sábado, 5 de octubre de 2019

Historia sin nombre. Capítulo 2: Crédito


Vi su rostro a través del parabrisas, sonreí y me dolió la mandíbula. Seguía muy tensa por toda la situación. Él no sonrió... Sus llantas derraparon y se incorporó al segundo carril, sin precaución, como si estuviera huyendo. Me sentí muy ofendida por esa actitud, como cualquier persona egoísta que no tolera que otros se puedan sentir peor. Me costó un poco asimilar que pudo haber hecho eso por la misma razón  que ya sabía. Independientemente de que Leo apreciara o no haberme visto esa tarde, yo fui nefasta y ya no podía cambiar lo que hice. Caminé con una nueva perspectiva, pues después de todo me di cuenta de que el mundo no está para consolarme cuando agonice. 
Estaba en Periférico y Calzada a Desierto de los Leones, lejos de cualquier lugar, inalcanzable a cualquier opción de escape. Tomé mi celular para investigar cómo salir de ahí. 20:35 hrs "1 Mensaje Nuevo: Banamex tiene para tí un crédito pre-aprobado por $35,000 pesos, comunícate al número que aparece en tu tarjeta para obtener este beneficio". Me hice consciente de otra cosa. Habían pasado al menos unas seis horas desde aquel momento fatal y Javier no había intentado llamarme, tampoco tenía mensajes. Sentí como otras trece piedras cayeron en mi estómago por esa cuestión. Aquello no me gustaba, porque el orden normal de las cosas demanda que te busque quien te ha lastimado, para disculparse o para lastimarte más. Pero no había nada. 
No se cómo llegué al metro Zapata, pero estaba yendo en dirección a Universidad. Sabía que llegando ahí tenía que tomar otro autobús, pero mi cerebro no me dejaba saber a dónde iba finalmente. Me estaba moviendo por instinto, como lo hacen los animales para regresar a su guarida. Al final del vagón, una chica se maquillaba con tanta prisa que su cuchara cayó al suelo, y el ruido me llevó a la fiesta de hace dos meses. Javier y yo asistimos a una reunión con sus compañeros de la empresa en la casa de su jefe, refrescos en vasos desechables, frituras, "Los éxitos del rock en tu idioma" y Susana con su novio. En la mesa, durante la cena, Susana se sentó a la derecha de Javier y cuando sirvieron el postre, la cuchara de Susana cayó al suelo, por lo que Javier se apresuró a levantarla. Como si fuera una película mexicana barata, al incorporarse se miraron a los ojos, con complicidad y Susana puso su mano sobre la pierna de Javier, sonriendo. Para mí, entonces, era solo amabilidad y camaradería, pues eran compañeros de trabajo. Me alegraba que Javier pudiera sentirse en confianza con alguien, luego de haber dejado a sus amigos de la infancia porque "no tienen el mismo nivel intelectual que tenemos ahora". No creo que aquella escena haya sido un indicio de lo que se escondía detrás. Era una muestra clara de lo que estaba pasando sin necesidad de esconder; Javier veía motivación en otras cosas, podía ser amable con la gente, pero no cualquiera, con alguien en específico, y esa persona ya no era yo. 
Alcancé a ver por la ventana del autobús la pastelería "El Elefante" de la Carretera Picacho-Ajusco y sabía que debía bajar en la siguiente calle. Bajé del autobús y mi vida tres años atrás regresó, y me oprimió el pecho, pero no con fuerza, era como un abrazo, esos que reconfortan. Ya sabía dónde estaba. Caminé seis calles cuesta arriba y giré a la izquierda. Ahí estaba la casa, imponente, inquebrantable, como la dejamos, con el mismo letrero de "Se Renta" lleno de lodo y oxidado de las orillas. Al parecer habíamos sido los únicos valientes que la rentaron luego de que sus dueños originales la abandonaran. No es una casa bonita, ni siquiera está bien construida; cuatro plantas mal distribuidas, habitaciones con balcones innecesarios, una terraza muy precaria, dos patios, lavabos y coladeras donde no deberían haber... a pesar de estar en una zona muy poblada, su oscuridad parecía absorber cualquier sentimiento, bueno o malo. Entrar en esa casa era como dormir en un ataúd vacío; por perturbador que suene, es tranquilizador el sentimiento. El letrero tenía el mismo número de la agente que nos la rentó aquella vez. Y cuando miré mi teléfono ya estaba llamándola. Me lo llevé al oído y contestó al tercer timbrazo.
