sábado, 31 de mayo de 2025

Muerte en Jeju

Inicia la historia de muerte de un hombre que se descubre a sí mismo demasiado tarde.

El hombre dejaría una herencia de deudas por al menos unas tres generaciones. Pero, ¿quien es dueño de sí mismo realmente? ¿Acaso no le debemos nuestra personalidad, nuestro espíritu, nuestras experiencias a los mejores comerciantes del mundo? 

Dejó a su esposa... su ex-esposa y sus ex-hijos en tierra firme. Creía que se alejaba lo suficiente de su realidad como para borrarla de tajo al cruzar el diminuto trozo de océano. Llegó a la isla con tres unidades de una moneda demasiado devaluada y pidió trabajo sabiendo que los primeros días dormiría con suerte en un baño público. A sus cuarenta años, poco le puede provocar vergüenza, sabía que cualquier lugar al que aspiraba estaría lleno de sus semejantes, historias de fracaso, personas sin propósito que dejaron su confianza o sus ambiciones en una idea poco rentable. ¿La suya? Un negocio familiar que al final no tenía nada de familiar si su esposa no se veía como alguien que necesitara trabajar. Pero no la culpo, este hombre no sabía que tan ingenuo podía ser. Se embarcó en un plan de vida que sobrepasó sus aptitudes. Pero eso no es lo que interesa.

Lo que interesa es que este hombre estaba a poco tiempo de querer terminar con lo que pensaba que era vida. Habían pasado seis semanas de un verano aplastante, húmedo y deprimente, el sol era insoportable cuando no caía lluvia torrencial y dejaba todo maloliente. Para Tae no había objetivos ni motivos, aunque tampoco había dolor, ni odio, simplemente no había nada. O eso era lo que pensaba. No sabía si regresaría a tierra firme para provocar un poco de drama con su muerte, y que no quedara en el absoluto olvido. Tampoco tenía claro cómo lo haría, sin dinero para adquirir cualquier arma o cualquier químico que fuera rápido, sin la fuerza o el ímpetu suficiente para encontrar un puente lo suficientemente alto, sin ganas de hacer nada realmente. Ahí estaba su respuesta, llegaría a dormir en alguna calle solitaria hasta que ya no despertara... hasta para eso se veía como un perdedor.

Los ojos 

En el puerto para tomar el ferry, estaba sentado sobre unas bancas desgastadas viendo la embarcación acercarse demasiado lento, pues a pesar de que por instinto alguien quisiera prolongar su vida lo más posible, seguía siendo impaciente, sobre todo porque algo por fin pasara en su existencia. Con todo el letargo de los trámites que tiene que hacer un ferry para anclarse, depositar a los viajeros que llegaban, revisar las instalaciones, Tae esperó en la misma banca donde estuvo unas dos horas. Alcanzaba a ver las caras de los treinta pasajeros que mostraban felicidad, ansiedad, tristeza, hastío y una en particular mostraba desesperación. Tae pudo haber amarrado sus ganas de vivir a la superación, a recuperar a su familia, a ser millonario, pero nada de eso importó en el preciso momento en que los ojos de aquel rostro desesperado se cruzaron con los suyos. Sintió un escalofrío casi doloroso que terminó en el estómago. No supo cuánto tiempo duró ese momento, pero cuando despertó notó el ferry alejándose del puerto, mientras él seguía en la misma banca. 

No había sentido hambre en todo el día, su cuerpo estaba siendo compasivo y lo llevaría del otro lado sin sufrimiento. Pero apenas despertó del letargo, sintió como si un gancho lo jalara desde la espalda. Sintió hambre, y un animal en agonía se aferra a la vida por la comida. Se levantó y comenzó a caminar hacia el hostal que había sido testigo de sus noches deprimentes. 

El agua hirviendo, de lo que sería su cena poco nutritiva, le recordó la violencia de las olas, el ferry, los ojos desesperados de aquella persona... parecía haber llorado muchos días, pero no porque estaban hinchados, sino porque la textura alrededor estaba hundida, como drenada. Pasó el tiempo suficiente pensando en eso como para que tuviera que reponer el agua que casi se había consumido por completo. 

Cuando nos enfrentamos a lo desconocido, algunos suelen buscar una explicación, otros suelen contemplar y después actuar. Pero no es posible evitar el miedo, la angustia, la ansiedad, la anticipación de que algo está por cambiar de forma catastrófica. Tae sabía que algo estaba por ocurrir, pero no quería aceptar que aquel encuentro en el puerto era el parteaguas de lo que ocurriría después. 

Durmió en total unas dos horas, antes de que se levantara con demasiado ímpetu, demasiada stamina. Su jefe, en el sitio de construcción, lo miró de forma extrañada. No era él, sabía que era alguien o algo más. Pero Tae no puso atención al medio saludo cortés y se dispuso a martillar como el perfecto autómata que la sociedad había formado. El cubrebocas impuesto por el gobierno, no hacía más llevadero el brutal golpe del sol en conjunto con la humedad del océano. Pero a Tae no podía importarle más el sudor que corría por sus mejillas, mientras pasara el tiempo sin que él estuviera consciente de este. 

Cuando llegó la hora de la comida, fue caminando donde la memoria de sus músculos lo llevaron. En la tienda de conveniencia tomó otra comida poco nutritiva y en el pasillo de las frituras frenó en seco, sintió como si una flecha le cruzara la sien. Levantó la vista y en el pasillo contiguo estaban los ojos. Tae sintió esa mirada como cuando se ve un balón en el aire que va directo a nuestro rostro. Parpadeo e hizo muecas, sintió mucha vergüenza e intentó dar dos pasos antes de soltar todo lo que traía en las manos. Lo recogió en menos de un segundo, de forma muy habilidosa... o al menos eso pensó. Cuando se incorporó, no había nadie en el otro pasillo, no había ruido, no había nada. Los ojos se habían ido hace mucho. Sentía todavía esa presión en la sien, su garganta cerrada, su estómago vacío, pero agradeció tener el cubrebocas puesto, pensaba que le había cubierto la mueca de terror.

Salió de la tienda, sin esperanza de ver esos ojos, pero suponiendo que era trabajo del universo ponerlos frente a él de nuevo. El universo le mostró un sin fin de caras a medias, pero no a los ojos. Si en ese momento decidiera convertirse en un hombre de fe, nisiquiera sabría como describirlos para pedir verlos de nuevo; no podía decidir si estaba interesado, encantado,  repelido  o atraído por esa mirada, por esos ojos de color oscuro. Por primera vez maldijo que la pandemia no le haya dejado ver el tipo de nariz o labios que enmarcaban los ojos. En su cabeza puso infinidad de combinaciones, pero dudó mucho que llegara a verlos en conjunto con el rostro completo, ese maldito virus tenía un poder aplastante, descorazonador. 

Lo preocupante no era ver esos ojos de nuevo una o mil veces más. Tae sentía vergüenza de asociar un par de ojos con un contorno de piel pálida, rodeada de un pelo lacio, negro, corto, sobre un cuerpo esbelto, de unos ciento ochenta centímetros, con músculos poco desarrollados en los brazos, que apenas se cubrían con una camisa blanca translúcida, piernas largas enmarcadas por un pantalon deportivo demasiado relajado. Esos ojos serían la sentencia de Tae. 

Los labios

Como procesión religiosa, que se repite todos los días a la misma hora, Tae había regresado a la tienda a la misma hora, había caminado por el mismo pasillo unas tres veces, comprado las mismas cosas, así por dos semanas. Casi llegó al punto de maldecir su existencia y mala suerte, cuando un día, hizo un movimiento diferente. Abrió una puerta del refrigerador y percibió del otro lado una silueta distorsionada por el aire condensado que salía. Tomó cualquier cosa sin ver. Cerró la puerta y ahí estaba, con la camisa empapada, sudor escurriéndole en la cara, respirando con mucho esfuerzo, culpa del cubrebocas. El señor Tae se quedó inmóvil fingiendo ver su bebida con café y vainilla, y con la silueta en el rabillo del ojo izquierdo. Quería interpretar sus movimientos, aún sabiendo que no había mucho que esperar más que tomar algo de los refrigerados. Pero pasaron más de los tres segundos que Tae se había tardado en elegir; vió un brazo, acercarse a la cara, y la mancha negra del cubrebocas desapareció. Tae lo miró como quien mira a alguien que se ha soltado de un arnés de seguridad en la montaña rusa. Esa persona que hasta ahora era un par de ojos tenía el rostro descubierto, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, recibiendo el embiste del aire frío para combatir el golpe de calor.  Tae luchó con toda su voluntad para detener ese acto de rebelión, estaba arriesgando su vida por un poco de aire fresco. Con los ojos aún cerrados, abrió una botella de agua y comenzó a beber. El señor Tae quería salvar a esa persona que estaba apunto de caer de la montaña rusa; sintió como si un gancho le jalara la espalda desde el ombligo, pensó en correr hacía donde estaba, ponerle el cubrebocas, salvarle la vida. 

-Disculpa... no puedes abrir las cosas antes de pagarlas... y ponte el cubrebocas- el encargado de la tienda, le estaba salvando la vida y ni siquiera se movió de su lugar. Con un gesto de enfado, el señor Tae regresó la mirada, pero aquellos ojos que ya tenían rostro, rodaron hacía atrás en señal de molestia, caminando hacia la caja, sin antes pausar la mirada en el señor Tae por una fracción de segundo casi imperceptible, pero definitivamente existente.  

