Inicia la historia de muerte de un hombre que se descubre a sí mismo demasiado tarde.
El hombre dejaría una herencia de deudas por al menos unas tres generaciones. Pero, ¿quien es dueño de sí mismo realmente? ¿Acaso no le debemos nuestra personalidad, nuestro espíritu, nuestras experiencias a los mejores comerciantes del mundo?
Dejó a su esposa... su ex-esposa y sus ex-hijos en tierra firme. Creía que se alejaba lo suficiente de su realidad como para borrarla de tajo al cruzar el diminuto trozo de océano. Llegó a la isla con tres unidades de una moneda demasiado devaluada y pidió trabajo sabiendo que los primeros días dormiría con suerte en un baño público. A sus cuarenta años, poco le puede provocar vergüenza, sabía que cualquier lugar al que aspiraba estaría lleno de sus semejantes, historias de fracaso, personas sin propósito que dejaron su confianza o sus ambiciones en una idea poco rentable. ¿La suya? Un negocio familiar que al final no tenía nada de familiar si su esposa no se veía como alguien que necesitara trabajar. Pero no la culpo, este hombre no sabía que tan ingenuo podía ser. Se embarcó en un plan de vida que sobrepasó sus aptitudes. Pero eso no es lo que interesa.
Lo que interesa es que este hombre estaba a poco tiempo de querer terminar con lo que pensaba que era vida. Habían pasado seis semanas de un verano aplastante, húmedo y deprimente, el sol era insoportable cuando no caía lluvia torrencial y dejaba todo maloliente. Para Tae no había objetivos ni motivos, aunque tampoco había dolor, ni odio, simplemente no había nada. O eso era lo que pensaba. No sabía si regresaría a tierra firme para provocar un poco de drama con su muerte, y que no quedara en el absoluto olvido. Tampoco tenía claro cómo lo haría, sin dinero para adquirir cualquier arma o cualquier químico que fuera rápido, sin la fuerza o el ímpetu suficiente para encontrar un puente lo suficientemente alto, sin ganas de hacer nada realmente. Ahí estaba su respuesta, llegaría a dormir en alguna calle solitaria hasta que ya no despertara... hasta para eso se veía como un perdedor.
Los ojos
En el puerto para tomar el ferry, estaba sentado sobre unas bancas desgastadas viendo la embarcación acercarse demasiado lento, pues a pesar de que por instinto alguien quisiera prolongar su vida lo más posible, seguía siendo impaciente, sobre todo porque algo por fin pasara en su existencia. Con todo el letargo de los trámites que tiene que hacer un ferry para anclarse, depositar a los viajeros que llegaban, revisar las instalaciones, Tae esperó en la misma banca donde estuvo unas dos horas. Alcanzaba a ver las caras de los treinta pasajeros que mostraban felicidad, ansiedad, tristeza, hastío y una en particular mostraba desesperación. Tae pudo haber amarrado sus ganas de vivir a la superación, a recuperar a su familia, a ser millonario, pero nada de eso importó en el preciso momento en que los ojos de aquel rostro desesperado se cruzaron con los suyos. Sintió un escalofrío casi doloroso que terminó en el estómago. No supo cuánto tiempo duró ese momento, pero cuando despertó notó el ferry alejándose del puerto, mientras él seguía en la misma banca.
No había sentido hambre en todo el día, su cuerpo estaba siendo compasivo y lo llevaría del otro lado sin sufrimiento. Pero apenas despertó del letargo, sintió como si un gancho lo jalara desde la espalda. Sintió hambre, y un animal en agonía se aferra a la vida por la comida. Se levantó y comenzó a caminar hacia el hostal que había sido testigo de sus noches deprimentes.
El agua hirviendo, de lo que sería su cena poco nutritiva, le recordó la violencia de las olas, el ferry, los ojos desesperados de aquella persona... parecía haber llorado muchos días, pero no porque estaban hinchados, sino porque la textura alrededor estaba hundida, como drenada. Pasó el tiempo suficiente pensando en eso como para que tuviera que reponer el agua que casi se había consumido por completo.
Cuando nos enfrentamos a lo desconocido, algunos suelen buscar una explicación, otros suelen contemplar y después actuar. Pero no es posible evitar el miedo, la angustia, la ansiedad, la anticipación de que algo está por cambiar de forma catastrófica. Tae sabía que algo estaba por ocurrir, pero no quería aceptar que aquel encuentro en el puerto era el parteaguas de lo que ocurriría después.
