Vi su rostro a través del parabrisas, sonreí y me dolió la mandíbula.
Seguía muy tensa por toda la situación. Él no sonrió... Sus llantas derraparon
y se incorporó al segundo carril, sin precaución, como si estuviera huyendo. Me
sentí muy ofendida por esa actitud, como cualquier persona egoísta que no
tolera que otros se puedan sentir peor. Me costó un poco asimilar que pudo haber
hecho eso por la misma razón que ya sabía. Independientemente de que Leo
apreciara o no haberme visto esa tarde, yo fui nefasta y ya no podía cambiar lo
que hice. Caminé con una nueva perspectiva, pues después de todo me di cuenta
de que el mundo no está para consolarme cuando agonice.
Estaba en Periférico y
Calzada a Desierto de los Leones, lejos de cualquier lugar, inalcanzable a
cualquier opción de escape. Tomé mi celular para investigar cómo salir de ahí.
20:35 hrs "1 Mensaje Nuevo: Banamex tiene para tí un crédito pre-aprobado
por $35,000 pesos, comunícate al número que aparece en tu tarjeta para obtener
este beneficio". Me hice consciente de otra cosa. Habían pasado al menos
unas seis horas desde aquel momento fatal y Javier no había intentado llamarme,
tampoco tenía mensajes. Sentí como otras trece piedras cayeron en mi estómago
por esa cuestión. Aquello no me gustaba, porque el orden normal de las cosas
demanda que te busque quien te ha lastimado, para disculparse o para lastimarte
más. Pero no había nada.
No se cómo llegué al metro Zapata, pero estaba yendo en dirección a
Universidad. Sabía que llegando ahí tenía que tomar otro autobús, pero mi
cerebro no me dejaba saber a dónde iba finalmente. Me estaba moviendo por
instinto, como lo hacen los animales para regresar a su guarida. Al final del
vagón, una chica se maquillaba con tanta prisa que su cuchara cayó al suelo, y
el ruido me llevó a la fiesta de hace dos meses. Javier y yo asistimos a una
reunión con sus compañeros de la empresa en la casa de su jefe, refrescos en
vasos desechables, frituras, "Los éxitos del rock en tu idioma" y
Susana con su novio. En la mesa, durante la cena, Susana se sentó a la derecha
de Javier y cuando sirvieron el postre, la cuchara de Susana cayó al suelo, por
lo que Javier se apresuró a levantarla. Como si fuera una película mexicana
barata, al incorporarse se miraron a los ojos, con complicidad y Susana puso su
mano sobre la pierna de Javier, sonriendo. Para mí, entonces, era solo
amabilidad y camaradería, pues eran compañeros de trabajo. Me alegraba que
Javier pudiera sentirse en confianza con alguien, luego de haber dejado a sus
amigos de la infancia porque "no tienen el mismo nivel intelectual que
tenemos ahora". No creo que aquella escena haya sido un indicio de lo que
se escondía detrás. Era una muestra clara de lo que estaba pasando sin
necesidad de esconder; Javier veía motivación en otras cosas, podía ser amable
con la gente, pero no cualquiera, con alguien en específico, y esa persona ya
no era yo.
Alcancé a ver por la ventana del autobús la pastelería "El
Elefante" de la Carretera Picacho-Ajusco y sabía que debía bajar en la
siguiente calle. Bajé del autobús y mi vida tres años atrás regresó, y me
oprimió el pecho, pero no con fuerza, era como un abrazo, esos que reconfortan.
Ya sabía dónde estaba. Caminé seis calles cuesta arriba y giré a la izquierda.
Ahí estaba la casa, imponente, inquebrantable, como la dejamos, con el mismo
letrero de "Se Renta" lleno de lodo y oxidado de las orillas. Al parecer
habíamos sido los únicos valientes que la rentaron luego de que sus dueños
originales la abandonaran. No es una casa bonita, ni siquiera está bien
construida; cuatro plantas mal distribuidas, habitaciones con balcones
innecesarios, una terraza muy precaria, dos patios, lavabos y coladeras donde
no deberían haber... a pesar de estar en una zona muy poblada, su oscuridad
parecía absorber cualquier sentimiento, bueno o malo. Entrar en esa casa era
como dormir en un ataúd vacío; por perturbador que suene, es tranquilizador el
sentimiento. El letrero tenía el mismo número de la agente que nos la rentó
aquella vez. Y cuando miré mi teléfono ya estaba llamándola. Me lo llevé al
oído y contestó al tercer timbrazo.
"Bueno" Contestó.