El señor Tae salió de la tienda minutos después, pensando en lo imprudente que es quitarse el cubrebocas, exponerse al virus por tomar agua en un lugar público. Esa persona estaba siendo muy inmadura, debía ser muy joven, no más de veinte años. Se notaba en el rostro, de piel casi perfecta, labios rosados, no tan pequeños ni tan grandes, perfectos, cuello largo y delgado, que se abultaba cada que tragaba agua... El señor Tae se dió cuenta de que ya no estaba pensando en el cubrebocas, sino en todo eso que ocultaba, y de nuevo se sintió incómodo, como cuando un amigo roza su mano mientras van caminando muy cerca o cuando un desconocido te mira por una fracción de segundo casi imperceptible... ¿Qué podía significar?

El día continuó como todos los demás, pero diferente. El señor Tae sentía que iba en un tren sobre unos rieles muy inestables, en cualquier momento se desviaría de recuperar su vida, su familia, su estabilidad. Sería un desvío pacífico o saldría disparado hacia un barranco. 

Ese fragmento de vida se quedó plasmado en la cabeza del señor Tae, y no podía explicarse el porqué. Tenía miedo de que por la edad se empezara a borrar, que se distorsionara y lo transformara en un falso recuerdo. 

El cuerpo

Un día libre a la semana, suficiente para disociar un rato de la realidad y regresar a la jornada del día siguiente. Uno de esos días libres Tae fue a la playa a buscar un propósito, la belleza del mundo que había abandonado, la suavidad de la arena, la claridad del océano, la inmensidad del cielo, la magnificencia de su insignificancia, de ser un hombre de más de cuarenta años que ha fracasado por el mínimo error. La última vez que había ido a la playa, Chae tenía cinco años, y su esposa tenía mirada de enamorada. Había vivido algunos de los mejores momentos de su vida a lado de su esposa, le había entregado el corazón, la vida, el futuro. Y ese fue su error, regalar algo etéreo, algo que no se ha materializado, pues la visión que tiene uno, no la puede tener el otro ni en mil vidas. 

-¡Papi! Mira, un cangrejo.- La voz de Chae de cinco años resonó en su cabeza, casi irritante. Fue feliz en ese momento.

-Chae, no te alejes.- Hacía tanto que no escuchaba la voz de su esposa en su cabeza, no había pensado en ella en tanto tiempo, y se cuestionó si estaría feliz de escucharla de nuevo, o prefería no hacerlo más. De pronto ese pensamiento fue más atractivo.

-Chae, te cargo de caballito...- esa no era la voz de su esposa, era la voz que le hizo regresar al presente, al momento en que no estaba siendo feliz. Una voz grave, profunda, demasiado masculina. 

Una niña muy pequeña huyendo de las olas matutinas extendió los brazos para ser atrapada por alguien de cuerpo delgado pero alto. Era esa persona. Lo supo por la mirada, los labios, el pelo, el cuello. Todo eso que ya conocía posaba sobre un torso de poco músculo, casi demasiado poco, del color de los duraznos, un poco enrojecida por el toque del sol. Su espalda se contrajo de forma dramática, para cargar a la bebé, la acomodó de forma segura y comenzó a caminar en sentido contrario. Tae casi sentía que había visto esa espalda en una revista, en un programa de televisión, pero porque esa era la forma que tenían la mayoría de las celebridades, a excepción del color durazno. Lo contempló con la misma etiqueta de ver una escultura en movimiento, algo que solo existe en la imaginación de un artista. Tenía mucho que pedirle al cuerpo de los marinos con los que compartió Tae en el servicio militar, había visto cuerpos de todos tamaños, de todos estilos, no le espantaba la desnudez, pero verle la espalda a esa persona le puso un gancho en el estómago que lo jalaba hacia la garganta. Estaba siendo arrastrado por las olas como un pez que atrapó el anzuelo. Lo veía caminar con algo de esfuerzo, flexionando los músculos por cargar a la niña. Lo observó sin la discreción suficiente como para que por un segundo, aquella persona encontrara su mirada de nuevo. Soltó el anzuelo, respiró de nuevo y bajó la mirada encontrando la arena de la playa demasiado interesante. 

Tae estaba seguro de que había besado y abrazado a suficientes mujeres en su vida, no tenía duda, no podía ser de otra forma. Su esposa y su hija eran pruebas de ello. De la nada tuvo que contar a todas sus novias de nuevo en su cabeza, porque sentía que empezaban a desvanecerse; su primer beso, su primer abrazo, su primer encuentro íntimo, perdían intensidad en los recuerdos, se convirtieron en capítulos muy blandos de una novela demasiado predecible. Pero Tae no pidió vivir algo nuevo, no pedía experiencias emocionantes... quería recuperar a su familia, ese era su objetivo... ¿o no?.

La TV

Pasaron semanas de rutinas incompletas, de búsquedas y encuentros pobres, de anhelos de algo desconocido. Tae tenía televisión otra vez, una muy pequeña, pero con demasiada importancia. Sus ratos de letargo se verían completados con el ruido blanco de la televisión. Noticieros, programas de concursos, novelas, de nuevo el noticiero, otro programa de concurso. De pronto su rostro, el de aquella persona, sí, en la pantalla. Tae se levantó muy rápido, se mareó y casi cae al suelo. Se sostuvo de la pared que tenía a escasos centímetros de su cama. No escuchó nada, no podía procesar ese momento, estaba hundiéndose en el océano, la voz de la presentadora decía palabras sin sentido. Luego los subtítulos "...Han...hiatus...Jeju" en fragmentos. La noticia se acabó demasiado pronto para regresar a la contabilidad de muertos por Covid. Se sentó de nuevo en la cama sin mirar nada en específico, intentando darle sentido a lo que acababa de pasar. Vio el rostro de aquella persona en la pantalla, con maquillaje, con ropa de diseñador, con otras celebridades a su lado. Lo que seguía era una noche sin pegar los ojos un segundo. Horas y horas de información en internet cuando por fin lo encontró. 

"Han enfrenta acusaciones por hostigamiento escolar por parte de un ex-compañero de la secundaria, en víspera del lanzamiento del nuevo álbum de la agrupación. La compañía de entretenimiento lanzó un comunicado informando que el chico pasará tiempo con su familia en la isla de Jeju por causas de salud; sin embargo se especula que esto sea con el fin de apaciguar los comentarios nocivos de redes sociales que ha recibido en los últimos meses"

Nota tras nota, foro tras foro, comentario tras comentario, todos con su rostro, que ahora tenía un nombre, tenía un pasado y una razón de ser. La televisión seguía encendida, emitiendo ruido blanco. Noticieros, programas de concursos, novelas, comerciales... un comercial de tratamiento dérmico "Recupera tu belleza, recupera tu juventud".

El rostro

Tae se preparó para otra jornada de trabajo, igual al anterior, a todos los anteriores. Pero ese día era nuevo, era diferente. Lo que había temido hace unas semanas, se estaba materializando en algo que comenzaba a comprender, ya no era desconocido, ya lo estaba asimilando. La mirada de desesperación en el ferry tenía una causa, Tae comprendió eso. Verlo en la playa con una niña, tranquilo, despreocupado, también comprendía eso. Lo que seguía escurriendo de sus dedos era la incesante necesidad de verlo, escucharlo, protegerlo. 

El espejo de su baño le recordó algo. Mil arrugas rodeaban sus ojos, su boca, que había sonreído falsamente por años. No pudo evitar llevar sus manos al rostro, y como haciendo una excavación comenzó a buscar la imagen que veía cuando tenía veinte años, cuando se sentía invencible, irresistible. No la encontró, a pesar de mover capas y capas de piel. ¿Cómo podría proteger a Han?, ¿Cómo podría proteger a quien fuera? Se dio cuenta de repente que era alguien inservible, sin fuerza, sin propósito...

"Recupera tu belleza, recupera tu juventud"... El ruido blanco de la televisión resaltó de nuevo esas palabras. En su mente aparecieron infinidad de celebridades que se habían realizado cirugías plásticas, que las portaban con orgullo como la bandera del autocuidado y la autopreservación. A estas alturas, nada es mentira mientras se manifieste en el plano terrenal. Si una persona se somete a cirugía plástica para lucir más joven, de forma inmediata, es más joven. Ya no hay quien defienda la autoaceptación o el envejecimiento digno, eso pasa a ser negligencia, y por tanto símbolo de ineficiencia, fracaso... precisamente eso de lo que Tae estaba huyendo. 

Sabía que las consultas estéticas son costosas, su esposa se lo recordaba a cada rato. Pero si su idea de éxito implicaba esto, con el fin de acercarse a Han y protegerlo, tenía que hacerlo, usar la tarjeta de crédito, pedir un préstamo. Sin importar los medios, en la clínica de belleza, nadie juzga, nadie cuestiona, todo es posible y casi inmediato 

Cirugía de párpados, inyección de botox, corrección del mentón, rinoplastia, productos para aclarar la piel. Belleza instantánea. 

Dos semanas después, Tae cubierto de vendas y cinta microporosa en la cara, seguía recuperándose pero no podía faltar a trabajar. El clima seguía caluroso y húmedo, lo cual no era oportuno para que las heridas cicatrizaran sin mayor problema. Los analgésicos le nublaban el pensamiento, a pesar de tener solo una cosa en la cabeza. Ser más joven, ser más fuerte para llegado el momento. El uso de cubrebocas seguía siendo obligatorio, lo cual mantenía la humedad en el rostro, además de que dificultaba la respiración. Nadie cerca de Tae se había enfermado, no había casos registrados en la isla, era casi como si fuera todo una mentira. Mucha gente comenzaba a quitarse el cubrebocas, respirar libremente, porque nada malo estaba pasando...