Durmió en total unas dos horas, antes de que se levantara con demasiado ímpetu, demasiada stamina. Su jefe, en el sitio de construcción, lo miró de forma extrañada. No era él, sabía que era alguien o algo más. Pero Tae no puso atención al medio saludo cortés y se dispuso a martillar como el perfecto autómata que la sociedad había formado. El cubrebocas impuesto por el gobierno, no hacía más llevadero el brutal golpe del sol en conjunto con la humedad del océano. Pero a Tae no podía importarle más el sudor que corría por sus mejillas, mientras pasara el tiempo sin que él estuviera consciente de este.
Cuando llegó la hora de la comida, fue caminando donde la memoria de sus músculos lo llevaron. En la tienda de conveniencia tomó otra comida poco nutritiva y en el pasillo de las frituras frenó en seco, sintió como si una flecha le cruzara la sien. Levantó la vista y en el pasillo contiguo estaban los ojos. Tae sintió esa mirada como cuando se ve un balón en el aire que va directo a nuestro rostro. Parpadeo e hizo muecas, sintió mucha vergüenza e intentó dar dos pasos antes de soltar todo lo que traía en las manos. Lo recogió en menos de un segundo, de forma muy habilidosa... o al menos eso pensó. Cuando se incorporó, no había nadie en el otro pasillo, no había ruido, no había nada. Los ojos se habían ido hace mucho. Sentía todavía esa presión en la sien, su garganta cerrada, su estómago vacío, pero agradeció tener el cubrebocas puesto, pensaba que le había cubierto la mueca de terror.
Salió de la tienda, sin esperanza de ver esos ojos, pero suponiendo que era trabajo del universo ponerlos frente a él de nuevo. El universo le mostró un sin fin de caras a medias, pero no a los ojos. Si en ese momento decidiera convertirse en un hombre de fe, nisiquiera sabría como describirlos para pedir verlos de nuevo; no podía decidir si estaba interesado, encantado, repelido o atraído por esa mirada, por esos ojos de color oscuro. Por primera vez maldijo que la pandemia no le haya dejado ver el tipo de nariz o labios que enmarcaban los ojos. En su cabeza puso infinidad de combinaciones, pero dudó mucho que llegara a verlos en conjunto con el rostro completo, ese maldito virus tenía un poder aplastante, descorazonador.
Lo preocupante no era ver esos ojos de nuevo una o mil veces más. Tae sentía vergüenza de asociar un par de ojos con un contorno de piel pálida, rodeada de un pelo lacio, negro, corto, sobre un cuerpo esbelto, de unos ciento ochenta centímetros, con músculos poco desarrollados en los brazos, que apenas se cubrían con una camisa blanca translúcida, piernas largas enmarcadas por un pantalon deportivo demasiado relajado. Esos ojos serían la sentencia de Tae.
Los labios
Como procesión religiosa, que se repite todos los días a la misma hora, Tae había regresado a la tienda a la misma hora, había caminado por el mismo pasillo unas tres veces, comprado las mismas cosas, así por dos semanas. Casi llegó al punto de maldecir su existencia y mala suerte, cuando un día, hizo un movimiento diferente. Abrió una puerta del refrigerador y percibió del otro lado una silueta distorsionada por el aire condensado que salía. Tomó cualquier cosa sin ver. Cerró la puerta y ahí estaba, con la camisa empapada, sudor escurriéndole en la cara, respirando con mucho esfuerzo, culpa del cubrebocas. El señor Tae se quedó inmóvil fingiendo ver su bebida con café y vainilla, y con la silueta en el rabillo del ojo izquierdo. Quería interpretar sus movimientos, aún sabiendo que no había mucho que esperar más que tomar algo de los refrigerados. Pero pasaron más de los tres segundos que Tae se había tardado en elegir; vió un brazo, acercarse a la cara, y la mancha negra del cubrebocas desapareció. Tae lo miró como quien mira a alguien que se ha soltado de un arnés de seguridad en la montaña rusa. Esa persona que hasta ahora era un par de ojos tenía el rostro descubierto, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, recibiendo el embiste del aire frío para combatir el golpe de calor. Tae luchó con toda su voluntad para detener ese acto de rebelión, estaba arriesgando su vida por un poco de aire fresco. Con los ojos aún cerrados, abrió una botella de agua y comenzó a beber. El señor Tae quería salvar a esa persona que estaba apunto de caer de la montaña rusa; sintió como si un gancho le jalara la espalda desde el ombligo, pensó en correr hacía donde estaba, ponerle el cubrebocas, salvarle la vida.