"Bueno" Contestó.
"¿Carla? habla Chris, te rentamos hace cuatro años la casa de Cancún en Lomas de Padierna,  y veo que la siguen rentando..." Mi voz temblaba un poco, sabía que estaba haciendo algo de lo que tal vez me iba a arrepentir.
"¡Hola Chris! ¿Qué milagro? Sí, todavía no se renta desde que se fueron ¿Qué le hicieron eh? JAJAJA No, no te creas... Pero ¿Qué pasó? ¿En qué te puedo ayudar?" Su voz estruendosa me distrajo de todo lo demás y pude pensar claro.
"Un amigo está buscando un lugar por acá y pues anda buscando buen precio ¿La renta sigue igual?"
"Ay Chris, sabes que esa siempre sube, pero déjame hablar con la seño' Luz y te aviso ¿sale?"
"Gracias Carla, me harías un buen paro... bueno a mi amigo." Aquello se estaba construyendo poco a poco y me estaba regresando a una realidad de la que estuve escapando horas antes. 
Luego de colgar me quedé otros veinte minutos contemplando aquel zaguán rojo terracota, iluminado con las lámparas ambarinas de la calle y recordé que es imposible irrumpir en esa casa si no tengo las llaves. No tenía donde quedarme, había jugado con mi ingenio, pero no para salir de mi problema primordial, me había enlodado hasta las rodillas con uno nuevo. Había perdido unas dos horas llegando ahí, donde no tenía ninguna ayuda cerca y con poco dinero en efectivo. La pantalla de mi celular se encendió y antes de verlo apareció en mi mente el mensaje del banco. El lodo imaginario en donde estaba metida se sintió fresco y cómodo... ya sabía cómo resolver mi huida dramática. Pero en el teléfono había un mensaje del destino. "1 Mensaje Nuevo. Leonardo Arriaga: avísame si necesitas algo..." 
Y sin saber cómo, ya lo estaba llamando.
"Chris..."
Todas las lágrimas que no salieron en el día, todo el llanto reprimido surgió como una explosión al escuchar su voz. No podía controlarlo, me alejé el teléfono de la boca para evitar la vergüenza, pero no podía parar. Me senté en la jardinera y me llevé las manos a la cara y los espasmos me provocaron dolor en el estómago. El llanto no paraba, sentía las lágrimas en mi cara como cascadas, me sentí de ocho años haciendo berrinche, sin poder controlar mi respiración. 
"Chris, dime dónde estás, voy por tí." No creí que Leo siguiera en el teléfono. 
Mínimamente más tranquila le dije entre espasmos: "En... la...ca...sa... de... Cancún...afuera"
"Voy para allá" Dijo sin más y colgó.
El llanto regresó, ya ni siquiera sabía si esas lágrimas eran por el apocalipsis del día o si mi cabeza se estaba liberando de la presión como olla de cocina. El dolor que antes me tenía encorvada se fue disipando. Ya no sentía una estaca entre los omóplatos ni dagas en las rodillas. 
Pude ver las luces del Fiesta en la avenida. Leo giró en la esquina y me levanté tan rápido que tambaleé y me agarré del pino. Leo pensó que algo peor pasaba y salió del carro corriendo y me tomó de los brazos, pero yo di un paso y lo abracé por el cuello, sin decir nada. Me llevó al asiento del pasajero y comenzó el camino de vuelta a casa de sus padres. No dijo nada, no me miró inquisitivamente, solo condujo. Miré su rostro en varias ocasiones, con mayor tranquilidad que la vez anterior. Las rejas se abrieron automáticamente y cruzamos el jardín con árboles frutales, mientras los aspersores regaban el pasto. Al fondo la inmensa casa, con balcones bien hechos, pocas luces encendidas. Llegamos al garage y me quité el cinturón de seguridad. Salí del auto y esperé a que me guiara. Entramos por la puerta de la cocina y luego fuimos hacia la estancia, pero no subimos las escaleras... me llevó del otro lado de la casa hacia la habitación de invitados...obviamente. 
"Pásate... si quieres date un baño y ahorita comemos algo" Dijo y cerró la puerta trás él. Aunque yo estaba sintiéndome un poco ridícula porque me estaba tratando como enferma, no tenía como frenar eso, así que lo hice. Me quité la ropa, los zapatos y el brazalete que me había regalado Javier por mi cumpleaños. 