Tae no se retiró el cubrebocas, pero no por prevención. Sentía vergüenza de su imagen, de sus intenciones. Cada que veía un espejo, lleno de moretones y heridas, suponía que llegaría un momento en el que esa imagen le agradara; mientras tanto, solo sentía repulsión. Como era de esperarse, el calor, el cubrebocas, algunas heridas no cerraron como debían. Sin poder pagar nuevas citas médicas, Tae daba media solución a las infecciones. El dolor que aquello provocaba solo alimentaba el delirio, estaba seguro que llegaría el momento en que todo ese desastre infeccioso daría paso a una nueva piel, un nuevo Tae, como cuando las serpientes cambian de piel. Cuando sus heridas por fin dejaron de supurar, no encontró en el espejo aquello que anhelaba tanto. Su cara no cambió, pero sus arrugas se vieron sustituidas por cicatrices que le daban un gesto de sonrisa apesadumbrada; no importaba cuanto intentaba acomodar su gesto, algunos músculos de su rostro ya ni siquiera le respondían. No había vuelta atrás. Ese era su nuevo rostro, por el que pagó a crédito, el rostro que le daba confianza para proteger a Han. 

La voz

El verano ya estaba desapareciendo. El aire parecía menos húmedo, más cómodo de respirar. Tae salió de su cuarto de renta, después de una rutina extenuante de cuidado de la piel y maquillaje pastoso. Con las cicatrices mal disimuladas, llegó al trabajo con un aire de renovada satisfacción. No sabía si vería a Han, pero ese día se sentía invencible. Hoy debía medir y cortar perfiles de acero, fuera del taller, lejos de todo lo inflamable, cerca de la avenida principal. Casi al mediodía, en una de las pausas del ruido de la cortadora, sintió una brisa que le congeló la nuca. Se quedó inmóvil por unos segundos, mientras intentaba darle sentido a eso. 

-Las nubes se ven pesadas, parece que habrá tormenta. Debe tener cuidado con esas máquinas, evite un corto circuito. 

Darle voz a ese rostro fue la cúspide de todo aquello que se había formado efímeramente en la mente de Tae. Han tenía la vista clavada en las manos de Tae, que sujetaban un perfil metálico de unos dos metros. Fueron demasiadas palabras, no sabía cuantas frases, pero la voz se quedó estruendosa en su cabeza. Debía responder, sin saber qué exactamente. Algo de las nubes, la tormenta, un corto circuito... ¿Debía agradecer el comentario? ¿Era una recomendación o una advertencia? ¿Estaba preocupado por la seguridad de Tae o de la electricidad? No era ninguna pregunta pero sentía que el tiempo se le estaba acabando para responder algo. Es muy probable que Tae solo haya hecho muecas, imperceptibles por el cubrebocas, emitiendo sonidos extraños, ninguna palabra, ni siquiera un monosílabo. Antes de que algo coherente se formara en su boca, alguien detrás suyo le robó la respuesta.

-Ok.

El empleado de medio tiempo, que tenía unos veinte años respondió con el menor interés posible. Soltó el desarmador eléctrico y tomó una botella de agua que tomó casi por completo de un sorbo. Han no se movió y su vista ya estaba en la garganta del empleado temporal que se contorsionaba de forma casi primitiva. Tae se sintió tan pequeño, tan insignificante. Estuvo a punto de entrometerse en la conversación de dos personas desconocidas, completamente ajenas a él. Se le subió el rubor en el rostro deshecho por cirugías, y pronto se dió cuenta de que no se notaría por la cantidad de maquillaje que tenía. Han se llevó una mano al pelo y soltó una risita nerviosa, con la vista ahora en el suelo. Metió ambas manos a la sudadera y perdió la mirada en el horizonte, hacia donde estaba el mar. Parecía que Han comenzaría a caminar cuando empezó a toser con demasiada fuerza, casi contrayendo el abdomen. Cuando intentó dar dos pasos más, Han cayó con las rodillas en el pavimento. Apoyó las manos en el suelo y siguió tosiendo. Todo fue lo suficientemente rápido como para que Tae se quedara inmóvil, sin entender qué estaba pasando, sin oportunidad de actuar con destreza o inteligencia. De nuevo, el empleado temporal corrió de su lugar de trabajo a ayudar a Han. Han levantó una mano indicando que estaba bien, como si aquella no fuera la primera vez que pasaba. Se incorporó unos segundos después y siguió caminando, tambaleándose un poco. Tae pensó demasiadas cosas, más de las que nunca se había permitido pensar ¿Han estaba enfermo? No era posible, su cara no se veía enferma. ¿Han estaba ebrio? Seguramente, pues una persona de la edad de Han suele salir con amigos o permitirse una que otra copa en su casa. De pronto, su comentario tenía todo el sentido del mundo. 

-¿Se le pasaron las copas?- preguntó Tae al empleado de veinte años, con una risita tonta.

-No olía a alcohol- respondió el empleado temporal con la mirada fija en la avenida por la que desapareció Han. La respuesta tenía un tono que parecía no decidirse entre desinterés y preocupación.

Tae no supo cómo reaccionar. Nuevamente pensó más cosas de las que su pequeña mente le permitía. Obligó a sus manos a dejar las herramientas, y a sus piernas a moverse. Salió del sitio de construcción y comenzó a caminar en la misma ruta que Han. Lo alcanzaría, lo protegería. Lo vió, adelantado por dos calles. Han caminado lento pero firme. Tae corrió para alcanzarlo, con el brazo extendido. Le hablaría, le respondería todo aquello que se quedó atascado unos momentos antes. Le diría que le ayudaría a llegar a casa. Estaba a unos cinco centímetros de Han, lo lograría, le tocaría el hombro. Pero Han dió la vuelta, y ese momento casi tangible, desapareció. Desde la esquina vio a Han atravesar un portón y cerrar la puerta detrás de él. 

La tarde

Cada tarde, a partir de ese día, Tae pasaba frente a la casa de Han. Aveces caminando lento, a veces caminando rápido. Nadie salía, nadie entraba cuando él estaba cerca. Pero Tae iba siempre presentable, el rostro limpio, ropa que definitivamente no encajaba con su oficio. Estaba construyendo castillos en el aire; ensayaba en su cabeza cada escenario, cada posible respuesta, cada rechazo. En ocasiones, su imaginación lo llevaba a lugares que desconocía de él mismo. Un día lo vio en la ventana, y reaccionó de la única forma en la que no había ensayado. Huyó de ese lugar como si hubiera gas tóxico. El miedo que le provocó enfrentarse con Han, cara a cara destruyó aquellos castillos, borró todas las realidades. Sentía vergüenza de ser él, de haber llegado tarde a ese momento de su vida, de ser un viejo queriendo arreglar algo que no estaba roto, de querer construir algo sobre arena movediza. De un momento a otro se dio cuenta de que no podría hacer más de lo que ya estaba haciendo, absolutamente nada. En el mejor de los casos, y si tuviera suerte, sólo podría contemplar la existencia de Han, de esos ojos, esos labios, ese cuerpo. Tendría un nuevo objetivo, cuidarlo y protegerlo a la distancia, de la misma forma en que se expresaban sus admiradoras en los foros de internet. Su vida tendría ese propósito. 

El verano se extinguió por completo y conforme Tae salía de su ensimismamiento, comenzó a notar las ambulancias en las calles, personal de sanidad arrojando desinfectante en las calles, las noticias en la televisión con estadísticas cada vez más cercanas. No dejaba de rondar la casa de Han, se convirtió en una rutina tranquilizadora. Presentía que si dejaba pasar un día, su vida se comenzaría a derrumbar. Recordó aquel día del ferry y se rió de sí mismo, se dio cuenta que su propia vida nunca estuvo en sus manos, no era él quien decidía cuando terminaba, tampoco fue él quien decidió cuándo comenzó realmente. Todos a su alrededor parecían vivir en otra realidad, una en donde caían como moscas a causa del virus. Pero eso no tenía nada que ver con él.

Se convencía todos los días de eso, hasta que ...

Lo vio salir en una camilla cubierta con una especie de cápsula de plástico, dando una escena apocalíptica como si Han fuera una amenaza biológica del nivel más tóxico. Pero Tae sabía que no era así, Han tenía un alma pura, inquebrantable, los dioses le debían a él favores. Los ojos sin brillo, la piel verde, no durazno, los labios grises, no rosas. 

En el hospital no puede entrar nadie a menos que quiera ser puesto en cuarentena obligatoria. Pero Tae llegó al área de descarga de pacientes, sin saber qué estaba buscando realmente. Por tres días, sentía que al estar rondando el hospital, sabría que hacer al final. 

Llegó el cuarto día, con otro paciente apocalíptico, una cápsula de plástico; las enfermeras perdieron la cabeza por un minuto y bajaron la guardia. Tae entró en el hospital. Por instinto, presionó el cubrebocas contra su rostro. Era un riesgo enorme, pero la necesidad de ver a Han era más grande. Recorrió los pasillos mientras el personal estaba distraído con la llegada de más pacientes apocalípticos. En el segundo piso reconoció a la madre de Han, la mujer que estaba en la playa. Sentada en el pasillo conectada a un tanque de oxígeno, sintió pena por ella, pero alivio al saber que Han podía estar en aquella habitación. 