-Disculpa... no puedes abrir las cosas antes de pagarlas... y ponte el cubrebocas- el encargado de la tienda, le estaba salvando la vida y ni siquiera se movió de su lugar. Con un gesto de enfado, el señor Tae regresó la mirada, pero aquellos ojos que ya tenían rostro, rodaron hacía atrás en señal de molestia, caminando hacia la caja, sin antes pausar la mirada en el señor Tae por una fracción de segundo casi imperceptible, pero definitivamente existente.
El señor Tae salió de la tienda minutos después, pensando en lo imprudente que es quitarse el cubrebocas, exponerse al virus por tomar agua en un lugar público. Esa persona estaba siendo muy inmadura, debía ser muy joven, no más de veinte años. Se notaba en el rostro, de piel casi perfecta, labios rosados, no tan pequeños ni tan grandes, perfectos, cuello largo y delgado, que se abultaba cada que tragaba agua... El señor Tae se dió cuenta de que ya no estaba pensando en el cubrebocas, sino en todo eso que ocultaba, y de nuevo se sintió incómodo, como cuando un amigo roza su mano mientras van caminando muy cerca o cuando un desconocido te mira por una fracción de segundo casi imperceptible... ¿Qué podía significar?
El día continuó como todos los demás, pero diferente. El señor Tae sentía que iba en un tren sobre unos rieles muy inestables, en cualquier momento se desviaría de recuperar su vida, su familia, su estabilidad. Sería un desvío pacífico o saldría disparado hacia un barranco.
Ese fragmento de vida se quedó plasmado en la cabeza del señor Tae, y no podía explicarse el porqué. Tenía miedo de que por la edad se empezara a borrar, que se distorsionara y lo transformara en un falso recuerdo.
El cuerpo
Un día libre a la semana, suficiente para disociar un rato de la realidad y regresar a la jornada del día siguiente. Uno de esos días libres Tae fue a la playa a buscar un propósito, la belleza del mundo que había abandonado, la suavidad de la arena, la claridad del océano, la inmensidad del cielo, la magnificencia de su insignificancia, de ser un hombre de más de cuarenta años que ha fracasado por el mínimo error. La última vez que había ido a la playa, Chae tenía cinco años, y su esposa tenía mirada de enamorada. Había vivido algunos de los mejores momentos de su vida a lado de su esposa, le había entregado el corazón, la vida, el futuro. Y ese fue su error, regalar algo etéreo, algo que no se ha materializado, pues la visión que tiene uno, no la puede tener el otro ni en mil vidas.
-¡Papi! Mira, un cangrejo.- La voz de Chae de cinco años resonó en su cabeza, casi irritante. Fue feliz en ese momento.
-Chae, no te alejes.- Hacía tanto que no escuchaba la voz de su esposa en su cabeza, no había pensado en ella en tanto tiempo, y se cuestionó si estaría feliz de escucharla de nuevo, o prefería no hacerlo más. De pronto ese pensamiento fue más atractivo.
-Chae, te cargo de caballito...- esa no era la voz de su esposa, era la voz que le hizo regresar al presente, al momento en que no estaba siendo feliz. Una voz grave, profunda, demasiado masculina.
Una niña muy pequeña huyendo de las olas matutinas extendió los brazos para ser atrapada por alguien de cuerpo delgado pero alto. Era esa persona. Lo supo por la mirada, los labios, el pelo, el cuello. Todo eso que ya conocía posaba sobre un torso de poco músculo, casi demasiado poco, del color de los duraznos, un poco enrojecida por el toque del sol. Su espalda se contrajo de forma dramática, para cargar a la bebé, la acomodó de forma segura y comenzó a caminar en sentido contrario. Tae casi sentía que había visto esa espalda en una revista, en un programa de televisión, pero porque esa era la forma que tenían la mayoría de las celebridades, a excepción del color durazno. Lo contempló con la misma etiqueta de ver una escultura en movimiento, algo que solo existe en la imaginación de un artista. Tenía mucho que pedirle al cuerpo de los marinos con los que compartió Tae en el servicio militar, había visto cuerpos de todos tamaños, de todos estilos, no le espantaba la desnudez, pero verle la espalda a esa persona le puso un gancho en el estómago que lo jalaba hacia la garganta. Estaba siendo arrastrado por las olas como un pez que atrapó el anzuelo. Lo veía caminar con algo de esfuerzo, flexionando los músculos por cargar a la niña. Lo observó sin la discreción suficiente como para que por un segundo, aquella persona encontrara su mirada de nuevo. Soltó el anzuelo, respiró de nuevo y bajó la mirada encontrando la arena de la playa demasiado interesante.