"¿Carla? habla Chris, te rentamos hace cuatro años la casa de
Cancún en Lomas de Padierna, y veo que la siguen rentando..." Mi voz
temblaba un poco, sabía que estaba haciendo algo de lo que tal vez me iba a
arrepentir.
"¡Hola Chris! ¿Qué milagro? Sí, todavía no se renta desde que se
fueron ¿Qué le hicieron eh? JAJAJA No, no te creas... Pero ¿Qué pasó? ¿En qué
te puedo ayudar?" Su voz estruendosa me distrajo de todo lo demás y pude
pensar claro.
"Un amigo está buscando un lugar por acá y pues anda buscando buen
precio ¿La renta sigue igual?"
"Ay Chris, sabes que esa siempre sube, pero déjame hablar con la
seño' Luz y te aviso ¿sale?"
"Gracias Carla, me harías un buen paro... bueno a mi amigo."
Aquello se estaba construyendo poco a poco y me estaba regresando a una
realidad de la que estuve escapando horas antes.
Luego de colgar me quedé otros veinte minutos contemplando aquel zaguán
rojo terracota, iluminado con las lámparas ambarinas de la calle y recordé que
es imposible irrumpir en esa casa si no tengo las llaves. No tenía donde
quedarme, había jugado con mi ingenio, pero no para salir de mi problema
primordial, me había enlodado hasta las rodillas con uno nuevo. Había perdido
unas dos horas llegando ahí, donde no tenía ninguna ayuda cerca y con poco
dinero en efectivo. La pantalla de mi celular se encendió y antes de verlo
apareció en mi mente el mensaje del banco. El lodo imaginario en donde estaba
metida se sintió fresco y cómodo... ya sabía cómo resolver mi huida dramática.
Pero en el teléfono había un mensaje del destino. "1 Mensaje Nuevo.
Leonardo Arriaga: avísame si necesitas algo..."
Y sin saber cómo, ya lo estaba llamando.
"Chris..."
Todas las lágrimas que no salieron en el día, todo el llanto reprimido
surgió como una explosión al escuchar su voz. No podía controlarlo, me alejé el
teléfono de la boca para evitar la vergüenza, pero no podía parar. Me senté en
la jardinera y me llevé las manos a la cara y los espasmos me provocaron dolor
en el estómago. El llanto no paraba, sentía las lágrimas en mi cara como
cascadas, me sentí de ocho años haciendo berrinche, sin poder controlar mi
respiración.
"Chris, dime dónde estás, voy por tí." No creí que Leo
siguiera en el teléfono.
Mínimamente más tranquila le dije entre espasmos: "En...
la...ca...sa... de... Cancún...afuera"
"Voy para allá" Dijo sin más y colgó.
El llanto regresó, ya ni siquiera sabía si esas lágrimas eran por el
apocalipsis del día o si mi cabeza se estaba liberando de la presión como olla
de cocina. El dolor que antes me tenía encorvada se fue disipando. Ya no sentía
una estaca entre los omóplatos ni dagas en las rodillas.
Pude ver las luces del Fiesta en la avenida. Leo giró en la esquina y me
levanté tan rápido que tambaleé y me agarré del pino. Leo pensó que algo peor
pasaba y salió del carro corriendo y me tomó de los brazos, pero yo di un paso
y lo abracé por el cuello, sin decir nada. Me llevó al asiento del pasajero y
comenzó el camino de vuelta a casa de sus padres. No dijo nada, no me miró
inquisitivamente, solo condujo. Miré su rostro en varias ocasiones, con mayor tranquilidad
que la vez anterior. Las rejas se abrieron automáticamente y cruzamos el jardín
con árboles frutales, mientras los aspersores regaban el pasto. Al fondo la
inmensa casa, con balcones bien hechos, pocas luces encendidas. Llegamos al
garage y me quité el cinturón de seguridad. Salí del auto y esperé a que me
guiara. Entramos por la puerta de la cocina y luego fuimos hacia la estancia,
pero no subimos las escaleras... me llevó del otro lado de la casa hacia la
habitación de invitados...obviamente.
"Pásate... si quieres date un baño y ahorita comemos algo"
Dijo y cerró la puerta trás él. Aunque yo estaba sintiéndome un poco ridícula
porque me estaba tratando como enferma, no tenía como frenar eso, así que lo
hice. Me quité la ropa, los zapatos y el brazalete que me había regalado Javier
por mi cumpleaños.