Tae dio diez pasos en esa dirección y solo uno antes de llegar a la puerta se detuvo, pues un foco rojo que estaba arriba comenzó a parpadear; tres segundos después se había acoplado al ritmo cardiaco de Tae; podía sentir su corazón en las orejas. Pasaba algo. Se acercó un médico cubierto hasta los ojos. Cerró la puerta tras él. Tae se asomó por la ventana circular de cristal, pero deseó no haberlo hecho. El doctor y dos enfermeras comenzaron maniobras de resucitación por lo que parecieron horas o tal vez minutos. Tae estaba paralizado viendo aquella escena como quien mira un pez fuera del agua. En su imaginación se vio abriendo la puerta, arrojando a todo el mundo lejos de Han, tomándolo en brazos, teniendo un super poder que le hacía respirar de nuevo. Pero Tae no se movió un milímetro. 

Sintió un empujón por el costado; era la mamá de Han, quien se quitó la máscara de oxígeno. Abrió la puerta y confirmó aquello que acababa de pasar. Arremetió contra el personal médico, les gritó, pateó y golpeó con los puños cerrados. Por un minuto entero hizo lo que quiso hacer Tae. Pero Tae no se movió un milímetro. Estaba en el marco de la puerta y como si fuera otro mueble, las enfermeras lo ignoraron cuando salieron de la habitación. El doctor ya estaba atendiendo a la mujer que se había desmayado. Tae dio un paso, con mucho temor, no sabía qué encontraría en aquella cama; sabía que era algo a lo que nunca se había enfrentado. Con cada paso que daba, recorría sus recuerdos: el día del ferry, el día de la tienda, el día de la playa. Recordó que en todos esos momentos tuvo un deseo ardiente, una idea, un rostro, una voz en la cabeza, no había nada más. 

Llegó al pie de la cama y no comprendía el bulto de carne, enredado en las sábanas, tubos de plástico y cables de colores. Han yacía ahí, y no era la misma persona que estaba en la cabeza de Tae. El color de su piel no era el correcto, el cuerpo no era el correcto, el rostro...no solía tener coágulos de sangre  saliendo por la boca y la nariz. Tae se acercó más; le tocaría el rostro porque no había tenido oportunidad antes. Su mano estaba a dos centímetros y fue como chocar con una vitrina, algo lo detuvo. Sintió los últimos atisbos de calor corporal de Han. No había sentido eso en años, el calor que emite otra persona cuando está demasiado cerca. Fue demasiado extraño, no reconocía esa sensación, ese calor, no sabía qué hacer con eso. Recogió el brazo por completo y en un segundo se dio cuenta de lo que estaba pasando. Han se había ido, víctima número n de un virus que no existe, que es un invento del gobierno, que es un arma biológica, que es una campaña publicitaria para las grandes farmacéuticas. 

Cayó de rodillas a un costado de la cama y se aferró a las sábanas que tenían una sensación húmeda, fría, sucia. Por segundos u horas, Tae se preguntó cuanto tardaría el virus en matarlo a él, después de sostener con sus manos desnudas esas sábanas sucias. No sería lo suficientemente rápido. Pero Han ya no estaba. Hacía un buen rato que el personal médico lo había colocado en una bolsa negra, con un triángulo rojo, símbolo de amenaza biológica. 

Tae salió de la habitación y no se dirigió a la salida, comenzó a buscar otros pacientes, en otras habitaciones. Entró en más de una, se acercó a los enfermos, les tocó las manos, el rostro, las sábanas sucias. Para Tae, ahora era cuestión de cantidad; mientras más pacientes enfermos tocara, el virus lo tomaría más rápido. Se quitó el cubrebocas y lo arrojó sin mayor atención al suelo. Tenía la idea de comenzar a sentir los síntomas en segundos. Por momentos creía tenerlos y le provocaba un entusiasmo enfermizo. Se dispuso a salir del hospital pero por la zona más concurrida, no podía desaprovechar la oportunidad del contagio seguro. Aquel autómata que trabajaba por sobrevivir, que se transformó en un maniquí con sentimientos humanos, ahora era el muñeco de trapo que arrastra el agua de la coladera. 

Tae no salió de su cuarto rentado por días. No comió nada, no bebió agua. Estaba llegando ese momento que tanto anhelaba al inicio del fin de sus días. En ningún momento presentó síntomas del virus, pero no sintió nada más, tampoco hambre, ni sed. No podía borrar de su mente esa imagen lastimera y casi ridícula de Han, de aquel maltrecho humano que antes era la evidencia de algo divino en la tierra. Cada que cerraba los ojos, esperanzado de revivir aquellos momentos que le dieron significado a su vida, se veían opacados por el rostro de Han, reducido y cubierto de sangre. El cansancio se apoderaba de Tae, pero solo se convertía en letargo, pues no estaba dispuesto a dormir y revivir la pesadilla recurrente. Quería morir, se había dispuesto a eso, pero siendo el perdedor que era, nuevamente se había sumido en la desidia de no saber como acelerar ese proceso. Su idea de compartir la forma en que murió Han, se fue haciendo cada vez más pequeña, más ridícula. En las televisión seguían hablando de un virus, de una pandemia, de una catástrofe, de vidas inocentes, de personas que habían perdido la vida, de estadísticas, de prevención... "Identifique los síntomas..." Pero Tae no presentaba ninguno, solo la descomposición de una persona que quiere fundirse con la madera del piso y desaparecer. 

Había pasado casi una semana, los lapsos de pesadilla se hacían más largos. Tae presentía que estaba por lograr su objetivo, incluso pudo escuchar su propio latido haciéndose cada vez más lento. Su vida comenzó a pasar frente a sus ojos, abiertos o cerrados. Chae, su hija, Ji Ah, su esposa, sus rostros, sus voces, sus risas. Han en la playa, de pie frente a él, sin sonreír, sin expresar nada, sin decir una sola palabra, solo ahí con las manos en los bolsillos, el pelo y la ropa ondeando por el viento. Tae quería acercarse, tocarlo, pero daba un paso y parecía hundirse en la arena. Con esfuerzo daba dos pasos, pero Han se alejaba cuatro. Era otra pesadilla. Minutos u horas después, escuchó voces en el pasillo, fuera de su cuarto. Una voz familiar, la de su esposa. Ji Ah pidiendo... no, exigiendo al rentero que abriera la puerta. El rentero emitió una grosería y abrió la puerta. Su esposa, transformada en otra persona por las inclemencias de la vida, se paró frente a él, sin decir nada. 

Ji Ah se inclinó hacia Tae, lo levantó con poco esfuerzo, le dio agua y sacó de su bolso comida, sin decir nada. A los ojos del mundo, Tae fue salvado por su esposa, pero para él comenzaba su verdadera condena. Conforme pasaron los días, recobraba fuerza, su cerebro comenzaba a funcionar de forma eficiente, lo cual significaba estar consciente de que tendría que vivir. Y para Tae, no había cosa más exasperante que seguir en este mundo. Creía que había experimentado la tristeza y la desesperanza con el divorcio. Pero hacía falta que llegara una motivación, de lo más platónica, para que en este punto de su "vida" conociera lo que era realmente la frustración de seguir respirando sin un motivo, sin un objetivo. 

Han pasado cinco años desde entonces. Tae sigue vivo. 