Tae estaba seguro de que había besado y abrazado a suficientes mujeres en su vida, no tenía duda, no podía ser de otra forma. Su esposa y su hija eran pruebas de ello. De la nada tuvo que contar a todas sus novias de nuevo en su cabeza, porque sentía que empezaban a desvanecerse; su primer beso, su primer abrazo, su primer encuentro íntimo, perdían intensidad en los recuerdos, se convirtieron en capítulos muy blandos de una novela demasiado predecible. Pero Tae no pidió vivir algo nuevo, no pedía experiencias emocionantes... quería recuperar a su familia, ese era su objetivo... ¿o no?.
La TV
Pasaron semanas de rutinas incompletas, de búsquedas y encuentros pobres, de anhelos de algo desconocido. Tae tenía televisión otra vez, una muy pequeña, pero con demasiada importancia. Sus ratos de letargo se verían completados con el ruido blanco de la televisión. Noticieros, programas de concursos, novelas, de nuevo el noticiero, otro programa de concurso. De pronto su rostro, el de aquella persona, sí, en la pantalla. Tae se levantó muy rápido, se mareó y casi cae al suelo. Se sostuvo de la pared que tenía a escasos centímetros de su cama. No escuchó nada, no podía procesar ese momento, estaba hundiéndose en el océano, la voz de la presentadora decía palabras sin sentido. Luego los subtítulos "...Han...hiatus...Jeju" en fragmentos. La noticia se acabó demasiado pronto para regresar a la contabilidad de muertos por Covid. Se sentó de nuevo en la cama sin mirar nada en específico, intentando darle sentido a lo que acababa de pasar. Vio el rostro de aquella persona en la pantalla, con maquillaje, con ropa de diseñador, con otras celebridades a su lado. Lo que seguía era una noche sin pegar los ojos un segundo. Horas y horas de información en internet cuando por fin lo encontró.
"Han enfrenta acusaciones por hostigamiento escolar por parte de un ex-compañero de la secundaria, en víspera del lanzamiento del nuevo álbum de la agrupación. La compañía de entretenimiento lanzó un comunicado informando que el chico pasará tiempo con su familia en la isla de Jeju por causas de salud; sin embargo se especula que esto sea con el fin de apaciguar los comentarios nocivos de redes sociales que ha recibido en los últimos meses"
Nota tras nota, foro tras foro, comentario tras comentario, todos con su rostro, que ahora tenía un nombre, tenía un pasado y una razón de ser. La televisión seguía encendida, emitiendo ruido blanco. Noticieros, programas de concursos, novelas, comerciales... un comercial de tratamiento dérmico "Recupera tu belleza, recupera tu juventud".
El rostro
Tae se preparó para otra jornada de trabajo, igual al anterior, a todos los anteriores. Pero ese día era nuevo, era diferente. Lo que había temido hace unas semanas, se estaba materializando en algo que comenzaba a comprender, ya no era desconocido, ya lo estaba asimilando. La mirada de desesperación en el ferry tenía una causa, Tae comprendió eso. Verlo en la playa con una niña, tranquilo, despreocupado, también comprendía eso. Lo que seguía escurriendo de sus dedos era la incesante necesidad de verlo, escucharlo, protegerlo.
El espejo de su baño le recordó algo. Mil arrugas rodeaban sus ojos, su boca, que había sonreído falsamente por años. No pudo evitar llevar sus manos al rostro, y como haciendo una excavación comenzó a buscar la imagen que veía cuando tenía veinte años, cuando se sentía invencible, irresistible. No la encontró, a pesar de mover capas y capas de piel. ¿Cómo podría proteger a Han?, ¿Cómo podría proteger a quien fuera? Se dio cuenta de repente que era alguien inservible, sin fuerza, sin propósito...
"Recupera tu belleza, recupera tu juventud"... El ruido blanco de la televisión resaltó de nuevo esas palabras. En su mente aparecieron infinidad de celebridades que se habían realizado cirugías plásticas, que las portaban con orgullo como la bandera del autocuidado y la autopreservación. A estas alturas, nada es mentira mientras se manifieste en el plano terrenal. Si una persona se somete a cirugía plástica para lucir más joven, de forma inmediata, es más joven. Ya no hay quien defienda la autoaceptación o el envejecimiento digno, eso pasa a ser negligencia, y por tanto símbolo de ineficiencia, fracaso... precisamente eso de lo que Tae estaba huyendo.
