o fingiendo que lo haces, al otro día estas queriendo levantarte del suelo, rascando cada rincón de tu mente para encontrar un motivo, hurgando hasta que ya no hay nada, solo sangre y vísceras, cada vez mas repugnantes. ¡Dios! Son cuatro años...
La verdad no se que hubiera querido, que la verdad fuera saliendo poco a poco, o que pasara como pasó: me golpeó en el estómago, me quitó el aliento, me dejó sin oxígeno, el cerebro dejó de funcionar, era puro dolor... como cuando vas caminando en un río con el agua al cuello, se te atoran los pies en las piedras, comienzan a cortarte, el agua está helada y la corriente es muy fuerte, intentas luchar contra ella y te pega en la cara sin poder controlarlo... lo sé, nunca he estado ahí, pero puedo jurar que así se siente.
"Chris?"
"¿Tú como has estado?" La pregunta no pudo sonar más forzada, y realmente no me esforcé porque sonara diferente. Leo me miró casi con desprecio porque era obvio que le preguntaba por la obligación que demanda el orden social.
"Bien... sigo en el equipo, estoy en casa de mis padres, pero ellos están en España, así que tengo la casa para mi solo" Contestó por la misma obligación que demanda el orden social. No le recrimino su respuesta cortante y seca. He visitado esa casa solo una vez en la vida, y fue una experiencia reveladora, pues mi nivel socioeconómico no me había permitido ver tanto lujo en un solo lugar; sofás de piel blancos, pisos de marmol blanco, chimenea, una cocina acorde con el estilo colonial de toda la arquitectura, con horno de piedra y una mesa central de madera de roble, el comedor tenía espacio para catorce personas, su jardín tenía un naranjo, un manzano, una higuera, y las matas florecían con las temporadas, pues había nochebuenas el día de mi visita, cuando sus padres organizaron una cena de navidad. No llegué a conocer las habitaciones, pero si sus balcones que daban al jardín, dejando entrar la luz a través de las cortinas blancas. Siempre me imaginé como sería vivir ahí, despertar con la luz matutina y la brisa fría tocandome los pies desnudos, abrir los ojos y ver el pecho de Leo medio cubierto con las sábanas...
Tengo el poder divagar y crear realidades, todas perfectas, con finales felices, pero también tengo la desgracia de ser conciente que son fantasías, y la realidad me regresa al suelo, no con fuerza, sino con pesadumbre, como si me hubiera metido en un lodazal del que nisiquiera lucho por salir. Nos acercamos a Calzada a Desierto de los Leones y Leo se fue moviendo al carril derecho, ahí me di cuenta que aquel momento iba a terminar pronto, que había dejado que ese momento efímero se desperdiciara. Definitivamente me había tranquilizado subir a ese auto, pero ahora tenía la cabeza llena de culpas por haberle hecho pasar un mal rato a Leo. Prendió las luces intermitentes de su Ford, comenzaron a sonar como un reloj que marcaba los segundos demasiado rápido, como diciendo que el tiempo se había acabado. Cuando se paró por completo, apreté el botón del cinturón mientras veía por la ventana. Sentí la mano de Leo sobre mi mano izquierda y me tomó por sorpresa, inmediatamente lo miré a la cara. Leo seguía viendo el camino, con la mano izquierda en el volante y una cara muy angustiada.
"¿Vas a estar bien?" Preguntó Leo. Y puedo imaginarme que él ya había respondido su pregunta retórica. Obviamente no iba a estar bien, pero asentí para intentar remediar ese error del destino, en el que lo estaba viendo en el peor momento de mi vida. Retiró su mano y la llevó a su pierna, ya me estaba mirando a la cara. "Llámame si necesitas algo, un mensaje, lo que sea."
"Gracias" Respondí torpemente, ya quería salir de ahí, como si eso fuera a corregir mi actitud nefasta de la última media hora. Salí del auto y caminé en la misma dirección sobre la banqueta, miré con el rabillo del ojo a la avenida, pendiente de cuando pasara Leo, pero di al menos veinte pasos y no lo vi pasar, volteé de lleno al auto y seguía parado con las intermitentes prendidas, y eso me provocó nervios.