jueves, 10 de noviembre de 2022

Historia sin nombre, Capítulo 3: El balcón

"Asómate a ver si está respirando" la voz de Toñita me sonó muy lejos, como si estuviera fuera de la habitación.
"Sí, sí está" era la voz de Julián, pegada en mi oreja. Abrí los ojos sobresaltada, sentí que lo tenía encima de mí. Me levanté. No había nadie adentro de la habitación, solo yo. Había mucha luz natural, hacía un poco de calor por que el sol ya estaba alto. Creo que dormí muchas horas. Me asomé por la ventana y vi a Julián barriendo las hojas. Luego escuché que tocaron la puerta. Dudé un poco para abrir la puerta. Era Toñita...
"¿No va a comer algo?" Me preguntó. Supongo que era muy tarde y mi grosería de no levantarme a desayunar la molestaba mucho. Abrí la puerta.
"Buenos días" le sonreí apenadamente.
"Ya son tardes" dijo y se me cayó la cara de vergüenza "Creí que no se iba a despertar... lleva dos días encerrada"
"¿Cómo?" No entendía nada. ¿Cómo que dos días encerrada?
"Ya está servido en la cocina" y me dejó ahí parada con muchas preguntas.
Pero no podía salir con la pijama. Busqué otra vez mi ropa, la que había desaparecido hace dos días. En la cómoda de enfrente había una pila de ropa, que no estaba antes. La revisé y no, no era de mi talla. Pero reconocí una blusa de la mamá de Leo. Tomé una muda completa y me la puse con demasiada prisa. Tomé mi bolso que escondí en el baño, temiendo que alguien entrara, y quisiera curiosear sin que me diera cuenta.
Llegué a la cocina y para mi alivio, ahí estaba Leo, leyendo de su celular.
"¿Cómo te sientes? Dormiste bastante" Me preguntó y levantó la vista. Su rostro cálido y amable, sonriente, sin preocupaciones.
"Creo que mejor, no puede ser que haya dormido dos días" Me tapé el rostro con mucha pena.
"No te preocupes, me imagino que es muy agotador pasar por todo eso. Siéntate y come."
Me senté y comencé con el primer plato.
"Sí te quedó la ropa..." mientras lo decía me tocó el hombro como comprobando la integridad de la prenda que seguro le había pedido a Toñita que pusiera en la habitación. Pero no quitó la mano. Sentí que comenzó a bajarla por mi espalda demasiado lento. Lo miré, pero Leo tenía su vista mucho más abajo. Asentí con demasiada fuerza y moví la cintura como si fuera parte del gesto. Quitó su mano, pero la sensación se quedó, los vellos de mi nuca seguían erizados, la sangre me corría muy rápido y mi cabeza se hinchó. Siguió comiendo como si nada hubiera pasado, pero con una sonrisa poco inocente.
"¿Necesitas que te lleve a algún lugar? o sea, te puedes quedar pero te pregunto solo por si pensaste otra cosa" me preguntó con la actitud de casanova que lo caracteriza. Y de pronto recordé todo. Saqué mi celular de la bolsa y tenía dos llamadas perdidas y un mensaje nuevo. No eran de Javier, eran de Carla, la de la inmobiliaria. "Ya me dijo Luz que se las deja igual, con tal de que se ocupe la casa"
"¿Me puedes dejar en la estación del metro Zapata? Claro, si no te distraigo de tus ocupaciones." Le pregunté a Leo.
"No te preocupes, realmente no tengo mucho que hacer estos días." Pero su rostro no cambió.
Al cruzar el portón me estaba dando cuenta de que no podía regresar ahí, mis circunstancias eran ridículas y para redimir mi imagen, tenía que alejarme lo más pronto posible. En el espejo retrovisor alcancé a ver aquel balcón que mis entrañas deseaban visitar desde hace muchos años. Regresé la vista al frente del camino y enfrenté la realidad de los siguientes días. Las avenidas atiborradas de carros, los semáforos insufribles y el olor a coladera me mantuvieron alerta, pero pronto nos acercamos a la estación del metro Zapata, entre camiones y "combis" que te llevan a colonias impensadas. Se estacionó con mucho esfuerzo entre dos carros, y puso el freno de mano. Yo no tenía la intención de entretenerme más tiempo en ese lugar intransitable, pero Leo apagó el carro. Yo tuve que descansar los brazos que ya tenían mi bolsa listo para salir. Me tomó la mano izquierda y entrelazó sus dedos, la pegó a sus labios pero no hizo más. Con la vista todavía al frente, sin soltar mi mano, puso la suya en su muslo. No era una posición cómoda, ni la situación era clara.
"Llámame si necesitas algo, no quiero que te pase nada." Luego me miró con ojos de encanto, como si estuviera viendo a la Venus de Boticelli, posando en su concha. No supe como reaccionar, y me reí casi a carcajadas, con el pretexto de soltar su mano.
"No te preocupes, voy a estar bien." Salí del auto torpemente, se atoró el abrigo en la puerta y tuve que abrirla de nuevo, luego como si quisiera borrar ese accidente, volví a cerrar la puerta de golpe, causando un estruendo. La sangre me subió a la cara por la vergüenza, pero seguí caminando, fingiendo que no me había dado cuenta. El interminable camino al andén me ayudó a pensar, a cuestionar lo que había ocurrido, todo en absoluto. No comprendía porque, después de años de insinuaciones, de oportunidades imperdibles, Leo mostró un repentino ímpetu, como si tuviera el interés de acercarse de una manera más íntima. Definitivamente no soportaba su actitud, luego de que me hubiera ignorado por años, incluso me haya hecho pasar vergüenzas, dejando claro que estaba consciente de mi insistencia, sobre todo que haya permitido que me fuera con Javier, lejos de él. Sentada en el vagón del tren, con mala postura, estorbaba el paso de la gente y me di cuenta porque se subió una señora sin una pierna, con una muleta de madera gastada, sucia y con capas de ropa todavía más sucia. Su olor era insoportable... pero pensé en sus circunstancias. ¿Qué pudo haber pasado para que esa señora estuviera en esa situación, pidiendo dinero, con la esperanza de juntar lo suficiente para comer ese día? ¿Dónde dormía? ¿Por qué no tiene una pierna?
Definitivamente, esa señora estaba en un lugar indeseable, en condiciones inhumanas. Debiste haberte equivocado de manera garrafal, o haber sufrido una tragedia irreparable para estar en ese lugar. 
Fuera de Metro Copilco estaba la oficina de Carla. Todos los recuerdos de la universidad me llenaron el pecho de nostalgia. En los últimos días había vivido tantas cosas que mi cabeza apenas podía soportarlo. 
Me estaba esperando con una copia del contrato original de hace años, pero con fechas diferentes obviamente. La firma pasó de forma tan intrascendente que ya estaba camino a Lomas de Padierna con las llaves en mi bolsa.
Cuando llegué, pasé dos horas recorriendo la casa una y otra vez, revisando que todo siguiera en su sitio, que todos aquellos sin-sentidos siguieran de pie. Pero sentada en el piso de la terraza mal hecha, me tragué mi orgullo y llamé a Javier con el 10% de batería de mi celular. Después de seis timbrazos contestó... escuché su respiración pero ni una palabra. Mi estómago se revolvió con el coraje. Tenía el descaro de hacerme pasar por eso.
"Necesito que pongas mis cosas en cajas y las envíes por paquetería" Le dije con las últimas gotas de entereza que tenía. Y me aseguré de recalcar que no quería verlo trayendo mis cosas, sino que dejara a alguien más que lo hiciera.
"¿A dónde?" Contestó. Miré hacia arriba con el propósito de deshacer el nudo en la garganta. Si algo no debía pasar, era que me escuchara vulnerable y destruída.
"La casa de Cancún" le dije. Y luego se me cayó el estómago a los pies al escuchar sus carcajadas. Las cascadas de lágrimas me invadieron la cara y se me bloqueó el pensamiento.
"Estás bien enferma" dijo entre risas y colgó el teléfono.
Me quedé ahí, pensando en lo que acababa de pasar, sin cuestionarlo, sino comprendiendo lo ridículo de todo y sin querer aceptarlo como me lo hizo ver Javier.
Sin necesidad de tener que regresar a esa casa, tenía toda la intención de demostrar que podría estar bien, sola, sin él. Pero la culpa y la vergüenza me sostenían los tobillos como para caminar a gusto.
Me instalé en la habitación que da hacia la calle, con una colchoneta y una frazada que compré en el supermercado. Me quedé sentada un largo rato pensando en lo que haría al día siguiente... buscar un trabajo, definitivamente, despensa, focos...
Estaba sentada en el piso viendo las hojas de los árboles moviéndose con el viento. Pero me distrajo el ruido de una televisión, pues no recordaba que las paredes fueran tan delgadas. El vecino la tenía demasiado alto; parecía una telenovela de Televisa, lloriqueos y gritos de mujer. Pegué la oreja con la esperanza de reconocer los diálogos. 
"Ya me tienes harto, no puedo contar contigo para nada..." el personaje debía ser un hombre de carácter nefasto. 
"Por favor, discúlpame, no va a pasar así la próxima vez." seguro era otra protagonista patética con complejo de inferioridad...  Pero el diálogo no parecía el típico de una novela mexicana, no había una señal de traición familiar o de una infidelidad. La voz sonaba familiar e intenté recordar las novelas que estaban al aire, pero ninguna cobraba sentido. 
"Si te vas a ir no te vas a llevar nada, si no fuera por mi no tendrías ni la ropa que traes puesta" Supuse que el guión lo había escrito alguien que había vivido de forma mediocre, así como pasa en todas las novelas. 
"Entonces tengo que soportar lo que haces y no decir nada porque tú así eres y no piensas cambiar..." Me provocó tanta incomodidad esa frase que despegué la cabeza de la pared. Era un especie de drama de pareja tercermundista, el tono de los actores ni siquiera sonaba entrenado, era como escuchar a dos personas cualquiera pelear en la calle. 
Intenté dormir por horas, pero en esos momentos me estaba dando cuenta de mi situación, y mi cabeza empezó a recorrer todas las vertientes de realidad que me esperaban al siguiente día. Practiqué los diálogos que tendría con cuanta persona suponía que encontraría. Los practiqué al menos diez veces cada uno, con respuestas diferentes, a mi favor, a su favor, y todas sin conclusión. 
Me despertó el motor de un carro, de esos que hacen escandalosos a propósito. Ya había demasiada luz y bajé a la cocina, aun sabiendo que solo había café frío en un vaso desechable del día anterior. Regresé a la habitación y me puse a ver por la ventana la barda del predio de enfrente... completamente intrascendente, con la hierba crecida en lo que se supone era la banqueta. Se acercó un gato por la maleza, y escuché la voz de una mujer ya grande, llamando al minino. Volteé al final de la calle que estaba hacia arriba pero no vi nada. Regresé a ver al minino y me sorprendió ver a una señora muy mayor, ya con el minino en los brazos. Estaba por quitar la mirada, pero noté algo muy extraño. La señora permaneció al menos un minuto sin moverse. Busqué mi teléfono en el piso para ver la hora, pero no lo vi a la mano y regresé la mirada a la señora y se me heló la sangre. Seguía en la misma posición pero hacia la casa y me veía fijamente. Sentí la misma presión en las sienes de aquel día, las rodillas muy débiles y mis manos casi sueltan el vaso de café. Ya no tenía al gato en los brazos, tenía un montón de trapos, parecían sucios, manchados de lodo. Movió los labios como si estuviera hablando, pero nunca fui buena para eso. No pude entender lo que estaba diciendo, y creí que me lo estaba diciendo a mí. Me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero no pude encontrarle sentido a ese momento. Me di cuenta que no me quería avisar nada, solo estaba articulando como si estuviera hablando frente a mí. De la nada corrió a la puerta de la casa y por instinto di dos pasos hacia atrás.  Me alejé de la ventana y traté de calmarme; Encontré el celular entre los pliegues de la cobija y cuando lo prendí para ver la hora se apagó por completo, al mismo tiempo que escuché que alguien tocaba la puerta que da a la calle de forma muy violenta, casi como si le estuvieran pegando con la parte metalica de un martillo. Me sobresalté y contemplé por unos segundos si bajaría para abrir la puerta. Tardé lo suficiente para que quien estuviera afuera tocara de nuevo incluso más estruendósamente. Bajé con demasiada cautela e imaginé a la señora en un estado histérico, pero no comprendía porque podría estar así. La con la mano en la chapa, se repitió el ruido, pero ahora en mis oídos, lo cual me provocó más bien molestia, abrí de forma violenta como respuesta a esa actitud desesperada. 
No era ninguna señora, era un hombre que parecía un poco mayor que yo, estaba sentado en las jardineras, sosteniendo los mismos trapos que le había visto en los brazos a la mujer. Lo que parecía lodo, estaba seco, era una mancha marrón, pero no logré distinguir que era realmente. 
"Buenos días vecina" Me dijo ese hombre de forma muy pasiva. "¿Llegó ayer verdad?" Preguntó.
No respondí de inmediato, primero intenté ver por detrás de él para saber si venía con alguien, o si veía a la mujer del gato.
"Sí, en la noche" Respondí omitiendo el saludo.
"Ah bien... mire, soy del 160, estoy haciendo limpieza de la casa de mi mamá, y quería ver si le habrán dicho cuando pasa la basura" Comentó como cualquier cosa. 
"Que yo sepa, pasa los martes por la inorgánica y los miércoles por la orgnánica, pero no se si sea igual" Seguía sin entender lo que acababa de pasar, pero igual prefería no darle atención.
"Ah ok... bueno, gracias por el dato, que tenga buen día" Dijo a modo de despedida. Pero a veces mi curiosidad me controla y me hace reaccionar impulsivamente.
"¿Su mamá tiene gatos?" Pregunté, sin saber que esperar de respuesta, nisiquiera sabía si esa mujer y este hombre estaban relacionados de alguna forma. 
"Tenía, uno, pero ya murió desafortunadamente." Respondió con un tono pesado. 
"¿El gato?" Tan inoportuna como la vida me lo ha permitido, le pregunté.
"No, mi mamá" Dijo con una risita, como si nada. "Tenía la costumbre bien rara de sacar a pasear a su gato, y siempre se le escapaba. No entendía que así son los gatos. La última vez que lo sacó a pasear, el gato ya no regresó y salía a gritarle todos los días hasta que ya no pudo caminar. Tenía diabetes y terminó sin una pierna y eso fue lo que la mató, no lograron que las heridas cerraran, se infectó y vinieron muchas complicaciones, ya sabe como es todo eso. Pero bueno, ya esta descansando mi madrecita santa." Parecía un discurso ensayado por la repetición. No quise indagar más de lo que no había querido desde el principio, pero recordé que fui yo la que preguntó.
"Ah, entiendo... bueno que tenga buen día" Le dije, pero el hombre solo levantó la mano con gesto de despedida. 
Regresé a la cocina y repasé todo, lo que vi en la ventana, los ruidos en la puerta, la conversación anticlimática con ese señor que suponía que yo sabía más cosas sobre la colonia a pesar de saber que yo había llegado la noche anterior. 
He intentado adquirir el hábito de no sobrepensar las cosas, pues suelen ser esas alucionaciones las que me castigan más duramente. 
Salí de la casa con la cabeza un poco pesada, viendo la maleza crecida, en busca de más indicaciones de mi sanidad mental, pero no vi nada. 