Sabía que las consultas estéticas son costosas, su esposa se lo recordaba a cada rato. Pero si su idea de éxito implicaba esto, con el fin de acercarse a Han y protegerlo, tenía que hacerlo, usar la tarjeta de crédito, pedir un préstamo. Sin importar los medios, en la clínica de belleza, nadie juzga, nadie cuestiona, todo es posible y casi inmediato
Cirugía de párpados, inyección de botox, corrección del mentón, rinoplastia, productos para aclarar la piel. Belleza instantánea.
Dos semanas después, Tae cubierto de vendas y cinta microporosa en la cara, seguía recuperándose pero no podía faltar a trabajar. El clima seguía caluroso y húmedo, lo cual no era oportuno para que las heridas cicatrizaran sin mayor problema. Los analgésicos le nublaban el pensamiento, a pesar de tener solo una cosa en la cabeza. Ser más joven, ser más fuerte para llegado el momento. El uso de cubrebocas seguía siendo obligatorio, lo cual mantenía la humedad en el rostro, además de que dificultaba la respiración. Nadie cerca de Tae se había enfermado, no había casos registrados en la isla, era casi como si fuera todo una mentira. Mucha gente comenzaba a quitarse el cubrebocas, respirar libremente, porque nada malo estaba pasando...
Tae no se retiró el cubrebocas, pero no por prevención. Sentía vergüenza de su imagen, de sus intenciones. Cada que veía un espejo, lleno de moretones y heridas, suponía que llegaría un momento en el que esa imagen le agradara; mientras tanto, solo sentía repulsión. Como era de esperarse, el calor, el cubrebocas, algunas heridas no cerraron como debían. Sin poder pagar nuevas citas médicas, Tae daba media solución a las infecciones. El dolor que aquello provocaba solo alimentaba el delirio, estaba seguro que llegaría el momento en que todo ese desastre infeccioso daría paso a una nueva piel, un nuevo Tae, como cuando las serpientes cambian de piel. Cuando sus heridas por fin dejaron de supurar, no encontró en el espejo aquello que anhelaba tanto. Su cara no cambió, pero sus arrugas se vieron sustituidas por cicatrices que le daban un gesto de sonrisa apesadumbrada; no importaba cuanto intentaba acomodar su gesto, algunos músculos de su rostro ya ni siquiera le respondían. No había vuelta atrás. Ese era su nuevo rostro, por el que pagó a crédito, el rostro que le daba confianza para proteger a Han.
La voz
El verano ya estaba desapareciendo. El aire parecía menos húmedo, más cómodo de respirar. Tae salió de su cuarto de renta, después de una rutina extenuante de cuidado de la piel y maquillaje pastoso. Con las cicatrices mal disimuladas, llegó al trabajo con un aire de renovada satisfacción. No sabía si vería a Han, pero ese día se sentía invencible. Hoy debía medir y cortar perfiles de acero, fuera del taller, lejos de todo lo inflamable, cerca de la avenida principal. Casi al mediodía, en una de las pausas del ruido de la cortadora, sintió una brisa que le congeló la nuca. Se quedó inmóvil por unos segundos, mientras intentaba darle sentido a eso.
-Las nubes se ven pesadas, parece que habrá tormenta. Debe tener cuidado con esas máquinas, evite un corto circuito.
Darle voz a ese rostro fue la cúspide de todo aquello que se había formado efímeramente en la mente de Tae. Han tenía la vista clavada en las manos de Tae, que sujetaban un perfil metálico de unos dos metros. Fueron demasiadas palabras, no sabía cuantas frases, pero la voz se quedó estruendosa en su cabeza. Debía responder, sin saber qué exactamente. Algo de las nubes, la tormenta, un corto circuito... ¿Debía agradecer el comentario? ¿Era una recomendación o una advertencia? ¿Estaba preocupado por la seguridad de Tae o de la electricidad? No era ninguna pregunta pero sentía que el tiempo se le estaba acabando para responder algo. Es muy probable que Tae solo haya hecho muecas, imperceptibles por el cubrebocas, emitiendo sonidos extraños, ninguna palabra, ni siquiera un monosílabo. Antes de que algo coherente se formara en su boca, alguien detrás suyo le robó la respuesta.
-Ok.