Pasé cuarenta minutos en la regadera sin moverme, el agua salió caliente y luego fría, así unas cinco veces. Salí y no vi la ropa, pero en la cama había un juego de pijamas limpias y pantuflas a juego. Regresé a la cocina y antes de abrir la puerta abatible escuché a medias "...eso me  lo contó la vecina del 174", pero apenas abrí, Toñita su cocinera, cerró la boca como si se la hubieran sellado con cera. Ahí estaba Leo, mirando hacia abajo.
"Buenas noches" Saludé como niña de pueblo. Pero Toñita me vio muy raro y no la culpo. Soy una intrusa, que está usando la pijama de su patrona. No dejaba de verme, mientras caminaba hacia la barra desayunadora. Estaba servido un plato de comida recalentada. "Gracias Toñita" le dije por al plato de comida. Pero no dijo nada mientras estaba de espaldas lavando platos imaginarios. "Gracias por rescatarme Leo..." y como si hubiera dicho una maldición, Toñita soltó un vaso en el fregadero y sonó muy fuerte, agarró un trapo y salió de la cocina como si se estuviera incendiando. Me sentí fatal, me estaba llenando de culpa y como una llave que tiene fuga, solté una lágrima por mi desgraciada existencia patética. 
"No le hagas caso..." Me dijo Leo.
Cuando una situación llega a ese punto hay que entender que no se puede entender lo que pasa. Pueden ser mil cosas diferentes, pero cuando te piden que ignores algo, definitivamente es lo mejor que se puede hacer, por el bien de todos. 
"Cuéntame qué paso por favor." Lejos de ser comprensiva su petición, la sentí como una orden, pero en esas circunstancias me estaba sintiendo obligada a hacerlo, y al mismo tiempo me aliviaba poder hablarlo al fin.   
Recorrí los últimos cuatro meses de mi vida, y Leo solo veía su plato, cenaba con toda la tranquilidad del mundo. No dijo nada. Hasta que llegué al inicio de aquel día, cuando mi mejor amiga me citó para platicar. Dejó de beber agua de limón y puso el vaso en la barra. Se quedó mirando la pared y me pausé creyendo que tenía algo que decir, pero regresó a jugar con su tenedor en el plato. Seguí contando lo que pasó hasta el momento en el que estaba cenando en su cocina. 
"¿Te vas a quedar en la casa de Cancún entonces?" Preguntó.
"Sí, ya lo tengo resuelto." Contesté.
"Bien, aquí te puedes quedar todo el tiempo que necesites." Dijo.
"Gracias." Respondí de mala gana con el orgullo de no querer vivir de la caridad, no de Leo, porque si alguna vez hubiera querido dormir en esa casa, definitivamente no quería que fuera de esa forma. Además parecía no tener ningún comentario de lo que acababa de contarle, casi como si no hubiera dicho nada.
"Todas las puertas de la casa están abiertas, no te sientas mal de quedarte aquí, me alegraría que te sientas segura, así que estás en tu casa. Te dejo porque mañana salgo temprano." Salió de la cocina antes de que pudiera comprender cada palabra de lo que acababa de decir. Me quedé sola y dos segundos después me levanté creyendo que Toñita iba a regresar. Me acercé al fregadero y en el fondo no vi el vaso que se le había resbalado, solo vi un cerillo usado. Me pareció muy extraño pero intenté ignorarlo. Lavé los trastes que habíamos usado Leo y yo... si Toñita no quería que estuviera ahí, no le pediría que limpiara mi desastre.
Llegué a la habitación de visitas y me puse a hurgar en cada rincón. Parecía niña en Disneylandia...supongo. Abrí cajones, miré debajo de la cama, atrás de los muebles, atrás de los cuadros, encendí la televisión y luego miré por la ventana que daba al jardín trasero, con lámparas solares alrededor de una fuente apagada, además del cuarto de servicio, donde se quedan Toñita y Julián, el jardinero. Se podían ver tres veladoras prendidas y supuse que las acababa de prender por toda la luz que producían. Miré un poco más atentamente y en una orilla la cortina estaba doblada... enfoqué la mirada un poco más por la oscuridad alrededor y vi la mitad del rostro de Toñita, pero en cuanto mi mirada encontró la suya, jaló la cortina de golpe para cerrarla.
El cansancio me invadió inmediatamente, acomodé la cama, apagué el televisor, apagué las luces y me acosté...luego vi la puerta y recordé lo que dijo Leo durante la cena, así que me levanté y puse el seguro de la puerta.