jueves, 26 de noviembre de 2020

Espejo Roto

Capítulo 1

1 de Noviembre de 2020

Refugiada, como todos los días, en el celular, alejada del pesado ambiente de mi casa, de comentarios hostiles, de pláticas privadas de las que siempre estaba excluida, comenzó algo que cambió mi vida para siempre.

“¿Ya hiciste lo que te pedí?” me preguntó Y, y su voz se hacía cada vez más irritante.

“Ya” respondí sin ganas, con la cabeza en otro lado.

“Te lo pedí desde la semana pasada, si quieres seguir con esa actitud, no lo hagas aquí, ve a hacerlo a otro lado” contestó, y yo no entendía por qué se portó de esa manera, no creí darle motivos suficientes. Había llegado a un punto de mi vida en que creía que estaba pagando algún crimen que no comprendía. Y hacía un tiempo que de manera muy irresponsable había decidido refugiarme en el famoso “happy place” dentro de mi cabeza, siempre era la misma escena, lejos de ahí, en otro tiempo; cada grito sin razón, cada vez que sentía que no tenía un lugar de importancia en ese lugar, en esa casa, que con cada día se convertía en una celda.

De la infinidad de páginas “patito” y artículos de internet que aparecían en mi teléfono, surgió uno que no sonaba tan irrelevante “Solemos pensar en las cosas que deseamos cuando estamos a punto de dormir”. Comprendía por completo ese titular, me pasaba muy a menudo, pero lo mío era diferente. Me imaginaba, incansablemente, cómo hubieran sido las cosas si hubiera decidido diferente en momentos específicos de mi vida. No hablo de decisiones importantes como salir de casa de mis papás, o la carrera que elegí, o haber entrado a trabajar donde solía trabajar... eran momentos tan efímeros que, creo, habrían cambiado el curso de mi vida como la estaba viviendo en ese entonces. Los recuerdos que invadían mi cabeza eran de diez u ocho años atrás, de cuando iba a la universidad, de cuando comenzó una etapa de mi vida muy extraña, como ajena a mí. Podía pasar horas, se me quitaba el sueño y la ansiedad aumentaba con la hora en el reloj; en ocasiones veía salir la luz de la mañana pensando en aquello que pudo ser.

Cada día añoraba la hora en que pudiera estar a solas con mi insomnio, vivía para que los días terminaran.

***

Esa noche prometía ser el final perfecto de uno de los días más odiosos que había tenido últimamente, solo quería perderme en la televisión hasta quedarme dormida. Pero cuando salí a caminar con mi perro, pasó algo que, si hubiera estado en otro estado mental, habría pensado que “el universo conspira a mi favor”, pero no le di la importancia que debía. Una estrella fugaz, la primera que veía en mi vida… ¿Un deseo? Sí, el mismo de siempre ”Quiero ver  a X”, mi mejor amigo de la universidad. Ya estaba tan acostumbrada a desear tanto, tantas cosas, sin ver que nada de eso se cumpliera, que lo dejé ir, pronto abandonó mi cabeza. Luego recordé que ese Octubre iba a estar lleno de fenómenos astronómicos, lluvia de estrellas, lunas de sangre o de maíz… algo así. Entonces la magia desapareció por completo, pues no era que el universo pensara en mí, era que el universo tiene su propio plan y le preocupa poco lo que una persona como yo pueda interpretar de sus movimientos. Sin embargo, el ambiente estaba perturbadamente tranquilo, sin viento, sin ruido, y cuando lo noté sentí la misma presión como si estuviera unos diez metros abajo del agua. Luego mi perro comenzó a jalarme hacia atrás, como si quisiera alejarse de algo o alguien. No vi a nadie, pero en un giro que di, sentí como si hubiera chocado con alguien y cerré los ojos por el impacto.

“¡Perdón!” dije… al aire. No había nadie. Sentí como un escalofrío recorrió mi espalda.

Caminé casi corriendo a la casa con mi perro y me encerré en el cuarto donde dormía. Asomada por la ventana, viendo hacia el parque, me empecé a convencer de que me había confundido por cómo me jaló el perro y que tal vez sí choqué contra un poste.

Iniciando mi rutina de insomnio, y afectada por el fenómeno extraño que acababa de pasar, llegó de golpe a mi memoria, una serie de tardes en las que solía encontrarme con X, para comer, platicar, jugar, criticar a la gente, hacer tonterías. Recordé que esa etapa, sin la certeza de que duraría para siempre, me hacía extremadamente feliz, era una de las razones por las que salía de mi cuarto de renta, un motivo para atravesar avenidas repletas de tráfico y transportes públicos malolientes y peligrosos. También recordé que no hubo una razón exacta para dejar de hacerlo, sino simplemente crecer y aceptar que no duraría siempre, que tenía que regresar a la realidad un día, de que no podía compartir mi vida con X, porque ya había prometido vivirla con Y. Pero me atravesó el pecho una serie de acciones que se repetían casi todos los días. En los silencios inevitables de cada plática, mientras estaba sentada frente a X en los jardines, tomaba trozos de pasto secos, o ramas de los árboles que se caían y se los aventaba a la cara o a la cabeza, y  él sonreía, me veía y comenzaba a hacerlo también, hasta que me tomaba las muñecas y me jalaba hasta que me hacía perder el equilibrio. Yo sin detenerlo por completo, me dejaba llevar hasta donde la culpa me permitía. Nunca supe si su intención era jalarme hasta su rostro para que pudiera besarlo...porque nunca lo hice. Cada día a partir de entonces, me arrepentía de no haberlo hecho y me repetía que, si X hubiera estado incómodo con mis actitudes, con mi personalidad o mi presencia en general, no había nada que lo detuviera a estar ahí, sentado en el pasto frío, en uno de los lugares menos cómodos y más concurridos de la ciudad, entonces era menos soportable el recordarlo. Siempre me convencí de que él también quería estar ahí, que él estaba cayendo de la misma forma que yo lo hacía. Cada día, por las noches, imaginaba otra realidad en la que olvidaba todo lo demás y lo besaba por fin, sobre todo con la esperanza de que apareciera en mis sueños y les diera significado. Pero después de unas dos horas de repasar y repasar esa escena me perdí en sueños aburridos, sin significado, sin X.