El empleado de medio tiempo, que tenía unos veinte años respondió con el menor interés posible. Soltó el desarmador eléctrico y tomó una botella de agua que tomó casi por completo de un sorbo. Han no se movió y su vista ya estaba en la garganta del empleado temporal que se contorsionaba de forma casi primitiva. Tae se sintió tan pequeño, tan insignificante. Estuvo a punto de entrometerse en la conversación de dos personas desconocidas, completamente ajenas a él. Se le subió el rubor en el rostro deshecho por cirugías, y pronto se dió cuenta de que no se notaría por la cantidad de maquillaje que tenía. Han se llevó una mano al pelo y soltó una risita nerviosa, con la vista ahora en el suelo. Metió ambas manos a la sudadera y perdió la mirada en el horizonte, hacia donde estaba el mar. Parecía que Han comenzaría a caminar cuando empezó a toser con demasiada fuerza, casi contrayendo el abdomen. Cuando intentó dar dos pasos más, Han cayó con las rodillas en el pavimento. Apoyó las manos en el suelo y siguió tosiendo. Todo fue lo suficientemente rápido como para que Tae se quedara inmóvil, sin entender qué estaba pasando, sin oportunidad de actuar con destreza o inteligencia. De nuevo, el empleado temporal corrió de su lugar de trabajo a ayudar a Han. Han levantó una mano indicando que estaba bien, como si aquella no fuera la primera vez que pasaba. Se incorporó unos segundos después y siguió caminando, tambaleándose un poco. Tae pensó demasiadas cosas, más de las que nunca se había permitido pensar ¿Han estaba enfermo? No era posible, su cara no se veía enferma. ¿Han estaba ebrio? Seguramente, pues una persona de la edad de Han suele salir con amigos o permitirse una que otra copa en su casa. De pronto, su comentario tenía todo el sentido del mundo.
-¿Se le pasaron las copas?- preguntó Tae al empleado de veinte años, con una risita tonta.
-No olía a alcohol- respondió el empleado temporal con la mirada fija en la avenida por la que desapareció Han. La respuesta tenía un tono que parecía no decidirse entre desinterés y preocupación.
Tae no supo cómo reaccionar. Nuevamente pensó más cosas de las que su pequeña mente le permitía. Obligó a sus manos a dejar las herramientas, y a sus piernas a moverse. Salió del sitio de construcción y comenzó a caminar en la misma ruta que Han. Lo alcanzaría, lo protegería. Lo vió, adelantado por dos calles. Han caminado lento pero firme. Tae corrió para alcanzarlo, con el brazo extendido. Le hablaría, le respondería todo aquello que se quedó atascado unos momentos antes. Le diría que le ayudaría a llegar a casa. Estaba a unos cinco centímetros de Han, lo lograría, le tocaría el hombro. Pero Han dió la vuelta, y ese momento casi tangible, desapareció. Desde la esquina vio a Han atravesar un portón y cerrar la puerta detrás de él.
La tarde
Cada tarde, a partir de ese día, Tae pasaba frente a la casa de Han. Aveces caminando lento, a veces caminando rápido. Nadie salía, nadie entraba cuando él estaba cerca. Pero Tae iba siempre presentable, el rostro limpio, ropa que definitivamente no encajaba con su oficio. Estaba construyendo castillos en el aire; ensayaba en su cabeza cada escenario, cada posible respuesta, cada rechazo. En ocasiones, su imaginación lo llevaba a lugares que desconocía de él mismo. Un día lo vio en la ventana, y reaccionó de la única forma en la que no había ensayado. Huyó de ese lugar como si hubiera gas tóxico. El miedo que le provocó enfrentarse con Han, cara a cara destruyó aquellos castillos, borró todas las realidades. Sentía vergüenza de ser él, de haber llegado tarde a ese momento de su vida, de ser un viejo queriendo arreglar algo que no estaba roto, de querer construir algo sobre arena movediza. De un momento a otro se dio cuenta de que no podría hacer más de lo que ya estaba haciendo, absolutamente nada. En el mejor de los casos, y si tuviera suerte, sólo podría contemplar la existencia de Han, de esos ojos, esos labios, ese cuerpo. Tendría un nuevo objetivo, cuidarlo y protegerlo a la distancia, de la misma forma en que se expresaban sus admiradoras en los foros de internet. Su vida tendría ese propósito.
El verano se extinguió por completo y conforme Tae salía de su ensimismamiento, comenzó a notar las ambulancias en las calles, personal de sanidad arrojando desinfectante en las calles, las noticias en la televisión con estadísticas cada vez más cercanas. No dejaba de rondar la casa de Han, se convirtió en una rutina tranquilizadora. Presentía que si dejaba pasar un día, su vida se comenzaría a derrumbar. Recordó aquel día del ferry y se rió de sí mismo, se dio cuenta que su propia vida nunca estuvo en sus manos, no era él quien decidía cuando terminaba, tampoco fue él quien decidió cuándo comenzó realmente. Todos a su alrededor parecían vivir en otra realidad, una en donde caían como moscas a causa del virus. Pero eso no tenía nada que ver con él.