Pasé cuarenta minutos en la regadera sin moverme, el agua salió caliente
y luego fría, así unas cinco veces. Salí y no vi la ropa, pero en la cama había
un juego de pijamas limpias y pantuflas a juego. Regresé a la cocina y antes de
abrir la puerta abatible escuché a medias "...eso me lo contó la vecina del 174", pero apenas abrí, Toñita su cocinera, cerró la boca como si se
la hubieran sellado con cera. Ahí estaba Leo, mirando hacia abajo.
"Buenas noches" Saludé como niña de pueblo. Pero Toñita me vio
muy raro y no la culpo. Soy una intrusa, que está usando la pijama de su patrona. No dejaba de verme, mientras caminaba hacia la barra desayunadora.
Estaba servido un plato de comida recalentada. "Gracias Toñita" le
dije por al plato de comida. Pero no dijo nada mientras estaba de espaldas
lavando platos imaginarios. "Gracias por rescatarme Leo..." y como si
hubiera dicho una maldición, Toñita soltó un vaso en el fregadero y sonó muy
fuerte, agarró un trapo y salió de la cocina como si se estuviera incendiando.
Me sentí fatal, me estaba llenando de culpa y como una llave que tiene fuga,
solté una lágrima por mi desgraciada existencia patética.
"No le hagas caso..." Me dijo Leo.
Cuando una situación llega a ese punto hay que entender que no se puede
entender lo que pasa. Pueden ser mil cosas diferentes, pero cuando te piden que
ignores algo, definitivamente es lo mejor que se puede hacer, por el bien de
todos.
"Cuéntame qué paso por favor." Lejos de ser comprensiva su
petición, la sentí como una orden, pero en esas circunstancias me estaba
sintiendo obligada a hacerlo, y al mismo tiempo me aliviaba poder hablarlo al
fin.
Recorrí los últimos cuatro meses de mi vida, y Leo solo veía su plato,
cenaba con toda la tranquilidad del mundo. No dijo nada. Hasta que llegué al
inicio de aquel día, cuando mi mejor amiga me citó para platicar. Dejó de beber
agua de limón y puso el vaso en la barra. Se quedó mirando la pared y me pausé
creyendo que tenía algo que decir, pero regresó a jugar con su tenedor en el
plato. Seguí contando lo que pasó hasta el momento en el que estaba cenando en
su cocina.
"¿Te vas a quedar en la casa de Cancún entonces?" Preguntó.
"Sí, ya lo tengo resuelto." Contesté.
"Bien, aquí te puedes quedar todo el tiempo que necesites."
Dijo.
"Gracias." Respondí de mala gana con el orgullo de no querer
vivir de la caridad, no de Leo, porque si alguna vez hubiera querido dormir en
esa casa, definitivamente no quería que fuera de esa forma. Además parecía no
tener ningún comentario de lo que acababa de contarle, casi como si no hubiera
dicho nada.
"Todas las puertas de la casa están abiertas, no te sientas mal de
quedarte aquí, me alegraría que te sientas segura, así que estás en tu casa. Te
dejo porque mañana salgo temprano." Salió de la cocina antes de que
pudiera comprender cada palabra de lo que acababa de decir. Me quedé sola y dos
segundos después me levanté creyendo que Toñita iba a regresar. Me acercé al
fregadero y en el fondo no vi el vaso que se le había resbalado, solo vi un
cerillo usado. Me pareció muy extraño pero intenté ignorarlo. Lavé los trastes
que habíamos usado Leo y yo... si Toñita no quería que estuviera ahí, no le
pediría que limpiara mi desastre.
Llegué a
la habitación de visitas y me puse a hurgar en cada rincón. Parecía niña en
Disneylandia...supongo. Abrí cajones, miré debajo de la cama, atrás de los
muebles, atrás de los cuadros, encendí la televisión y luego miré por la
ventana que daba al jardín trasero, con lámparas solares alrededor de una
fuente apagada, además del cuarto de servicio, donde se quedan Toñita y Julián,
el jardinero. Se podían ver tres veladoras prendidas y supuse que las acababa
de prender por toda la luz que producían. Miré un poco más atentamente y en una
orilla la cortina estaba doblada... enfoqué la mirada un poco más por la
oscuridad alrededor y vi la mitad del rostro de Toñita, pero en cuanto mi
mirada encontró la suya, jaló la cortina de golpe para cerrarla.
El cansancio me invadió inmediatamente, acomodé la cama, apagué el
televisor, apagué las luces y me acosté...luego vi la puerta y recordé lo que
dijo Leo durante la cena, así que me levanté y puse el seguro de la
puerta.