Capítulo 2

Cuando abrí los ojos vi, a escasos cincuenta centímetros de mi cara, un montón de ropa apilada sobre un armario improvisado; me  invadió el pecho un olor a tierra húmeda y me lastimó tanta luz. No estaba en mi casa, en la que había habitado por los últimos cuatro años, estaba en otro lugar. Sentí en el cuerpo un escalofrío horrible. Tardé dos minutos en intentar reconocer que ese fuera el lugar donde había dormido, pero nada, no podía recordar cómo llegué ahí, ni siquiera sabía dónde estaba. Me senté con algo de esfuerzo, pero me di cuenta de que ni mis rodillas ni mis muñecas me dolían. Seguía sudando en la nuca, la espalda y la cabeza empezó a punzarme con fuerza. Luego de otros dos minutos me di cuenta de que estaba en el cuarto de renta en el que había vivido diez años atrás. Se me fue el aire, mi cabeza estaba por explotar, tantas cosas se me vinieron a la mente. Supuse por un segundo que yo había hecho algo para llegar ahí... algo como viajar mil kilómetros, conseguir la llave o haber forzado el cerrojo y entrar a dormir ahí. No estaba cansada como  otros días, tenía el corazón a mil por hora; me levanté y fui al otro cuarto donde solía estar mi frigo bar, una parrilla de gas y una mesa armable. Ahí estaba todo eso, y estaba como supongo que siempre estuvo, pues la verdad no recordaba a detalle cómo estaban acomodadas las cosas... pero ahí estaba todo. Me costó trabajo entender, en el caso de que hubiera viajado hasta ahí la noche anterior, cómo recuperé el frigo bar que ya había devuelto a mi tío, o la parrilla de gas que terminé tirando a la basura. No entendía nada, nada tenía sentido.

Corrí a buscar el único objeto que, desafortunadamente, le había dado sentido a mi vida por los últimos años. No encontré mi celular debajo de la almohada, y un recuerdo instantáneo cruzó mi mente: entre la ropa del armario. Ahí estaba el Samsung S9, con un protector de silicón que tenía en el contorno cristales falsos. Lo desbloqueé y solo vi la hora "09:15 am". Busqué en los mensajes, en las llamadas, pero la última llamada había sido de dos días atrás. Enseguida marqué el número de Y pero escuché la grabación de Telcel que me decía que no tenía saldo. Sentí que todo daba vueltas y me empecé a desesperar, y de la nada cruzó por mi mente aquella posibilidad, en la única que no había pensado. Revisé la fecha en el celular "10 de Octubre de 2012". Los músculos de la cara se crisparon instantáneamente porque pensé que algo estaba muy mal. Aquella posibilidad de que hubiera viajado por mi propia voluntad se cayó completamente por la posibilidad de que alguien me hubiera secuestrado o me estuviera jugando una broma muy pesada. Corrí a la puerta, y cuando no pude abrirla, me caí de rodillas. Seguía pensando que alguien más me había encerrado ahí. Cuando recuperé el aliento se me ocurrió buscar las llaves con la vista, y estaban encima del frigo bar. Me sentí tonta por no haberlas buscado antes de intentar abrir la puerta, pero el corazón seguía retumbando en mis oídos. Abrí la puerta con las manos temblando y salí corriendo, sin zapatos, con la piyama, el pelo enredado, mal aliento... recorrí el mismo sendero de piedras por el que solía caminar todos los días. No había cambiado nada. Llegué a la calle principal, por donde pasan los autos, y a la derecha estaba la misma tienda de siempre. Me metí con toda la intención de obtener respuestas, pero eso no ocurrió como solía pasar en las películas. Me quedé parada sin decir nada.

"Uhm..." dije.

"Sí, ¿qué buscas?" contestó la señora de la tienda luego de ver que no me movía.

"¿Sabe qué fecha es?" creí que era la mejor manera de empezar a una plática casual.

"Pues creo que es el 10..." contestó, pues cuando preguntamos por la fecha solo llegamos a confundirnos por la fecha del calendario, siempre estamos seguros del mes en que vivimos y sobre todo del año.

"¿10 de qué? perdón..." pregunté, con el mayor esfuerzo posible de no parecer una maniática.

Fue cuando la señora dio un paso para atrás y puso las manos sobre la mesa, se le fue el color de la cara y la sonrisa.

"...Octubre" dijo.

“Y ¿el año?" pregunté desesperada, mi esfuerzo por no parecer loca se esfumó.

"¿Por qué me preguntas? ¿Estás bien? ¿Te pasó algo?" me preguntó con una expresión entre preocupación y repulsión.

No sabía si estaba bien, no sabía si había pasado algo. La señora me vio los pies descalzos y salió de atrás del mostrador.

"¡¿Qué te pasó?!" dijo  con un grito agudo. Luego yo di un paso hacia atrás pues me espantó su expresión.

"¡Nada!... vivo en uno de los cuartos de aquí atrás." Le mostré las llaves que traía en la mano. "Es que estoy confundida porque mi celular se descompuso y no tengo un calendario, pero necesitaba saber la fecha porque estoy esperando a alguien." Fue la excusa más ridícula que pude pensar, pero las palabras salieron solas. Obviamente no la convencí, pero supongo que ella estaba demasiado incómoda y quería que me fuera rápido.

"10 de Octubre de 2012... ¿Segura que estás bien?" Tardó unos diez segundos más en contestar. No, no estaba bien. Sentí como todos los músculos de la cara y las piernas se crisparon y se me fue el aire. Fruncí la boca e intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.

"Sí... gracias. Faltan unos días entonces." Y me salió una risita tonta. Me salí de la tienda y caminé intentando no mirar para atrás, pues era obvio que la señora salió de la tienda para ver a donde iba.

De regreso al cuarto sentí las piedras afiladas en las plantas de los pies y pude levantar la mirada para ver alrededor. No tenía sentido... no era posible que haya viajado al pasado. Me empezó a punzar la cabeza de dolor, no podía procesar el hecho de que estuviera en ese lugar, en ese momento. Entré a mi cuarto, cerré con llave nuevamente, me senté en la cama y me puse a pensar... horas.

Cuando repasé todas las posibles explicaciones, cada una más ridícula que la otra, me fui al otro lado de la teoría... supuse que los ocho años que había vivido lejos de ese lugar, de esas personas, los había imaginado, que no habían sido reales, que tal vez estuvieron en un sueño demasiado largo. Creí que era lo más lógico, pues no son posibles los viajes en el tiempo... La cuestión es que estaba ahí, con dolor de cabeza, dolor de espalda por estar sentada y luego acostada y luego sentada otra vez... no había comido nada, pero no le había puesto atención a eso. De nuevo vi mi celular y comencé a revisar mis mensajes de texto, mis mensajes de Facebook, de Skype y poco a poco se empezó a construir la realidad en la que ahora estaba.

Vi los mensajes cortantes de Y, una llamada de Skype  con Y de quince minutos de la semana anterior... pero también vi los mensajes de X y comencé a recorrerlos hacia atrás. Vi su forma de escribir y la mía, vi en mi celular los mensajes de "¿Dónde estás?", "Voy para allá", "Llego en cinco minutos"... fue entonces cuando el corazón se aceleró de nuevo pero ahora con nerviosismo. ¿Sería posible que me estuviera enfrentando a la posibilidad de concretar lo que había deseado tanto en la noche anterior, de librarme de la realidad de la que pensé que ya no podría escapar?

Me levanté con un brinco, busqué mi ropa, busqué mi bolsa, busqué dinero y dejé todo en mi cuarto para poder salir. Me había hecho a la idea de ir a verlo... a X, a buscar mi oportunidad. Lo único malo es que no recordaba nada de cómo habían pasado las cosas ese día en específico... yo estaba suponiendo que tenía que hacer tal o cual cosa, pero definitivamente no sabía si eran los pasos correctos, aquellos que me abrirían el camino para lograr mi objetivo. Llegué a la tienda y me compré unas galletas y un refresco. La señora de la tienda me vio y no dijo nada... literalmente. Salí y fui a la avenida para enfrentarme a otro problema. No recordaba cómo llegar a aquel lugar, qué camión debía tomar... me quedé otro rato viendo qué camiones pasaban y se me fue aclarando la cabeza.