Se convencía todos los días de eso, hasta que ...
Lo vio salir en una camilla cubierta con una especie de cápsula de plástico, dando una escena apocalíptica como si Han fuera una amenaza biológica del nivel más tóxico. Pero Tae sabía que no era así, Han tenía un alma pura, inquebrantable, los dioses le debían a él favores. Los ojos sin brillo, la piel verde, no durazno, los labios grises, no rosas.
En el hospital no puede entrar nadie a menos que quiera ser puesto en cuarentena obligatoria. Pero Tae llegó al área de descarga de pacientes, sin saber qué estaba buscando realmente. Por tres días, sentía que al estar rondando el hospital, sabría que hacer al final.
Llegó el cuarto día, con otro paciente apocalíptico, una cápsula de plástico; las enfermeras perdieron la cabeza por un minuto y bajaron la guardia. Tae entró en el hospital. Por instinto, presionó el cubrebocas contra su rostro. Era un riesgo enorme, pero la necesidad de ver a Han era más grande. Recorrió los pasillos mientras el personal estaba distraído con la llegada de más pacientes apocalípticos. En el segundo piso reconoció a la madre de Han, la mujer que estaba en la playa. Sentada en el pasillo conectada a un tanque de oxígeno, sintió pena por ella, pero alivio al saber que Han podía estar en aquella habitación.
Tae dio diez pasos en esa dirección y solo uno antes de llegar a la puerta se detuvo, pues un foco rojo que estaba arriba comenzó a parpadear; tres segundos después se había acoplado al ritmo cardiaco de Tae; podía sentir su corazón en las orejas. Pasaba algo. Se acercó un médico cubierto hasta los ojos. Cerró la puerta tras él. Tae se asomó por la ventana circular de cristal, pero deseó no haberlo hecho. El doctor y dos enfermeras comenzaron maniobras de resucitación por lo que parecieron horas o tal vez minutos. Tae estaba paralizado viendo aquella escena como quien mira un pez fuera del agua. En su imaginación se vio abriendo la puerta, arrojando a todo el mundo lejos de Han, tomándolo en brazos, teniendo un super poder que le hacía respirar de nuevo. Pero Tae no se movió un milímetro.
Sintió un empujón por el costado; era la mamá de Han, quien se quitó la máscara de oxígeno. Abrió la puerta y confirmó aquello que acababa de pasar. Arremetió contra el personal médico, les gritó, pateó y golpeó con los puños cerrados. Por un minuto entero hizo lo que quiso hacer Tae. Pero Tae no se movió un milímetro. Estaba en el marco de la puerta y como si fuera otro mueble, las enfermeras lo ignoraron cuando salieron de la habitación. El doctor ya estaba atendiendo a la mujer que se había desmayado. Tae dio un paso, con mucho temor, no sabía qué encontraría en aquella cama; sabía que era algo a lo que nunca se había enfrentado. Con cada paso que daba, recorría sus recuerdos: el día del ferry, el día de la tienda, el día de la playa. Recordó que en todos esos momentos tuvo un deseo ardiente, una idea, un rostro, una voz en la cabeza, no había nada más.
Llegó al pie de la cama y no comprendía el bulto de carne, enredado en las sábanas, tubos de plástico y cables de colores. Han yacía ahí, y no era la misma persona que estaba en la cabeza de Tae. El color de su piel no era el correcto, el cuerpo no era el correcto, el rostro...no solía tener coágulos de sangre saliendo por la boca y la nariz. Tae se acercó más; le tocaría el rostro porque no había tenido oportunidad antes. Su mano estaba a dos centímetros y fue como chocar con una vitrina, algo lo detuvo. Sintió los últimos atisbos de calor corporal de Han. No había sentido eso en años, el calor que emite otra persona cuando está demasiado cerca. Fue demasiado extraño, no reconocía esa sensación, ese calor, no sabía qué hacer con eso. Recogió el brazo por completo y en un segundo se dio cuenta de lo que estaba pasando. Han se había ido, víctima número n de un virus que no existe, que es un invento del gobierno, que es un arma biológica, que es una campaña publicitaria para las grandes farmacéuticas.
Cayó de rodillas a un costado de la cama y se aferró a las sábanas que tenían una sensación húmeda, fría, sucia. Por segundos u horas, Tae se preguntó cuanto tardaría el virus en matarlo a él, después de sostener con sus manos desnudas esas sábanas sucias. No sería lo suficientemente rápido. Pero Han ya no estaba. Hacía un buen rato que el personal médico lo había colocado en una bolsa negra, con un triángulo rojo, símbolo de amenaza biológica.
Tae salió de la habitación y no se dirigió a la salida, comenzó a buscar otros pacientes, en otras habitaciones. Entró en más de una, se acercó a los enfermos, les tocó las manos, el rostro, las sábanas sucias. Para Tae, ahora era cuestión de cantidad; mientras más pacientes enfermos tocara, el virus lo tomaría más rápido. Se quitó el cubrebocas y lo arrojó sin mayor atención al suelo. Tenía la idea de comenzar a sentir los síntomas en segundos. Por momentos creía tenerlos y le provocaba un entusiasmo enfermizo. Se dispuso a salir del hospital pero por la zona más concurrida, no podía desaprovechar la oportunidad del contagio seguro. Aquel autómata que trabajaba por sobrevivir, que se transformó en un maniquí con sentimientos humanos, ahora era el muñeco de trapo que arrastra el agua de la coladera.
Tae no salió de su cuarto rentado por días. No comió nada, no bebió agua. Estaba llegando ese momento que tanto anhelaba al inicio del fin de sus días. En ningún momento presentó síntomas del virus, pero no sintió nada más, tampoco hambre, ni sed. No podía borrar de su mente esa imagen lastimera y casi ridícula de Han, de aquel maltrecho humano que antes era la evidencia de algo divino en la tierra. Cada que cerraba los ojos, esperanzado de revivir aquellos momentos que le dieron significado a su vida, se veían opacados por el rostro de Han, reducido y cubierto de sangre. El cansancio se apoderaba de Tae, pero solo se convertía en letargo, pues no estaba dispuesto a dormir y revivir la pesadilla recurrente. Quería morir, se había dispuesto a eso, pero siendo el perdedor que era, nuevamente se había sumido en la desidia de no saber como acelerar ese proceso. Su idea de compartir la forma en que murió Han, se fue haciendo cada vez más pequeña, más ridícula. En las televisión seguían hablando de un virus, de una pandemia, de una catástrofe, de vidas inocentes, de personas que habían perdido la vida, de estadísticas, de prevención... "Identifique los síntomas..." Pero Tae no presentaba ninguno, solo la descomposición de una persona que quiere fundirse con la madera del piso y desaparecer.
Había pasado casi una semana, los lapsos de pesadilla se hacían más largos. Tae presentía que estaba por lograr su objetivo, incluso pudo escuchar su propio latido haciéndose cada vez más lento. Su vida comenzó a pasar frente a sus ojos, abiertos o cerrados. Chae, su hija, Ji Ah, su esposa, sus rostros, sus voces, sus risas. Han en la playa, de pie frente a él, sin sonreír, sin expresar nada, sin decir una sola palabra, solo ahí con las manos en los bolsillos, el pelo y la ropa ondeando por el viento. Tae quería acercarse, tocarlo, pero daba un paso y parecía hundirse en la arena. Con esfuerzo daba dos pasos, pero Han se alejaba cuatro. Era otra pesadilla. Minutos u horas después, escuchó voces en el pasillo, fuera de su cuarto. Una voz familiar, la de su esposa. Ji Ah pidiendo... no, exigiendo al rentero que abriera la puerta. El rentero emitió una grosería y abrió la puerta. Su esposa, transformada en otra persona por las inclemencias de la vida, se paró frente a él, sin decir nada.
Ji Ah se inclinó hacia Tae, lo levantó con poco esfuerzo, le dio agua y sacó de su bolso comida, sin decir nada. A los ojos del mundo, Tae fue salvado por su esposa, pero para él comenzaba su verdadera condena. Conforme pasaron los días, recobraba fuerza, su cerebro comenzaba a funcionar de forma eficiente, lo cual significaba estar consciente de que tendría que vivir. Y para Tae, no había cosa más exasperante que seguir en este mundo. Creía que había experimentado la tristeza y la desesperanza con el divorcio. Pero hacía falta que llegara una motivación, de lo más platónica, para que en este punto de su "vida" conociera lo que era realmente la frustración de seguir respirando sin un motivo, sin un objetivo.
Han pasado cinco años desde entonces. Tae sigue vivo.
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