Tardé unas dos  horas en llegar a donde quería llegar, intentando recordar algo de aquel momento, para saber a dónde ir específicamente, pero nada. Seguía suponiendo que estaba viviendo un caso de viaje en el tiempo en el que era de extrema importancia recorrer los mismos pasos que había seguido entonces, salvo el riesgo de modificar el futuro y verme envuelta en una paradoja sin salida. Pero los personajes en las películas hacían eso con la única esperanza de regresar a su presente con el menor daño posible y algo que tenía bien claro, es que si no sabía cómo había llegado ahí, a ese punto de la historia, menos sabría cómo regresar a mi "presente"... presente que ya no existía, que se había borrado, que se había esfumado. Seguía sin recordar cómo comenzaban esos días, o siquiera cómo terminaban, y fue que tomé la decisión de ignorar por un momento aquello que suponía y comencé a tomar las decisiones de ese día con un poco más de carácter. Llegué al edificio principal de aquel lugar, me senté en una jardinera y saqué el teléfono celular. Mandé un mensaje: "¡Hola X! ¿Estás ocupado?" No obtuve respuesta inmediata, obviamente. Mientras esperaba recorrí los mensajes anteriores, muy similares... descubrí que era yo quien iniciaba las conversaciones, yo era la primera en preguntar. Me sentí un poco avergonzada al recordar eso, mi insistencia, mi necesidad de estar con X, de verlo, de hablarle, de escucharlo... y supuse que debía sentir mucha culpa si fuera una persona de veintitantos con una relación a distancia que se hacía pedazos, pero definitivamente algo había pasado, incluso si aquella  vida imaginaria que me había llevado hasta los treinta y dos estaba solo en mi cabeza, me estaba ayudando a ver las cosas con otra perspectiva. No me importó que en ese entonces lo hubiera hecho, no me importó hacerlo de nuevo ese día, porque creo que no hay nada de malo en demostrar necesidad, que es diferente a la dependencia, algo que sí  me había marcado mientras vivía con Y. Quince minutos después vibró el teléfono, era su respuesta "Perdón es que estaba en clase, ya salí ¿tú dónde estás?" Sentía el corazón en la garganta, me puse extremadamente feliz, en primer lugar por su respuesta y luego por la pregunta al final del mensaje. No era solo yo quien esperaba que las cosas pasaran, nunca las forcé, no obligaba a X a estar en un lugar donde no quería estar. X siempre me preguntaba también si estaba libre, si había comido, si tenía clase, dónde estaba... Respondí su mensaje y le pedí comer juntos. Nos encontramos en el lugar de siempre, frente a uno de los negocios del área deportiva. Llegué casi corriendo, con las manos temblando, la boca seca... Lo vi, justo como lo recordaba, alto, con el pelo desarreglado, ropa desarreglada, la misma cara que me perseguía en la memoria, los mismos gestos y su sonrisa cuando me vio. Quería correr, abrazarlo, no soltarlo... pero no hacía eso antes, y pensé que eso le molestaría. Escuchar su voz, después de tanto tiempo fue mágico, toda la escena me estaba superando y no quería arruinarlo. Intenté no expresar demasiado. Nos saludamos con un beso en la mejilla y su fragancia me llenó el pecho. Me costaba trabajo mantener la compostura, quería gritar, llorar, gritar otra vez...

"¡Hola!... ¿cómo estás?" dijo y yo ya sentía el corazón en la garganta.

"Bien y ¿tú?" dije con esfuerzo.

"Bien, también... ¿qué vas a comer?" dijo de una forma desinteresada.

"Una ensalada con pollo y un agua de naranja con fresa" recordé que esa era mi comida favorita en ese lugar.

Pedimos la comida, nos sentamos en unas bancas de cemento y comenzamos a platicar del día y me recordó ciertas circunstancias que me habían llevado a un abismo, a una época muy oscura para mí. No había pensado que esos días, mi necesidad por estar con X no había surgido de la nada.

"¿Cómo ha estado todo con los papás de Y? ¿Qué hicieron ahora?" preguntó con una sonrisita burlona.

Recordé todo aquello que había pasado, los malos ratos, las críticas, los comentarios pasivo-agresivos, las veces que revisaron mi celular sin mi consentimiento, las veces que me preguntaron por tal o cual persona... Hablaba con X de todo eso, de mi desesperación por salir de esa situación y de no tener la fuerza para hacerlo.

"Nada, por ahora..." Aunque tal vez sí haya pasado algo, no sabía si el día anterior había recibido algún comentario sobre mi peso, o sobre mis horarios, o sobre mis hábitos de higiene. En ese momento no quería saber de otra cosa más que de X.

Terminamos de comer y me invadieron los nervios, se acercaba el momento que yo suponía tenía que pasar. Comenzamos a caminar al jardín principal del campus, pero era una distancia muy larga, sentí que debía decirle algo, todo el tiempo creía que X correría hacia la dirección opuesta, que me  dejaría porque se aburría. Pero su expresión era tranquila, no parecía tener prisa, o que algo externo podía afectar ese momento. Eran esas cosas las que me hacían pensar que algo podría pasar, que no estaba tan equivocada, que X quería esto tanto como yo. Llegamos al mismo pedazo de pasto de siempre, había hojas secas en todos lados, ramas secas...

Nos sentamos, ambos con las piernas cruzadas, uno en frente del otro. Iba a pasar, estaba segura... pero esperé unos cinco minutos, y no me atrevía a hacer el primer movimiento si no veía una señal mínima de su parte. Recordé lo que había pasado esa misma mañana, y seguía suponiendo que las cosas tenían que repetirse de algún modo, pero no estaba pasando nada como lo había hecho antes. Intenté inclinarme hacia él una vez, evitar el juego de las hojas de pasto secas, pero no tenía una complexión muy atlética en ese momento, sabía que me vería torpe y no lo lograría, llegar hasta su rostro con gracia, seguramente me iría de lado y me caería de cara. Cuando hice ese movimiento un poco brusco, X me vio con un poco de sorpresa y tomó su mochila para intentar incorporarse también. Sentí pánico, creo que pensó que ya nos iríamos, entonces actué un poco más rápido. Acomodé mis piernas de modo que quedara arrodillada, puse mis manos sobre el piso y me incliné de lleno a su cara. No se movió, se quedó ahí con las manos en la mochila y los ojos bien abiertos. Lo hice. Lo besé. Eliminé el mundo por un segundo, nada más existía. El toque fue mágico, el calor, la textura, la forma, todo fue perfecto... mi imaginación me había hecho vivir ese momento sin el elemento físico y no se compara en nada con aquella revolución que estaba viviendo en mis entrañas y en mi cabeza. ¿Mariposas? Más bien el oleaje salvaje de una playa virgen. Creí que estaba llegando a un límite de sensación desconocido, cuando sentí sus manos, frías y húmedas en mis mejillas, pasando sus dedos por mi cabello, por mis orejas. Sonreí. No pude evitarlo, y sentí que él también estaba sonriendo, pero no me detuve. Comencé a escuchar el mundo de nuevo, ambos comenzamos a tener más conciencia en los movimientos... pero sabía que tenía que acabar. Paré. Me separé de su rostro pero no me atreví a verlo a la cara, incliné la cabeza hacia abajo y me recargué sobre su pecho, un poco incómoda por la posición. X movió sus brazos para ponerlos sobre mis hombros. Me moví hacia atrás y me senté sobre mis talones. Levanté la vista, con la cara encendida de rojo. Me cubrí la cara y poco a poco baje las manos para descubrir mis ojos. Lo vi, igual de rojo, pero soltó una carcajada, y también se agachó para cubrirse el rostro. No sabía que estaba pensando, me quedé ahí sin hacer nada, nos quedamos así sin movernos. No podía dejar de verlo y empecé a notar que su expresión estaba cambiando. Se puso sombrío y yo ya sospechaba lo que iba a decir. Lanzó un pedazo de hoja seca, con más violencia de lo que esperaba, me vio a la cara...

"Sabes que no podemos hacer esto, ¿verdad?"

***

Se me fue el estómago a los pies, me acomodé para sentarme con las piernas cruzadas y me preparé para hablar... ya lo había pensado obviamente, sabía que estaba mal que lo hiciera, que tuviéramos ese contacto. Asentí con la cabeza.

Se acomodó para levantarse y le tomé el brazo, y cuando menos me di cuenta las palabras salieron de golpe...

"Ya sé que no debemos, porque estamos lastimando a otras personas, pero... si solo aquello que nos ha detenido es algo externo a nosotros, nunca vamos a lograr lo que queremos, o estar en el lugar donde deseamos estar, o estar al lado de la persona con la que queremos  estar. No puedo seguir dando pasos sobre el filo de una navaja, me he sentido atrapada en un lugar que no me permite respirar, pero cuando estoy contigo, hablando, riendo, siento que eso desaparece... No eres mi escape, eres el lugar que necesito, el que me da razón..." ¿Por qué salió tan natural? Había practicado ese discurso en mi mente, por ocho años. "Me gustas, mucho... me gusta hablar contigo, verte, escucharte, me gusta que me escuches, aunque solo me queje, aunque solo lloriquee."

"Pero... no solo existimos nosotros, no es solo Y o Z, son todos, no creo que nadie lo entienda tan bien como tú..." comenzó a decir con cierta elocuencia.

"¿Te gusto? ¿Quisieras estar conmigo?" le pregunté muy violentamente, con la voz temblando, con lágrimas de coraje en la garganta.

"Me has gustado desde el primer día, por ocho años, pero he intentado superarte, porque no puedo traicionar a Y." dijo, con un atisbo de dolor en sus palabras que no pude evitar notar.

En ese momento era yo quien quería salir corriendo. No podía entender que no sucedieran las cosas como yo quería, quería que fuera como en las películas, en donde cambias una cosa del pasado y enseguida se corrige todo, y comienzas a vivir tu historia de fantasía.

X se levantó, se sacudió el pasto seco, se acomodó la mochila y le dijo al suelo frente a mí.

"Ya me voy... nos vemos luego."